Hugo Blanco. ¿Otra historia prohibida?

Teresa Tovar Samanez

Las historias prohibidas son casi siempre declaradas ilegales, pero gracias a ellas se ha logrado conquistas como la democracia y los derechos humanos. Túpac Amaru y Micaela Bastidas fueron declarados rebeldes y condenados por las leyes de la época, pero fue por sus luchas que conseguimos la independencia.

Umberto Eco retrató la so­ciedad del S.XIV sometida al dogmatismo religioso de “los libros prohibidos”. Gracias a grupos de la resistencia, estos textos fueron escondidos y pre­servados, formando hoy parte de la cultura universal. Siete siglos después, la censura retardataria reaparece en el Perú y pretende prohibir un documental histó­rico sobre Hugo Blanco, líder del movimiento campesino del valle de la Convención y Lares entre 1956 y 1964.

El film documenta el oca­so del dominio oligárquico. Ese que estudió Henry Pease y que retrató Arguedas en “Todas las Sangres”. Un régimen en el que los indígenas eran consi­derados menos que animales y se les negaba los derechos que tienen todos los seres humanos. Cuando en 1966 Hugo Blanco es juzgado por encabezar el le­vantamiento campesino contra el gamonalismo, declaró:

“En el valle de Lares la ex­plotación era inicua, los traba­jadores de un fundo laboraban gratis 12 horas al día, incluyendo mujeres y niños”. Hugo Blan­co denunció a los hacendados Bartolomé Paz y Ángel Miranda que marcaban la nalga de cam­pesinos con el hierro candente empleado para marcar ganado. “Sólo por el gusto de asegurarse que le pertenecía”. Eran tiem­pos donde los hacendados ha­cían arrojar al río a los hijos que tenían de las campesinas violadas.

El documental «Hugo Blan­co Río Profundo» registra estos hechos y ha despertado la reac­ción oscurantista, que pretende censurar un film galardonado con el Premio al Mejor Docu­mental Internacional 2019 en el Festival Internacional Atlantidoc (Uruguay) y con un Premio del Ministerio de Cultura el 2019.

Quiénes se oponen a su difusión son grupos de exgenerales, exalmirantes y policías, y personajes conservadores que han firmado un comunicado. El Ministerio de Cultura ha defendido el premio otorgado al documental y hoy circula una carta de respaldo al film, firmada por más de dos mil personas en el mundo… Se suman a esta defensa organizaciones de cineastas y artistas y organizaciones campesinas e indígenas del Perú.

El documental da cuenta de hechos reales: las luchas campesinas que precedieron y dieron lugar a la Reforma Agraria. Son hechos de una historia prohibida, que se pretende borrar. Las historias prohibidas son pasajes por rescatar, momentos sobre los que no se quiere volver la mirada, pese a constituir hitos importantes en el devenir de las sociedades.

Gramsci señala que la historia de las clases subalternas es prohibi­da e invisibilizada porque incomo­da a quienes ejercen dominio. Por ello transcurre en los márgenes del sistema. El historiador Thompson muestra como la historia prohi­bida de los sometidos eclosiona sorpresivamente y aparece en la escena. Esto es justamente lo que ocurrió con las luchas campesinas que registra el documental “Hugo Blanco, Río Profundo”.

Las historias prohibidas son casi siempre declaradas ilegales, pero gracias a ellas se ha logrado conquistas como la democracia y los derechos humanos. Túpac Amaru y Micaela Bastidas fueron declarados rebeldes y condenados por las leyes de la época, pero fue por sus luchas que conseguimos la independencia.

Desde el campo de la historia se recupera información sobre he­chos y episodios poco conocidos, y desde el terreno de la cultura, también se rescatan las historias prohibidas. Y cuando aparecen en una película, una escultura o en otra manifestación artística, la censura oscurantista intenta silenciarlas.

Ya ocurrió con el intento de a censura a las Tablas de Sarhua (declaradas luego Patrimonio Cultural de la Nación), artesanía que grafica las vivencias de las comunidades campesinas en los años de la violencia. El mis­mo signo conservador tuvieron los atentados contra El Ojo que Llora y la pretensión de cerrar el Museo de la Memoria.

Recordemos que la filóso­fa Martha Nussbaum señaló que quienes cultivan el lucro y educan para el lucro, no sólo ignoran las artes, sino que les temen. Porque son un terreno para la sensibilidad, la creati­vidad y el pensamiento crítico. “Los artistas no son servidores dóciles” dice Nussbaum.

De censuras está hecha la historia de la cultura, pero ésta, a la larga, sale indem­ne. Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas fue censurado por la Santa inqui­sición, el cuento Paco Yunque de Vallejo (que muestra como el niño pobre debe soportar los maltratos y humillaciones del hijo de los patrones), fue prohibido por Morales Bermú­dez, la novela Los Miserables de Víctor Hugo que denunció los terribles abusos contra los pobres fue censurada.

Incluso El Principito de Saint Exupery fue prohibi­do por la dictadura militar argentina arguyendo que era subversivo por alentar la fantasía en los niños. La lista es larga. Pero todas las obras cen­suradas son hoy patrimonio universal. Las prohibiciones pasan y fracasan. Las obras perduran.

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