Perú: La hija del dictador

Rocío Silva Santisteban

Hace tiempo quería retomar esta columna y esta es la oportunidad. Mañana 28 de julio de 2026 que se instala el segundo fujimorato no tenemos nada que celebrar y sí mucho por conmemorar: especialmente la memoria de las víctimas.

«Gobernaré como mi padre» ha dicho la hija del dictador en varias oportunidades y desde el movimiento de derechos humanos y los feminismos diversos debemos de calificar esas palabras como el pacto autoritario que la consagra como la representante de la fratría patriarcal asesina y corrupta, una fraternidad que en el Perú concibió al Grupo Colina como ejecutor del mandato de acallar, desaparecer, torturar, y asesinar a quienes se oponían a su voluntad incluyendo el descuartizamiento de sus propias agentes, Mariela Barreto, o las torturas contra otra de sus huestes, Leonor La Rosa.

Hay que asumir con toda su contundencia lo que implica un régimen de Keiko Fujimori después de 26 años de haber derrotado a su padre, Alberto, el dictador del autogolpe del 5 de abril de 1992, junto con Vladimiro Montesinos, manejando el Estado peruano a su capricho. La joven población que no ha vivido esa época de infamia y miedo debe conocer lo que implicó una autocracia organizada con la astucia del chantaje, las prebendas, el clientelismo y la vocación de barrer a la oposición como lo ha recordado su más preciado converso en los últimos días. Hoy somos oposición y se debe reconocer la sutil derrota —menos del 0.7% de los votos— como una crisis de los progresismos. La América Latina vira hacia la derecha —urge analizar por qué— no sin una oposición rotunda, fuerte, resistente y llena de vigor para sostenerse en estos años.

Precisamente quienes resistimos sabemos que no basta ser mujer para representar a las mujeres sino que se debe de tener plena conciencia de lo que implica la condición subalterna y la urgencia de luchar por la defensa de los derechos humanos de las mujeres, las niñas, los indígenas y la población LGTBIQ+. O la necesidad que ruge en las vísceras por buscar a los desaparecidos como han hecho durante años varias “antígonas” peruanas como Gisela Ortiz, Carmen Amaro, Marly Anzualdo o Killa Sotelo Camargo, hermanas de asesinados en La Cantuta, los sótanos del Servicio de Inteligencia del Ejército y en las calles del centro de Lima.

Una mujer que verdaderamente representa un cambio para las mujeres no niega a las miles de víctimas de esterilizaciones forzadas y premia a uno de los artífices de esa política de salud reproductiva, el médico Alejandro Aguinaga, con un puesto en el senado. En efecto, el ministro de salud que validó las anticoncepciones quirúrgicas de trescientas mil mujeres ahora continúa en la misma esfera de poder demostrando en los hechos que este gobierno será una emulación al del padre y una negación de sus crímenes de lesa humanidad.

Una mujer que de verdad representa a las mujeres no podría olvidar que reemplazó a su propia madre como Primera Dama en un gobierno que la silenció a través de torturas, cautiverio y alejándola de sus propios hijos por el solo hecho de denunciar corrupción al interior del gobierno.

Keiko nunca tuvo una palabra para pedirle perdón a la señora Rosa Rojas, madre de Javier Ríos Rojas, asesinado a los 8 años con una bala en la frente en el patio de su propia casa en Barrios Altos por el Grupo Colina. Al contrario, siempre negó esas acciones que finalmente fueron probadas en los tribunales con una sentencia firme que condenaba a Alberto Fujimori como autor mediato.

La hija del dictador como candidata a la presidencia a lo largo de los años se ha aliado a sectores ultra conservadores que sostienen la falacia de que el enfoque de género es una ideología desconociendo en concreto avances tan importantes para las mujeres como la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer – CEDAW o el Tratado de Belem do Pará y otros convenios internacionales que recogen a la teoría de género como una propuesta científica y académica. Keiko ha defendido a la “familia tradicional” (¿existe una familia tradicional?) y de esa manera ha desplazado el foco de los derechos civiles y políticos de las mujeres hacia el rol subalterno dentro de la estructura patriarcal.

“Gobernaré como mi padre” no solo reivindica una figura dictatorial sino que ella misma se instala en el poder como una figura subsidiaria del rol hegemónico del patriarca. Esta frase refuerza el rol tradicional de una mujer incluso con el poder de desarticular la precaria institucionalidad democrática copando al Tribunal Constitucional, a la Junta Nacional de Justicia, el Ministerio Público, y con sus aliadas, a la Defensoría del Pueblo. Su discurso tradicional patriarcal desdice de sus acciones y la correlación de fuerzas que organiza su propio partido, así como la forma en que encausa toda la cooptación de las instituciones hacia la proyección de su gobierno en el futuro.

Desde el movimiento de derechos humanos y los feminismos decoloniales, antifascistas, diversos y antipatriarcales rechazamos el liderazgo autócrata de una mujer como Keiko Fujimori y levantamos la voz a los sectores de mujeres organizadas para que se mantengan alertas y vigilantes en todos los rincones del país con el objetivo de evitar que el copamiento institucional se convierta en una dictadura con elecciones.

Fuente: https://kolumnaokupa.lamula.pe/2026/07/27/la-hija-del-dictador/rociosilva/

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