Perú: Izquierda rapaz

César Hildebrandt

Lo he dicho hasta aburrirme a mí mismo: jamás podré ser de derechas. Me lo impide mi biblioteca. Me lo aconseja el buen gusto. Me lo dicta la decencia. La derecha en el Perú, además, está asociada con el fracaso que somos, con la nación que no amalgamamos, con el proyecto que no pudimos darnos.

Y, sobre todo, la derecha peruana es la amante eterna de la corrupción. De Echenique para adelante, la derecha de los mil rostros ha robado como ha querido y ha contado con la complicidad de la “gran prensa”.

Son los que no quisieron pagar más impuestos en plena y perdida guerra con Chile. Los que perdonaron al traidor Prado y permitieron que un hijo de este roedor fuera, dos veces, inútil presidente del Perú. Son los que compraban los máuseres que el ejército usaba para escarmentar a los alzados del campo. Los que sostuvieron el yanaconaje y el gamonalismo. Los que estaban seguros de que los pobres no eran prójimos sino ensayos fallidos, sombras de la obediencia.

En julio de este año, sin embargo, por obra y milagro de un Jurado Nacional de Elecciones honorable, un campesino y maestro rural llegó a la presidencia.

La “gran prensa” hizo todo lo posible para propiciar un golpe de estado que impidiera la proclamación de Pedro Castillo. La llamada “gran prensa”, en manos sobre todo de una familia decadente, no dudó en darle cabida a cuanto energúmeno dijera que las elecciones habían sido robadas, las actas usurpadas, el conteo cambiado. Mario Vargas Llosa, el inmortal, se prestó al juego y se sumó a la histeria derechista.

Pero Castillo llegó a la presidencia. En este modesto semanario, a pesar de haber señalado su inexperiencia, la pobreza de sus ideas y su proximidad amenazante con el MOVADEF, defendimos su derecho de asumir el primer mando de la nación porque, sencillamente, había ganado las elecciones. Esa es la regla de oro de la democracia. Las elecciones se hicieron para eso, no para que “El Comercio” y su pandilla tengan la última palabra.

Jamás terminaremos de agradecerle a Castillo haber librado al país de que la inmundicia fujimorista llegara al poder 21 años después de que el fundador de la organización huyera del país, renunciara a la presidencia por fax y se guareciera en la nacionalidad japonesa que había ocultado.

Castillo nos salvó de Fujimori.

El problema ahora es que Castillo no puede librarnos de Castillo.

Cuatro meses después, esta frase ya no suena ni injusta ni sediciosa.

En estas páginas hemos ensayado la virtud de la paciencia, pero jamás creeremos que la resignación sea la receta de la paz.

Castillo dio tempranas señales de torpeza. Las aves carroñeras de la “gran prensa” empezaron a revolotear alrededor de ese miedo, esa cojera verbal, ese arcoíris de carencias.

Hasta ahí, todo estaba dentro de lo previsible. Un hombre asustado que no quería ir a Palacio revelaba su parálisis y la prensa que había clamado por el golpe de estado preventivo se ensañaba con él.

El drama fue cuando Vladimir Cerrón impuso a su gente y entonces vimos que Castillo se sintió protegido por matones de un leninismo provinciano que defendían sus puestos con uñas y dientes. ¿Defendían las tesis de la revolución y también sus encumbrados sueldos? Todo indica que ambas cosas.

En todo caso, ya sabemos que ese capítulo terminó en las cercanías del desastre. Pero el escenario esencial no había cambiado: el maestro rural de pocas luces seguía siendo una promesa popular, una apuesta de aquel Perú castellanamente imperfecto que buscaba su oportunidad y que era asaeteado por quienes no querían llamar a su representante lo que era legítimamente: presidente de la república. La derecha trataba a Castillo con el mismo odio que dispensó a Velasco. La ironía es que Castillo no era, en cuanto a reformas, ni la sombra de Velasco. La ventaja para la derecha es que mientras Velasco producía miedo, Castillo llamaba al desprecio.

El cuadro de un gobierno de izquierdas acosado por las derechas confederadas y peruvianamente esclavistas ha empezado a cambiar.

Las imágenes de un Castillo noctámbulo que recibe en una sucursal impropia de Palacio a la personera de una empresa que luego gana una licitación de 232 millones de soles ya no corresponden a las del telúrico arador con bueyes que nos vendieron.

Peor se pone el asunto si entendemos que la empresa que llegó segunda a la buena pro de aquella lid pertenecía, en parte, al mismo señor que era participante decisivo de la vencedora. Nos referimos al señor Marco Antonio Pasapera, a quien “El Comercio” sindica como fundador de “Termirex” y “Corporación Imaginación”, firmas que integraban los dos consorcios competidores. ¿Todo estaba amarrado? Parece que sí.

Más sospechas despierta el hecho de que el presidente del Comité de Selección de Provías, Miguel Espinoza Torres, se opuso en actas a la adjudicación argumentando sólidas razones técnicas. Los otros dos miembros no le hicieron caso y aceptaron que Consorcio Puente Tarata III obtuviera la obra.

El colega Ángel Páez, de “La República”, ha añadido un dato feroz: el hermano de Marco Antonio Pasapera es Luis Pasapera, que también es accionista de “Termirex”, la empresa que es la columna vertebral del consorcio favorecido. Y resulta que Luis Pasapera es el colaborador eficaz que confesó haberle entregado dos millones cien mil soles al condenado e izquierdista exgobernador de Cajamarca Gregorio Santos. La coima se dio para que Santos le entregara una obra de 70 millones de soles a la constructora brasileña Aterpa, con la que Luis Pasapera se había asociado.

Más sombras aún: el confeso coimeador Luis Pasapera –por eso se libró de la cárcel– fue quien, el 13 de septiembre pasado, ingresó a Provías en compañía de Karelim López Arredondo, lobista del Consorcio Puente Tarata III y visitadora frecuente, en Palacio o en Breña, del presidente de la república.

Apesta tanto el tema de la filial breñera del poder que Essalud ha despedido sin honores al funcionario que visitó a Castillo y se hizo pasar por otra persona cuando un periodista le preguntó por aquella reunión.

Y ahora resulta que Bruno Pacheco, el de los 20,000 dólares en las proximidades de un inodoro, tiene plata de más y se revela que un chofer asignado al presidente fue quien le depositó 20,000 soles.

¿Qué podemos pensar entonces del Aeródromo Regional de Orcotuna (Junín), una obra de 830 millones de soles que los expertos consideran superflua y que el gobierno del señor Castillo ha declarado “de interés nacional”, tal como lo apunta el periodista Junior Meza en “Perú21”?

Hay una izquierda melancólica que vive de los recuerdos del Che en Angola y quisiera para los peruanos el uniforme de la grisura y la pobreza impuesta por una fe que le debe tanto a Marx como a San Francisco de Asís.

Hay una izquierda hematofílica, de holocausto y purificación, que volvería a hacer lo que el monstruo Guzmán hizo en los 80.

Pero hay también una izquierda rapaz que sueña con presupuestos grandiosos, concursos arreglados y amigos dispuestos a entregar una comisión.

Ya no hay dudas: Pedro Castillo no piensa en el Che en África ni, felizmente, en repetir alguna experiencia apocalíptica. Castillo debe tener como referente a Gregorio Santos. “No más pobres en un país rico” no era un lema electoral. Era un propósito personal.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°568, del 03/12/2021  p12

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