Ideología chora

Juan Manuel Robles

Es absurdo pensar en una indemnización a la vea familia de Alan García por la supuesta responsabilidad del Estado en su muerte, pues se trata de una muerte a mano propia, que decidió él solito al verse acorralado, al saber que el destino inevitable iba a ser una vergüenza pública que a estas alturas –ya no quedan dudas- lo hubiera reducido a condición de despojo. Es insulso pensar en retribuir a los deudos. Al contrario, alguien debería pensar en darnos una reparación a nosotros. Y no hablo del dinero que la corrupción se llevó –como el viento-, o los bienes mal habidos que deberían acabar en subastas (para que familias del futuro vivan en esos departamentos y casas embrujadas, llenas de historias de ladrones). No hablo de nada material. Hablo de los niños. Alguien debería darnos una especie de reparación por lo acontecido en estas semanas, esa onda expansiva que llegó a nuestros hogares, como un derrame tóxico. Se habla de cuidar a los más pequeños, se pega el grito en el cielo por una alusión al sexo anal, pero la verdad es que en el Perú son los políticos, con sus actos, quienes exponen a los niños a contenido impúdico, vergonzoso y nocivo. La coima y la deshonra de un balazo viola todo pudor, es una forma de obscenidad brutal no solicitada.

La grandeza de un político se mide, entre otras cosas, por la estatura de sus actos, la noción de que estos serán vistos por otros, que impactarán de alguna forma en la consciencia de los ciudadanos (sobre todo de los más jóvenes). Tuvo grandeza Allende al decidir morir en La Moneda declinando del plan de escape que su escolta había previsto para él (y rechazando una oferta de huida de los propios militares golpistas). Careció de grandeza Fujimori, en cambio, al usar la excusa de un viaje protocolar para escapar del Perú después del escándalo de los vladivideos. Todavía recuerdo a su hija Keiko sola en Lima, casi una adolescente cargando la tremenda cruz del deshonor (luego ella elegiría la complicidad y no la redención, pero eso no me quita de la cabeza su triste imagen). Alan García, pequeñísimo, no pensó ni en sus hijos ni en quienes lo observarían inevitablemente realizar un acto que jamás podría mantenerse en privado. No tuvo la dignidad final de algunos delincuentes: entregarse al silencio de una celda y dejar que allá afuera el mundo siga su curso.

Son estos varones de la corrupción quienes nos llenan de contenido censurable, y alguien debería resarcirnos. Nos ponen en la cara sus actos impropios. Como aquella imagen del último berrinche, pistola en mano, que nos reventó en pleno desayuno. Y los niños, ay, mirándolo todo.

Yo me pregunto ahora quién nos regala el tiempo, la calma, las palabras precisas para contarle a un chico que una figura pública que aparece en los afiches de un partido político, en los libros escolares –habrá que replantear eso también-, se mata por no aceptar un castigo justo. Quién borra de sus mentes curiosas esa imagen horrenda que, sin haberse visto, es nítida como cualquier fotograma de Marvel. Quién nos da la asesoría profesional para explicarles lo inexplicable, quién nos guía en la forma correcta de desmentir el relato de los cómplices que quedaron vivos (vivísimos); cómo enfrentamos la validación que hace la tele de unos señores parlamentarios diciendo en vivo y en directo que quien se suicidó es un héroe; cómo los protegemos de la emboscada emocional del féretro, cómo evitamos que caigan en el arrullo de la música de fondo de las honras fúnebres llenas de pompa. No es solo el trauma y la experiencia del shock, es irse a dormir con una idea que irá tomando forma: vivimos en un país de autoridades corruptas. El acto ruin, la defensa absurda, termina siendo una pésima influencia. ¿Quién, nos ayuda? Deberían movilizar psicólogos de puerta en puerta, asistentes sociales bien pagados por nuestros impuestos, gente entrenada en encauzar a los chicos.

Hay contenidos que ingresan con enseñanzas explícitas y otros que se van colando sutilmente, de tanto repetirse en imágenes cotidianas. Hay acciones que se imitan sin que nadie nos lo sugiera: basta ver que otros las validan. Hay ejemplos de vida que llegan en el peor momento, que aprovechan una ventana de confusión. Hay adolescentes que están dudando si iniciar una vida delictiva –que les dará dinero fácil-, y se enteran que el 17 de abril ha sido designado “Día de la dignidad aprista”. Saben entonces que el robo bien pensado –el arte del asignar testaferros y metatestaferros- se recompensa no solo con lingotes, sino también con respetabilidad social.

Quién paga esas horas –que muchos padres no tienen- para hacer pedagogía preventiva, para explicarles que ese camino es el peor, que no se dejen confundir por el llanto de Lucianita, el lamento de Milagros.

Coincido con mi colega Raúl Tola cuando dice que la corrupción es una ideología. Creo que esa siembra mal debería ser asunto de preocupación nacional. Últimamente, muchos padres peruanos creen que el enfoque de género puede “homosexualizar” a los pequeños, y hacen campañas, guapean, piden renuncias. O se escandalizan por algún profesor rojo con pasado militante. Pero nadie parece preocupado por la exposición permanente a la apología de la corrupción, que tiene una influencie masiva y orgánica. Que seduce mentes las malogra.

Tal tolerancia ha habido en el Perú a esta influencia, que a pesar del documentado vínculo de Alan García con las coimas y dineros ilícitos, el líder aprista fue director y profesor del programa de posgrado del Instituto de Gobierno y de Gestión Pública. El solo hecho de que lo fuera ya es uno de esos mensajes implícitos de apología del desfalco. Si eres corrupto y llegas a cierto nivel de poder, puedes incursionar en la docencia. Quién nos quita ese mensaje irradiado; quién nos protege de las cabecitas formadas en ese pantano que parecía reino.

El otro día vi la imagen viral de un noticiero: un dealer zarrapastroso decía los reporteros que si lo acusaban de vender drogas, a ver que muestren la factura. Me dio risa pero luego sentí cierta inquietud. Pensé en el efecto García. Su magisterio.

Es tiempo de preocuparnos por ese veneno que se derramó entre nosotros. Tomarlo en serio, vigilar los posibles efectos. Alguien debería, por ejemplo, monitorear a los estudiantes que furon expuestos a la influencia directa del profesor Alan García en su “Escuela”. Porque puede que entre ellos haya seres contaminados, sin recuperación posible, que aspiran a ser alcaldes, regidores, parlamentarios. Y esperan agazapados, al acecho.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 443 del 03/05/2019 p.13

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