Bolivia, Chile y el Perú

César Hildebrandt

George Forsyth, que es un figurón de los Muppets, sigue primero, aun­que empieza a perder aire.

¿Debería importarme? Los extras de los estudios Churubusco pueblan planchas y salivan de codicia ante la inminencia de las campañas electorales. La segundilla está de fiesta. Los NN, los aspirantes a XX, los fantasmas de la opereta candidatean y se empujan en las antesalas a ver si RPP les da un ratito, un polvo de gallo, unos segundos antes de la pausa comercial.

Renuncia Amado Enco y la prensilla hace un escán­dalo. ¿Quién es Enco? Es un invento de titulares que también quiere su presa en el Festival de La Nimiedad.

Vizcarra masacra el idioma, lo chavetea y lo fusi­la para explicar lo que, al final, apenas se entiende. Dice, en suma, que debemos tener cui­dado en las fiestas próximas.

¿Para eso habla un presidente?

Y la televisión sigue viviendo de la basura, los reflejos condicionados, la baba de Pavlov, del crimen como propuesta de en­tretenimiento. El Perú es como una película de Aldo Miyashiro interpretada por una bataclana, un aquelarre presidido por Martha Chávez, una fiesta cale­ta en la pandemia.

Entonces, huyo.

No puedo más. Necesito res­pirar, volver a vivir, sentirme nuevamente humano.

Pienso: los periodistas es­tamos condenados a vivir, como garrapatas, de la agen­da del día. Y la agenda del día nace en las comisarías, en los hoteluchos, en las mansiones del club de la cons­trucción, en los expedientes de los hermanitos. Son los miserables de arriba y de abajo los que deciden qué nos debe preocupar, qué leeremos, qué veremos en la tele pútrida. Somos cine negro.

Huyo. Me refugio en el ámbito donde me siento bien. Reivindico el egoísmo salvador. Me atrinchero.

Escucho a la Callas, que a veces me saca algu­nas lágrimas. Y leo, me salvo, renazco, me limpio.

No aspiro a nada cuando leo. Me basta con ser lector. Me quedo feliz con la música de las pala­bras, la sinfonía del sentido. Y leo muchas veces en voz alta porque la buena prosa se recita como melopea. Releo a Miguel Hernández:

El amor ascendía entre nosotros/ como la luna entre las dos palmeras/ que nunca se abrazaron…

De pronto, entonces, llegan las noticias de Bolivia. ¿De modo que nuestros hermanos me­nores, a quienes miramos con habitual desdén, nos dieron una lección de decencia y eligieron al candidato del MAS? ¿O sea que los bolivianos, hermanos del Alto Perú que Bolívar desgajó de nuestra espesa jurisdicción, no se dejaron ame­drentar por la gran prensa y los agentes de la CIA residentes en Santa Cruz y eligieron al sucesor de Evo Morales? ¡Qué notición! ¡Y qué manera de callar la de la prensa peruana! ¡Cuánto miedo entre sus escribidores a tanto el media training!

Y cuando uno estaba degustando todavía lo de Bolivia, saboreando la cuchipanda aimara, viene o lo de Chile. ¡Apoteósico!

Resulta que lo que la derecha chilena creyó inamovible como la cordillera, ha sido demolido en olor de multitud. Honor a los valerosos chileños que se enfrentaron a “El Mercurio” y a los pacos y lucharon por años hasta poder arrancarle a la derecha la llave de la caja fuerte donde estaba el santo grial de la constitución.

El mito del inmovilismo ha terminado. Así como Francisco Franco decía que lo de la continuidad era seguro y que todo “estaba atado y bien atado”, del mismo modo la derecha chilena, maldita desde 1973 por su ensañamiento, estaba segura de que el marco jurídico de la dictadura era parte de la naturaleza. Pues bien, se acabó. Los chilenos se ganaron el derecho de elegir una asamblea constituyente cuyo fin será renombrar al país y sembrar lo que haya que sembrar y talar lo que haya que talar. La educación, la salud y el régimen pensionario dejarán de ser latifundios de los de siempre y conocerán nuevas definiciones y fórmulas. Chile vuelve a vivir, a latir, a demostrar, a pura rabia y coraje, que ha dejado de ser el zombi vitalicio mordido por el pinochetismo. Todo podía admitir la derecha chilena, excepto que la constitución de su líder fuese tocada. Podían asentir cuando uno las decía, con pruebas bancarias y judiciales en la mano, que Pinochet, aparte de asesino, fue un ladrón. Podían mostrarse arrepentidos cuando se les hablaba de los excesos depravados de mi general Contreras, chupe de Pinochet y especia­lista en picanas y desapariciones. Pero, eso sí, decían de lo más pelucones: nos dejó la Constitución -así, con mayúsculas- que ha permitido este milagro.

Pero en octubre no hay milagros. Y los chilenos se hartaron de que les dijeran que la desigualdad era una ley de dios, que la educación era un pri­vilegio destinado a unos cuantos, que los sueldos debían ser la parte del ratón en el reparto. Esta­ban hartos de que la derecha, que había aplaudi­do los crímenes de la dictadura y la impunidad de su comandante en jefe, se considerara albacea de un legado inapelable y emputeciera las palabras hasta hacer irrespirable el país.

Exactamente como aquí, en el Perú. Con la dife­rencia de que nuestro país sigue sometido al secuestro moral del fujimorismo y su descendencia (la oficial y la supernumeraria). Los chilenos han puesto en su sitio a “El Mercurio” y a sus allegados y han votado por un nuevo futuro. Los pe­ruanos -muchos de ellos- siguen creyendo que “El Comercio” defiende los intereses permanentes del país.

Leí el editorial que “El Comercio” publicó en re­lación al triunfo popular chileno y no pude dejar de sentir una felicidad extre­ma. El diario del accionis­ta Pepe Graña, la caverna donde lo más reaccionario de la sociedad ensaya sus palabreos, anuncia para Chile las peores catástrofes y los cauces más peli­grosos. Que los chilenos se enteren: “El Comercio”, de Lima, condena el rotundo triunfo del “apruebo”. ¿Les importará que esta versión rímense de “El Mer­curio” clame al cielo porque la mayoría ha decidido lanzar por la borda la constitución del tirano?

El terror de “El Comercio” es que el ejemplo cunda. Chile estaba bien cuando era el ejemplo del “neoliberalismo exitoso” que Pinochet im­puso a sangre y fuego y Friedman apadrinó con visitas y consejos. Ahora Chile es un mal ejemplo, un vecino descarriado, un nuevo réprobo. Igual que Bolivia, que ha vuelto a las andadas. Y “El Comercio”, que respaldó al fujimorismo toda una década, apuesta por la eternidad de la constitu­ción que los tanques sostuvieron en 1993.

Pobre mi país, en manos de bandidos que en vez de gritar, sencillamente, arriba las manos o la bolsa o la vida, dicen patria, moderación, or­den, sensatez y destino común. Y cantan el himno mientras afilan sus pasquines y sus televisiones para hacerle creer a la gente que el mundo ter mina en la Dinincri y, como diría Neruda, que en alguna parte del cielo todos somos iguales.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 513, 30O/10/2020 p09

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