Madres de Mayo y de Huamanga

Ronald Gamarra

Este domingo se celebra el día de la madre y me parece adecuado personificar este homenaje en dos grupos de mujeres integrados por madres que han demostrado amor y coraje a toda prueba a lo largo de varias décadas de lucha ininterrumpida en las condiciones más adversas, venciendo el silencio, la marginación y la intimidación más brutal ejercida contra su impecable reclamo de justicia: las madres de Anfasep, en Huamanga, y las madres de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires.

Ambas son organizaciones fundadas, conducidas e integradas por mujeres, surgidas en tiempos en que la agencia femenina no era alentada ni bien vista (ahora tampoco lo es por completo). Son las madres de los desaparecidos en Ayacucho y en Argentina, de los hombres y mujeres que fueron chupados por los milicos, de los detenidos que fueron llevados a prisiones clandestinas. De aquellos que, oficialmente, nunca más se volvió a saber. Se trata de las víctimas del delito de desaparición forzada, declarado en el mundo como imperdonable crimen contra la humanidad.

Las madres se unieron para hacer frente a una práctica sistemática ajena a la democracia y enemiga de ella. En Ayacucho, se fueron conociendo a partir de sus insistentes gestiones sin respuesta alguna en los puestos militares y policiales, ante el cuartel Los Cabitos y frente a la jefatura político-militar del general Clemente Noel. En sus recorridos por los lugares apartados donde se abandonaba cuerpos reventados y sin identificación, a donde llegaban en busca de los restos amados de sus hijos, para rendirles el testimonio de su piedad maternal. También ante la frustrante indiferencia de quien entonces se desempeñaba como obispo de Huamanga, un tal Cipriani, y la indolencia y abdicación de fiscales y jueces.

Aparentemente estaban solas en el mundo, eran frágiles y se encontraban desprotegidas, y todo ello era cierto, pero tenían algo muy valioso: invencible fuerza moral. Tres mujeres dieron el primer paso para reunir a todas las demás que fueron llegando: las señoras Teodosia Cuya, Antonia Zaga y Angélica Mendoza, esta última recordada por siempre, cariñosamente, como Mama Angélica. La recuerdo ahora, digna, hablándole al “doctito” de aquel terrible 2 de julio, de la detención de Arquímedes, de la nota que su hijo le pudo alcanzar días después, de su lucha por encontrarlo. Aquellas madres que no sabían castellano, ni leer ni escribir, iniciaron su organización y sus reclamos ante las autoridades de todo nivel y laya, y a punta de amor y coraje terminaron por ponerlos moralmente contra la pared, a pesar de su inmenso poder.

En 1984, en pleno reino del terror senderista y antisubversivo en Ayacucho, las madres de Anfasep se atrevieron a marchar por las calles de Huamanga con los retratos de sus hijos e hijas desaparecidos, presididas por Mama Angélica, quien fiel a su devoción iba delante llevando una gran cruz en reclamo de vida y justicia. Se sumó a ellas, acompañándolas, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, argentino, héroe de la lucha contra las violaciones masivas de derechos humanos en su país.

Varios años antes, en Buenos Aires, donde reinaba la tiranía de una junta militar delincuencial y terrorista, las madres de las víctimas de desaparición forzada, cansadas de hacer gestiones desesperadas e infructuosas ante las autoridades, se pusieron de acuerdo para ir a la plaza principal de la capital, la Plaza de Mayo, y hacer un acto de presencia, silencioso pero demostrativo, frente a la sede del gobierno. Iban en pareja, de a dos, para eludir la prohibición de formar grupos de tres o más personas.

Eso ocurrió el 30 de abril de 1977 y fueron 14 las madres que participaron en aquella primera manifestación. Inicialmente las llamaron locas, las locas de la Plaza de Mayo, y ningún medio informaba sobre ellas hasta que su persistencia empezó a agrietar el cerco de indiferencia, temor y control. Más y más madres se fueron uniendo a esas demostraciones donde las mujeres llevaban un pañuelo blanco cubriéndoles el cabello. Era un silencio que no podía ser más clamoroso y arrinconó a la dictadura.

Muy pronto los delincuentes que detentaban el poder decidieron tomar medidas e infiltraron entre las madres, como un supuesto familiar de un desaparecido, a un oficial de marina, Alfredo Astiz. En diciembre de 1977, tres madres fundadoras y otras doce personas, incluidas dos monjas francesas que prestaban ayuda a las madres, fueron secuestradas y desaparecidas, torturadas y asesinadas, como se demostró judicialmente muchos años después.

El crimen no arredró a las Madres de la Plaza de Mayo y no pudo interrumpir sus manifestaciones, que más bien se hicieron más perseverantes, abiertas y desafiantes ante la dictadura militar terrorista. Como sabemos, los capitostes de aquella oprobiosa dictadura fueron finalmente expulsados de las fuerzas armadas con indignidad, degradados y sentenciados judicialmente a fuertes penas de prisión que incluyen la cadena perpetua.

Madres de Huamanga, de Ayacucho, al pie del orbe, y madres de la Plaza de Mayo, del mundo entero, en ustedes reside una reserva de integridad y amor, de coraje y sacrificio, que tanta falta nos hace hoy en nuestras sociedades sometidas a los arreglos de conveniencia y de intereses monetarios y de poder. Si realmente quisiéramos regenerar nuestras realidades lastradas de egoísmo, tendríamos en ustedes el ejemplo. Pero, tristemente, el tiempo pasa, ustedes se van despidiendo de esta vida, y solo nos quedan los oportunistas.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°585, del 06/05/2022  p20

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