Perú: Mentalidad atrasada

Juan Manuel Robles

«Una derecha limeña con delirios hispanistas es parte importante de la base social del alcalde que ganó con trampa»

La derecha peruana le pide al país un cambio de mentalidad, pero ellos no cambian. Le dicen al pobre que salga de la pobreza actualizando el chip —bombardeándolo con diapositivas huachafas— pero ellos siguen con sus pergaminos coloniales. Hablan igual que sus abuelos hacendados, cholean como sus tías revejidas con empleada cama adentro, gritan “serrano” como personajes de Bayly, de Bryce Echenique, de Ribeyro, caricaturas que entendíamos como una especie en decadencia, emblemas de un pasado deshonroso felizmente superado.

No son todos, por supuesto, pero tengo la impresión de que, con la polarización y la bandera cojuda de la incorrección política, sus voces son más toleradas y hasta bienvenidas en los medios poderosos para amenizar la tarde, para tener más puntos de vista, porque de pronto el racismo, como antes, es “una opinión”, una muestra del temperamento, ay cómo vas a decir esas cosas, te pasas, oye.

Rafael Santos es uno de esos ejemplos que nos devuelve a la realidad. No importa todo lo que aparentemente hayamos avanzado, cuántos abogados, ingenieros, arquitectos, médicos y científicos marrones hayan conquistado los puestos más altos con la mayor excelencia —cosa impensable a mediados del siglo XX—: un político blanco de Lima siempre será capaz de soltar todo su arsenal racista si un grupo que él identifica como “los serranos” constituye una amenaza contra el sistema, el statu quo, si vota en masa por quien parece representar lo malo (generalmente, una opción de izquierda). Santos, rabioso por la elección de la izquierdista Verónika Mendoza como presidenta regional de Cusco, dijo en una entrevista que eso había ocurrido porque los cusqueños “están en altura y en altura el oxígeno es bastante menor que en la costa; eso hace que muchos piensen de manera obtusa”.

Reconocemos ese estribillo patético porque ya lo hemos oído. Los serranos de las alturas son brutos porque no les llega suficiente oxígeno. Fue eso lo que dijo, hace diez años, Pedro Pablo Kuczynski poco antes de lanzar su candidatura presidencial; oh casualidad, también él estaba ofuscado por las simpatías que despertaba la izquierda en los andes: lo explicó asegurando que querer renegociar contratos y nacionalizar era propio de “lugares donde la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro”. Carlos Bruce, en el 2021, ejecutó una mínima variación de la misma idea racista: cuando Pedro Castillo tuvo una descompensación poco después de asumir la presidencia, Bruce dijo en Twitter que probablemente “el abundante oxígeno de la costa le afectó por estar acostumbrado al poco oxígeno de la sierra”.

Mucho antes de eso, el 2006, el congresista Ántero Flores Aráoz respondió con cachita cuando le preguntaron si debía hacerse un referéndum sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. “¡Nooo! ¿Le vas a preguntar a las llamas y vicuñas sobre el TLC?”, dijo. Lo cual nos lleva de un piscinazo a la imagen de la candidata Lourdes Flores nadando con su padre, quien frente a cámaras le mandó un saludo a “el auquénido de Harvard”, refiriéndose a Alejandro Toledo, contrincante de su hija.

Todos ellos eran representantes de la derecha moderada, señores que venden el progreso en contraste con “pensamientos obsoletos”, que promueven un cambio de mentalidad para salir adelante. Es la gente que les dice a quienes denuncian discriminación que no sean “acomplejados”, que lo importante es creérsela. Dado el caso, por supuesto, les dirán a esos mismos peruanos que son animales condenados a la estupidez, incapaces de pensar, por falta de oxígeno (o exceso de subdesarrollo). Pero eso no es lo peor, lo peor es saber que viven con esa idea del mundo, solo que disimulan.

Por eso no es una tontería ni una pérdida de tiempo denunciar a Santos, exalcalde de Pueblo Libre, como lo ha hecho el Colegio de Abogados de Cusco. Si estas expresiones son recurrentes es porque hay una enorme impunidad, y existe la sensación de que uno se puede reír de estas cosas sin entender que así empieza a cundir el odio para justificar horrores: si no son capaces de pensar, si son “llamas” (animales), podemos decidir por ellos. Uno no tiene que ponerse distópico para decir lo que podría ocasionar la propagación de esta idea. La saña con la que miembros del Ejército masacraron a poblaciones quechuahablantes en el Conflicto Armado Interno solo se explica desde el racismo y la incapacidad de ver a otros compatriotas como semejantes, una rabia latente, contenida pero solo por un tiempo (hasta que esos desdichados se meten con algo que te importa).

Lo de Santos es una reactivación de eso que ya conocemos, pero en un contexto de mayor impunidad, donde una derecha limeña con delirios hispanistas es parte importante de la base social del alcalde que ganó con trampa. Esos fanáticos reivindican el derecho a ser abiertamente racistas, como algo que les fue arrebatado por años. Lo del oxígeno “menor” en el cerebro se amolda a estos tiempos de fake news: es pseudociencia y, como tal, puede pasar por “argumento”.

El racismo no es solo un asunto de la derecha, por supuesto, pero digamos que hoy esta parece ser su mejor casa. A comienzos del siglo, las expresiones discriminatorias eran unánimemente rechazadas, políticos y periodistas de derecha y defensores ortodoxos del modelo salían a repudiarlas. Hoy no vemos personalidades de la derecha hacerlo. Hoy la derecha se divide entre la que reivindica la “libertad” para decir estas cosas —sin censuras— y la derecha que simplemente no dirá nada, porque no le parece relevante. De algún modo, todos ellos se han creído eso de que castigar los discursos discriminatorios es caviar, o peor, woke.

Lo que me hace pensar en el ministro de Cultura, Alberto Beingolea, cuando al asumir el cargo dijo que en los últimos años el sector había sido ideologizado y capturado por la izquierda. Yo pienso que él hablaba en verdad de ese esfuerzo por frenar la discriminación, promover la tolerancia, desincentivar el uso de ciertos términos. Según su visión, eso generaba enfrentamientos entre peruanos. No me extraña que no se haya pronunciado sobre las aludidas declaraciones racistas, que van contra toda una población con el argumento repudiable del “poco oxígeno”. En la mente de Beingolea, tal vez, el silencio mantiene la armonía. Como muchos de los que nos gobiernan, no ve el problema: su mente se quedó en el pasado, atascada.

09-10-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 801 año 17, del 09/10/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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