Perú: Lo que el liberalismo no cumplió
Natalia Sobrevilla
El liberalismo es la doctrina política, económica y social nacida a finales del siglo XVIII, que defiende la libertad del individuo y una intervención mínima del Estado en la vida social y económica. Los liberales peruanos han luchado por la libertad, pero siempre han privilegiado la defensa del poder económico.
Cuando José de San Martín declaró en 1821 que nadie nacería esclavo en el Perú no abolió la institución sobre la que se basaba la economía de la costa peruana. Los liberales de su tiempo imaginaban que si los hijos de los esclavos eran libres y la trata negrera terminaba, la esclavitud acabaría por extinguirse mientras los dueños de las plantaciones encontraban la forma de reemplazarlos. En 1830 se estableció por ley que los nacidos “libres” deberían trabajar para los amos de sus padres hasta cumplir los 21 años. Nueve años más tarde, la edad se extendió hasta los 50, lo que significaba que toda la vida activa de estas personas, supuestamente libres, seguiría estando bajo un régimen que solo se diferenciaba de la esclavitud en el nombre. En 1845 se buscó volver a abrir el tráfico de negreros y en 1846 se dio la autorización para que algunos esclavos fueran importados desde Colombia, una medida que fracasó y derivó en un incidente internacional.[1]
Los dueños de las haciendas argumentaban que la esclavitud en el Perú era benigna y que los libertos y manumisos, al no saber qué hacer con su libertad, se dedicarían al crimen. Proponían, además, que la agricultura era un pilar de la economía y que sus tierras languidecerían sin esa mano de obra. Domingo Elías, un exitoso comerciante iqueño, encontró una alternativa en la importación de trabajadores chinos y consiguió este monopolio en 1850. Conocidos como coolies, estos hombres eran reclutados en Macao, en las afueras de los fumaderos de opio y las casas de juego, por “enganchadores” que les hacían firmar contratos de trabajo por ocho años. Su situación era de servidumbre hasta que podían devolver el monto de su viaje, sus alimentos y el opio que consumían. Una vez en la costa peruana, trabajaban al lado de los esclavos en regímenes explotadores y se veían obligados a adquirir todos sus insumos en la tienda de la hacienda, incrementando aún más sus deudas.
Una nueva generación de liberales peruanos, influenciados por las revoluciones de 1848 en Europa, comenzó a pensar que tal vez había llegado el momento de abolir la esclavitud y esta fue una de las demandas que hicieron en la revolución que organizaron en 1853. Este levantamiento empezó como una lucha contra la corrupción y se fue radicalizando, pero los liberales no lograron convencer a Ramón Castilla de que decretara la abolición final de la esclavitud hasta que el enemigo al que buscaba derrocar, el presidente José Rufino Echenique, ofreció la libertad a todos los esclavos que se enlistaran en su ejército. Castilla vio una oportunidad ofreciéndole libertad a todos los esclavos y, además, en 1854 prometió una jugosa compensación monetaria a sus propietarios. Castilla venció pocos meses después y hasta ahora se escuchan las coplas que nos recuerdan este hecho:
Que viva mi papá
Que viva mi mamá
Y que viva Ramón Castilla que nos dio la libertad.
Pero quienes más se beneficiaron con la abolición fueron los dueños de los esclavos, que recibieron como compensación monetaria 300 pesos por cada uno. Al día de hoy esto significaría 10.000 soles, aproximadamente, una suma apreciable para quienes tenían uno o dos esclavos, pero muchísimo más para los propietarios de 500 o 1.000. Esta inyección de capitales enriqueció aún más a los hacendados e hizo posible que invirtieran en sus operaciones, en tanto quienes habían sido sus esclavos no recibieron compensación alguna: la libertad fue en sí su desagravio. En la mayoría de los casos, los antiguos esclavizados no tuvieron más opción que seguir trabajando para quienes habían sido sus amos, dedicándose a las labores agrícolas de siempre y recibiendo un pago miserable.
La promesa incumplida del liberalismo es que la libertad se dio sin igualdad y sin equidad, porque se privilegió la economía de quienes más tenían. El neoliberalismo de fines del siglo XX e inicios del XXI, aparentemente, no ha sido muy diferente.
[1] Todos estos detalles y más en Maribel Arrelucea y Jesús Cosamalón, La Presencia Afrodescendiente en el Perú. Siglos XVI-XX. Lima: Ministerio de Cultura, 2015.
