Good bye, doctor García



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César Hildebrandt

Se fue usted de palacio siendo coherente con sus modales y su sentido del coraje: no acudió a entregarle el relevo a quien, a pesar suyo, había ganado las elecciones.

Ahora, gracias a ese gesto, muchos habrán visto recién qué trémulo personaje se esconde detrás de ese gigante de vinilo que quiere mirarnos desde el morro solar. Porque a mí no me engaña, doctor García: ese Cristo es usted. Es decir, su enfermedad.

No ha hecho usted un gobierno apocalíptico como el que hizo la primera vez. Lo que ha hecho es administrar, con un gran sentido de la oportunidad, el envión de prosperidad que nos viene, fundamentalmente, del precio internacional de los minerales.

Pero tras su gobierno el Perú no es más país, las instituciones no se han fortalecido, la marginalidad de millones no ha cesado, el Estado no se ha rehecho.

Usted ha tenido millones para invertir. Pero el sur del Perú nos mira de reojo, Bagua espera con miedo y los pobres del país -que no son el 31 por ciento, como mienten sus cifras- permanecen en sus guetos.

En suma, hay muchísimo más cemento pero la misma desintegración nacional, la misma incapacidad de involucrar a todos en un proyecto de país reconciliado.

Con usted, doctor García, las desigualdades se han acentuado y la riqueza extrema (sí, existe) se ha concentrado más que nunca.

Si Basadre estuviera vivo diría que hemos perdido otra oportunidad y que otra prosperidad falaz pasará delante de nuestras narices. Porque el Estado empírico y el abismo social -los dos grandes males que él diagnosticara- nos siguen persiguiendo.

Claro, a usted estas consideraciones no le importan. Le interesa más, como a Odría en la derecha y a Belaúnde en el centro, «la obra».

Pero el cemento, los rieles, los colegios se vuelven anónimos con el tiempo y los años los agrietan, oxidan y minan.

Son las obras del espíritu, las grandes ideas, las visiones generosas y la honradez las que prevalecen. Desde ese punto de vista, doctor García, usted es excepcionalmente perecedero.

Martí no levantó una casa, Bolívar destruyó muchas en su noble guerra, San Martín no inauguró ni el balcón desde donde pronunció su discurso fundador. ¿Y Thomas Jefferson? Firmó la declaración de independencia de los Estados Unidos y fue un republicano predicador y convincente. ¿Qué inauguró? Nada. Se limitó, eso sí, a fundar la histórica Universidad de Virginia. Y todos ellos viven junto a nosotros todavía. Viven tanto como murió el Woodrow Wilson que inauguró el Canal de Panamá, una obra que equivale a las 150 000 que usted dice haber levantado en estos cinco años.

Hace tiempo que usted, doctor García, renunció a todo aquello que amó en su juventud. No hay en usted ni un asomo de las ideas que lo encendían. Usted no solo ha cumplido años en estas décadas: ha tenido que olvidarse de quién fue, ha asistido, con gran serenidad y mucha elocuencia disimuladora, a sus propios funerales. Y quien nos ha gobernado este lustro es lo que quedó de usted cuando hizo las sumas y las restas que acabaron por perderlo.

Produce nostalgia recordarlo, doctor García. Era usted brillante, pobre de solemnidad, desprendido como Haya, honrado como quienes murieron en Chan Chan.

La promesa viviente empezó a morir en 1985, cuando usted acumuló sus primeros dineros de inexplicable origen. Terminó de morir en estos cinco años en los que usted ha redondeado sus proezas financieras. Adios, doctor García. Hasta el 2016.

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