Perú: El insaciable

César Hildebrandt

Una vez casi muero por Mario Vargas Llosa. Caminaba como un sonámbulo por la avenida Brasil mientras leía a tumbos las primeras páginas de “La casa verde”, cuando crucé una esquina sin darme cuenta de que un auto estaba en mi trayecto. El chofer frenó a diez centímetros de mi esqueleto.

-¡Imbécil! –me gritó.

Yo anduve y seguí leyendo. No podía sacar los ojos de esas páginas.

Vargas Llosa era una de mis idolatrías literarias.

Cuando leí “La ciudad y los perros” todavía estaba en el colegio militar Leoncio Prado, de modo que las descripciones de ese escenario tenían un colorido especial y confirmatorio. Sí, allí estaba la cancha de fútbol, con sus tribunas hechas muñones. Sí, esa era “La perlita”, el puesto de golosinas y ricuras al que ibas cuando tenías plata. Y sí, esa era la piscina y esa era “La atlántida”, el pabellón sombrío que “el Jaguar” manda allanar para obtener la copia de un examen. Pero, sobre todo, allí estaban, clonados, como si fueran imitación de la novela, Cava, Alberto, el Esclavo. El colegio se había convertido en una novela. Las letras eran más convincentes que la espada.

Con “La casa verde”, en cambio, conocí la selva del Perú y anduve en los barrios mangaches donde los Inconquistables hacían de las suyas. Amé a Lalita como Anselmo y hubiera querido curarle las heridas a Jum. Y siempre que viajé al nororiente de mi país, años después, creí ver en una calle asfixiada, en un pequepeque que tosía, a Fushía, el misterioso japonés de la novela.

Pero lo que más sorprendía al lector todavía juvenil que era yo, era cómo retorcía Vargas Llosa los tiempos y cosía los diálogos y nos sumergía de modo imperativo en sus tramas. Era un mago y yo era parte de un público cautivo.

“Conversación en la catedral” fueron palabras mayores. Es el fresco social más logrado sobre la sociedad peruana y su vigencia está invicta. La frivolidad, la decadencia, las puses de la desigualdad, el blindaje de las élites, todo está allí. “Conversación en la catedral” no es sólo una gran novela: son los “Comentarios Reales” del Perú contemporáneo.

Mi primera relación con Vargas Llosa data de 1971, cuando lo entrevisté por teléfono para “Caretas”. Estaba en Barcelona y me habló, con indignación, de Heberto Padilla, el poeta cubano que había sido obligado a hablar pestes y mentiras de sí mismo después de haber sido detenido por la policía política de Castro. Ese era el tema de la entrevista solicitada y ese fue el gran asunto que partió las aguas entre los admiradores de la revolución cubana. O se aceptaba que la autoabominación de corte estalinista era un método de reinserción y aprendizaje socialista o, sencillamente, se condenaba la intolerancia y la supresión absoluta de la libertad. Vargas Llosa, como muchos otros, optó por lo segundo.

El problema para el novelista es que no sólo rompió con la sovietización de la revolución cubana. De algún modo, lenta e inexorablemente, fue contrayendo los argumentos de la otra orilla, el catecismo del liberalismo, las coartadas del sistema mundial de dominio. Fue un proceso que terminaría con este enorme personaje convertido en un propagandista del occidente encarnado por la señora Thatcher y el señor Reagan. Fue como si un monje benedictino colgara las sotanas para poner un sex shop.

Aun así, el autor de estas líneas, admirador incondicional del novelista, puso un granito de arena en la fracasada campaña de 1990. Vargas Llosa lo reconoce explícitamente en su autobiografía (“El pez en el agua”) y yo me siento orgulloso de haber tratado de evitar que el Apra enlodada pusiera al chinito inventado por García en la presidencia. Nos equivocamos notoriamente. El chinito reunía requisitos irresistibles para buena parte de nuestro electorado: era taimado, inescrupuloso, prometedor compulsivo.

Después de ese desastre tuve que irme a España porque Nicanor González y Mauricio Arbulú, los endeudados y aparentes dueños de Canal 4, me echaron del canal y Fujimori, personalmente, amenazó a todos mis potenciales empleadores. Recuerdo que una de mis primeras noches en Madrid, Vargas Llosa nos invitó, junto con Jaime Bayly, a una cena magnífica. Allí nos agradeció lo que habíamos hecho por él. No habíamos hecho nada, en realidad, excepto contribuir a su derrota.

Siguieron los libros –los buenos, los regulares y los malos–, los artículos en “El País”, los premios de toda índole, la cola interminable de la fama. Hasta que en el 2010, a la edad de 74 años, llegó el merecido Nobel, por el que tanto había luchado. El Nobel que García Márquez había recibido en 1982. El Nobel que pudo obtener cuando un miembro de la academia sueca con derecho a veto tuvo el buen gusto de morirse. El Nobel de los insomnios, en suma, el Nobel de la angustia y la sed, el Nobel que Sartre (¡ese maldito irrepetible!) no quiso recibir.

Después de esa coronación orgásmica, Vargas Llosa, que ya no necesitaba matizar ni disimular, fue, cada día más, el abogado mundial del neoliberalismo. Fue el Tirant lo Blanc de la Unión Europea, los intereses de la derecha latinoamericana, los valores más rancios de la quietud social. Fue el caballero combatiente de todas las causas que flameaban la libertad como excusa y escondían el dinero como propósito. Se reconcilió con el mundo tal como es y adquirió la felicidad de la resignación. Tan estoico llegó a ser que su última orden a los peruanos fue votar por Keiko Fujimori.

Y siguió anhelando honores, cetros, tiaras, tronos que no necesitaba. Como si siempre le faltara algo: un don negado, un reconocimiento adicional, una luz redundante.

A Mario Vargas Llosa no lo quiso su padre. Se habían conocido cuando el futuro escritor tenía diez años y era un niño mimado por su madre y sus abuelos. De pronto, como un meteorito desastroso, apareció este hombre rudo y primario, conservador hasta el tuétano, que metió al adolescente Vargas Llosa en el colegio militar que lo haría hombre y no escritor. ¿De esos años de miedo viene la inseguridad de Vargas Llosa, su insaciabilidad, su condición de tragaldabas de laureles?

Lo que más temo es que Ernesto Vargas Maldonado, el padre, debe haber mirado con orgullo, desde algún lugar del purgatorio, el más que innecesario ingreso, espada en mano, de su hijo a la Academia Francesa, esa tribu que el cardenal Richelieu fundó en 1635 para que los franceses creyeran que sólo ellos podrían decretar la inmortalidad.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 622 año 13, del 10/02/2023,  p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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