“Nos mordieron los zombis e interiorizamos el sentido común neoliberal”


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Enric Llopis

“La gente honrada está perpleja mientras que los canallas se muestran envalentonados”, afirma el politólogo Juan Carlos Monedero. Existe una doble vara de medir. Cuando el diputado de las CUP, David Fernández, tacha de “gánster” a Rodrigo Rato por sus responsabilidades en Bankia, se desatan grandes tormentas (incluido un editorial de El País). Pero cuando la diputada del PP, Andrea Fabra, lanza un imprecatorio “¡que se jodan!” a seis millones de parados, no pasa de un exceso verbal o frase fuera de contexto. Ocurre esto “porque nos encadenan a su manera de pensar; interiorizamos que somos feos, y ellos los guapos que nos han de representar”.

Con tono apasionado, afirmaciones contundentes y claridad meridiana en la exposición, el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, Juan Carlos Monedero, ha presentado en la librería Ramón Llull de Valencia su último libro (un mes en la calle y ya con cuatro ediciones), “Curso urgente de política para gente decente” (Ed. Seix Barral).

Una rápida ojeada a los anaqueles de una librería comercial permite constatar la tesis de Monedero. Los libros de autoayuda causan furor. Con títulos muy conocidos y en algunos casos grandes éxitos en ventas: “¿Quién se ha llevado mi queso?”; “El monje que vendió su Ferrari”; “Tus zonas erróneas”, los textos de Osho…Son libros, afirma el politólogo, “que apelan a que te solventes los problemas de modo individual”. Desarman para la lucha colectiva. Por el contrario, en el “Curso urgente de política para gente decente” se presenta la política como “autoayuda colectiva”, como “búsqueda de los elementos y espacios donde nos encontramos para resolver nuestros problemas”.

“Nos meten sus valores en la cabeza”, sentencia Juan Carlos Monedero. El audiovisual es una herramienta básica para este fin. Explica el docente que en los documentales de National Geographic “el pez grande siempre se come al chico”. En el “Rey León” (“un disparate de principio a fin”, acota), el monarca lo es por origen divino, por un rayo de sol que le unge al comienzo del filme. En esta película animada de 1993, connotativa y repleta de sugerencias, los animales no se mezclan y el rey “malo” puede fácilmente identificarse con Jomeini (en 1991 implosionó la URSS y Estados Unidos se ocupa en construir a su enemigo). En otro filme de la factoría Disney, “Aladdin”, a los árabes se les presenta como a “tontos” y “homosexuales”. En “Forrest Gump”, afirma Monedero, “cuanto más tonto eres, mejor; y si tienes problemas, huye”. Además, “la novia del protagonista, una activista contra la guerra del Vietnam, muere como consecuencia de un virus destructivo”.

¿Cuáles son los efectos del ruido ambiental y la inoculación de valores tóxicos? Lo resume una frase de Ortega y Gasset de los años 30 del pasado siglo: “Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”. Y así, “nos la cuelan constantemente”, zanja Monedero. De hecho, Rajoy cuenta que mejora la economía y hay gente que lo cree e interioriza estas afirmaciones, a pesar que hace cinco años el estado español disponía de un superávit de 21.000 millones de euros y actualmente el déficit público supera los 100.000 millones de euros. Eso, sin contar con el fabuloso trasvase de rentas que se está produciendo, y que muchos ciudadanos tampoco perciben.

En esta coyuntura, “lo que más me preocupa es que se está modificando el contrato social en Europa”, subraya el autor de “La transición contada a nuestros padres”, “El gobierno de las palabras”, “¡Que no nos representan! (con Pablo Iglesias) y “A la izquierda de lo posible” (conversaciones con Julio Anguita). Así, corren serio peligro los derechos que impusieron los vencedores de la segunda guerra mundial en Europa a la derecha fascista/colaboracionista, y que se plasmaron en diferentes textos constitucionales: Francia (1946); Italia (1948) y Alemania (Ley Fundamental de Bonn de 1949). La Constitución española de 1978 imitó posteriormente el articulado de estas constituciones.

En el ámbito doméstico, se manifiesta la hegemonía de lo que Monedero llama “política zombi”. Estos entes nos resultan inquietantes por varias razones: se asemejan mucho al ser humano; parece que están vivos pero realmente son muertos; con un pequeño mordisco te convierten en uno de los suyos; son seres obscenos, con las tripas fuera y, además, se trata de personajes lentos, torpes y brutos, pero que siempre permanecen juntos y actúan de modo perseverante. “Igual que los políticos”, ironiza Monedero. Pueden inscribirse en esta categoría Juan Carlos I, cuando afirma, tras la cacería de elefantes en Bostuana, “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”; Rajoy, al señalar que “he incumplido mi programa electoral, pero he hecho lo que tenía que hacer”; o Rubalcaba, en la Conferencia Política del PSOE: “Hemos vuelto”.

“Pero el gran problema es que nos han mordido y, en consecuencia, los ciudadanos también somos zombis”. Puede que ello no resulte fácil de advertir para el común de los ciudadanos. Pero el hecho de que nos hayan convertido en estos extraños seres y que, sobre todo, “el miedo no haya cambiado de bando”, conduce a lamentables situaciones. Como que Esperanza Aguirre pueda “vender” que personalmente ha destapado la red corrupta Gürtel; que Bárcenas pueda salir indemne de los escándalos de corrupción; que la alcaldesa de Madrid arguya, ante la huelga de recogida de basuras, que los servicios están externalizados, y que se trata de un conflicto entre sindicatos y trabajadores; que una empresa sortee en la cesta de navidad un puesto de trabajo; o que mediante anuncios se requieran en Murcia licenciados para repartir bollería por 400 euros.

Pero, argumenta Monedero, “si para algo sirve la Ciencia Política es para desvelar lo que a golpe de vista no se aprecia”. “Nos mordieron los zombis y el sentido común neoliberal pasó a formar parte de todos nosotros”. Aunque realmente seamos animales sociales, señala el politólogo, “nos han metido en la cabeza el individualismo, la guerra de todos contra todos”. En la manipulación de las conciencias, la construcción de un sentido común funcional al sistema y la difusión de valores perniciosos para el ser humano, desempeñan un rol esencial las palabras. Algo parecido revelaba Unamuno cuando le preguntaban si creía en la existencia de Dios. El escritor respondía a su interlocutor instándole a que definiera antes las palabras “creer”, “existencia” y “Dios”. Es decir, concluye Monedero, “las palabras definen realidades”. No resulta baladí, por ejemplo, que tras un siglo de sindicalismo, huelgas y barricadas para que la clase obrera no se confundiera con una mercancía, los sindicatos acepten hoy la expresión “mercado de trabajo”.

Según el politólogo, “hoy es decisiva la lucha por las palabras y la pelea por los conceptos”. ¿Qué es el neoliberalismo? En términos generales, hace referencia al individualismo (frente al sentido de lo colectivo) y a la competitividad (frente a la cooperación). ¿Cómo se introdujeron los valores neoliberales en la cabeza de los ciudadanos? Se trata de una pregunta capital. Si no se identifican las causas y las vías de penetración, es muy difícil luchar contra el neoliberalismo, subraya el docente. Primeramente, el neoliberalismo se hizo omnipotente a través de la mercantilización del mundo. Vivienda, alimentación, afecto, ocio, estudios… “En ningún otro momento de la historia ha habido tantas cosas como hoy convertidas en mercancía”. Además, “el problema es que todos somos rehenes de un pecado de omnipotencia; lo único que impide tenerlo todo (ser Dios) es el dinero; si de este modo piensa una persona, sufre una patología; si este pensamiento se ha generalizado, la sociedad entera ha enloquecido”. Es más, si en el siglo XIX la ciudadanía se materializaba mediante el trabajo y en el siglo XX a través del consumo, en el siglo XXI lo hace por medio del deseo de consumir.

Otro canal por el que se impone el neoliberalismo es la precarización laboral. “Da igual lo que hagamos para ser empleables, la cuestión es que no llegamos”. Másters sin fin, idiomas, segundas y terceras carreras, cursos en el extranjero, operaciones para mejorar la estética… “Y todo, para que nos exploten después”, afirma el politólogo. “Por primera vez en la historia el desarrollo tecnológico no genera empleo; la realidad inapelable es que no hay trabajo para todos”. Al hilo de una de las reflexiones de Marx (afirmaba que cada crisis del capitalismo deja un margen cada vez más estrecho de respuesta), Monedero se muestra partidario del reparto del trabajo y de una renta básica universal. Pero en el estado español se camina por la senda opuesta: alargamiento de las jornadas laborales y retraso de la edad de jubilación.

El tercer conducto por el que se expansiona el neoliberalismo (y contagia el cerebro de los ciudadanos) es la “desconexión”. Ésta se produce, en primer lugar, destaca Monedero, “porque vivimos en ciudades” (el alimento, agua y energía que consume el ciudadano urbanita procede del exterior). La tecnología también nos “desconecta”, pues la gente vive de manera cada vez más aislada (las sociedades más desarrolladas baten registros en el consumo de ansiolíticos). Otro elemento de “desconexión” responde a que los ciudadanos han entregado cada vez más a “intermediarios” (por ejemplo a la iglesia) factores neurálgicos de la existencia. Así, “nos quedamos sin trascendencia, anclados al presente y sin poder construir puentes con el futuro ni dar sentido a la vida”. Para rematar, “hemos entregado la política a los políticos, por lo que estamos muy solos; los partidos no cambiarán mientras no cambiemos nosotros”.

El negro mural que pinta el profesor Monedero no resulta fácil de combatir. Entre otras razones, porque no existe un enemigo único, un poder plano, omnímodo y de una sola cara al que oponer resistencia. Al contrario, predomina la fragmentación (en el poder, pero también en el trabajo, la familia, el conocimiento). Ante ese panorama, “lo más importante no es saber lo que queremos sino lo que no queremos”. Y, “tesela a tesela, sin prisas, construir el mosaico” de otra sociedad. “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”, decía Antonio Machado. Si no, afirma Juan Carlos Monedero, “podemos caer en la trampa de gente que nos viene con discursos del pasado, o incurrir en la melancolía”. “Hagamos cada uno, simplemente, nuestra pequeña parte”.

Quizá uno de los grandes enemigos para el cambio sea el miedo. Porque paraliza, aísla y deja totalmente la iniciativa en manos del enemigo. El neoliberalismo ha instaurado el régimen del miedo. Según Monedero, “tenemos miedo a no ser suficientemente buenos para que otros nos escojan; pero también a escoger a los demás y, sobre todo, sentimos un profundo miedo en nuestra soledad”. En el ámbito laboral y en la vida ocurre más o menos lo mismo: “siempre autoexplotándote, con la obligación de ser empresario de uno mismo; vivir y gestionar tu tiempo como un empresario en competencia con los demás”.

En el reino del miedo, gana la derecha, sentencia Juan Carlos Monedero (funcionan con la parte primitiva, con la amígdala; dan valor al monólogo, al fragmento, a lo propio y exclusivo). Además, se bastan con “cosas muy sencillas y salvadoras, por ejemplo, otorgarle un mérito a ser de aquí”. Por el contrario, la izquierda funciona más bien con el neocórtex. Remite a la esperanza, a la parte más humana, a la construcción en grupo y al diálogo. Pero en un contexto de capitalismo en crisis surge indefectiblemente la extrema derecha, que –advierte Monedero- “critica siempre los excesos del sistema pero nunca el sistema en sí”. De hecho, “el fascismo es funcional al sistema capitalista”.

¿Cuál debería ser la actitud personal y colectiva para no caer en la resignación? En los años 30 del pasado siglo, Gramsci decía que al pesimismo de la inteligencia se le tenía que oponer el optimismo de la voluntad, por dos razones. El sentido común en las sociedades capitalistas es neoliberal (“ellos controlan universidades, medios de comunicación, tradiciones, memoria, dinero, etcétera”, recuerda Monedero); y el capitalismo en crisis ha sido históricamente brutal. Por eso, recuerda el docente, “hemos de ser pesimistas esperanzados, pues sin esperanza ya nos han derrotado y porque también nosotros ganamos batallas, como la huelga de barrenderos en Madrid o la eclosión del 15-M”.

Otra tarea urgente es responder a la pregunta de por qué la gente obedece. Por qué se produce la servidumbre voluntaria. Contestar a esta cuestión implica desenmascarar al enemigo y “deconstruir” el aprendizaje de valores y actitudes neoliberales. Desmontar teorías que explican el comportamiento humano a partir de la “elección racional” (en economía) y la tendencia de todo individuo a maximizar sus preferencias. Porque, si fuera así, explica Monedero, “no habría diferencias entre un héroe y un canalla; tampoco se explica cómo se han construido esas preferencias; se omiten también otras pautas que explican comportamientos, como el reconocimiento que recibe la persona por parte de su entorno; o el posicionamiento individual respecto a valores como la verdad, la belleza y la bondad”. A fin de cuentas, concluye Monedero, “al ser humano le nace de modo natural ser solidario y ayudar a los demás; ayudamos a otra persona y nos sentimos bien; de hecho, somos seres sociales”. Aunque el neoliberalismo nos haya introyectado el virus egoísta.

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