Capitalismo triste

César Hildebrandt

Un nuevo estudio rea­lizado por cuatro universidades nor­teamericanas ha con­firmado lo que otro, elaborado en el 2004, había revelado: que la tristeza es buena para el capitalismo porque los tristes com­pran más y pagan mejor.

El mecanismo es así: las personas que pasan por un mal momento tienden a consolarse de maneras erráticas (una de ellas es comprando cosas superfluas), piensan que el dinero no es tan importante como les había parecido antes y, además, pueden adquirir repentina conciencia de la brevedad de la vida, pensamiento que pone al sentido del ahorro en la categoría de mandamientos por revisar.

En suma, nada mejor para el consumo sin pausa que un ejército de la noche triste, un manhattan de depres vitrineando, miríadas de señoras con tarjetas platinum después de enterarse de la última aventura del marido.

Lo que el estudio no dice, por su­puesto, es que ese “buenos días, tristeza” está garantizado por el propio sistema del consumo febril y por su agente mayor, la publicidad. Sí, porque cómo no sentirse un poco al margen y un tanto forastero de los goces (y, por ello, un poco triste) si no podemos comprar lo que la tele dice que debemos comprar para ser plenos y felices. Plenos y felices como ellos: los que con una fragancia nueva encaman a las Misses, los que con un coche nuevo conquistan la Patagonia, los que con una hoja de afeitar de triple filo ven a Dios mientras se dan golpecitos en el mentón.

Imposible ser como ellos. Imposible ser feliz.

Imposible para ellas ser como ellas: las que hacen hervir la testosterona de los que las miran, las que bailan bajo la lluvia y no se mojan, las mujeres soñadas que lacean hombres como reses y nunca conocerán la celulitis. Im­posible ser como ellas. Imposible ser feliz.

Pero si no eres feliz, siempre podrás inten­tarlo. Y la mejor mane­ra de acercarte a esos paraísos es imitando a quienes habitan en ellos. Por eso es que la publicidad es un pasaje al alivio y una apuesta por el pensamiento mágico. De pronto, si hago lo que ellos (o ellas) hacen, experi­mentaré esa plenitud, esa cima de mil doscientas líneas por segundo.

Al Manifiesto Comunista lo han reemplazado los encartes en papel cuché de los grandes almacenes. No hay mensaje más implícitamente revolucionario que el que proponen. No hay mun­do más dividido e irreconciliable que el que invitan a visitar. No hay resentimiento más hondo y es­pontáneo que el que esas hojas sati­nadas convocan. El comunismo –si viene- no vendrá subido en tanques sino que a pie: millones de individuos exigiendo el cumplimiento de la felicidad prometida en tanta tele y tanto suplemento.

Porque entre nosotros -desde África a América Central y del Sur, pasando por buena parte de Asia-, frente a los tristes que compran (y que se entristecen porque no pueden comprarlo todo) es­tán los que no tienen tiempo de estar tristes porque apenas pueden comprar lo in­dispensable.

De esos impedidos de estar tristes se ha olvidado la dere­cha asnal que padecemos y que gobierna sin siquiera moles­tarse en ganar las elecciones.

Cuando Sendero mataba por docena y sarta y se reía como hiena a rayas, la derecha decía que, si todo iba bien, trataría de mejorar la situación de los trabajadores y entendería que su tarea pendiente seguía siendo la de ayudar a hacer un país que comprometa a todos.

Cuando Sendero fue derrotado y volvió la democracia con cara de sin­vergüenza tenaz, la derecha se olvidó del miedo y volvió a lo suyo: saquear lo que se pueda porque el Perú no es un país sino un incendio de gangas, una gala, un cierrapuertas.

Así que mientras los tristes con dinero plástico consumen más y pa­gan mejor, millones se consumen en el arte viejo y saltarín de la sobrevi­vencia. Son los que mañana, atizados por un discurso unificador de la ira, le recordarán a la derecha (y a todos) que el Perú tiene futuro porque es un país por hacerse.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 471, 6/12/2019  p12

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