Perú: Seis meses

César Hildebrandt

Seis meses después, Dina Boluarte sigue allí.

No está sola. La acompañan, en marcha hacia ninguna parte, un primer ministro que hace el ridículo internacionalmente, un Congreso que es madriguera de delincuentes, un TC ratizado, una Fiscalía de la Nación que comparte el lecho palaciego y unos partidos políticos que supuran.

La siguen, como corte de los milagros, la ministra de salud, perseguida por una nube de mosquitos, y la ministra de cultura, que dice estar feliz con la purga hecha en Canal 7 y anexos.

La persiguen a la presidenta las encuestas demoledoras, las pancartas que claman maldiciones, el código penal que anuncia su futuro, los aimaras de las banderas negras. Y se le aparecen, por la noche, algunos de los muertos de Huamanga y Juliaca, los baleados sin nombre de aquellos días en los que un equipo asesor le dijo que el fuego era lo único que apagaría las protestas.

Pero lo que más cerca tiene la presidenta es esa nube gris que nubla su pendiente, esa atmósfera de mediocridad ágrafa y levemente alfabeta que le marca el paso y el discurso. No importa el tema: si la señora Boluarte lo toca, parecerá irrelevante, marginal, sonsito. Del cerebro de la señora Boluarte no salen argumentos sino mecanismos de defensa, fugas de tondero, elusiones, vaguedades mal dichas y acompañadas de ademanes de velada escolar.

Este es el gobierno reactivo que combate el dengue cuando ya se disparó y acude donde las aguas salieron de madre cuando las cosechas ya se perdieron y piensa en qué va a hacer mientras el hampa, la doméstica y la importada por Kuczynski, ha tomado los suburbios de Lima y ha corrompido a jueces y fiscales.

Es el gobierno que vive de la inercia. La economía, por ejemplo, sigue su curso ajena a los destrozos de la política y el BCR, gracias a Velarde, mantiene sus prácticas de cautela y prevención. No hay un auténtico ministro de economía, pero los daños no son severos porque los automatismos nos sacan del apuro. Es cierto que la inflación es alta y que técnicamente hemos entrado en recesión (van dos trimestres consecutivos de caída de la producción e incremento del desempleo), pero hay allí factores nativos y foráneos que sería injusto atribuirle a este gobierno.

El de Boluarte es el régimen que ha cumplido seis meses y que parece que hubiese asumido ayer. Si algún adulón de la prensa reconcentrada quisiera halagarlo, ¿qué logros podría enumerar, qué primeras piedras contaría, qué correcciones a entuertos previos enlistaría? Por el contrario, estos seis meses han servido para consolidar la hegemonía indiscutible de un congreso dominado por lo peor de la derecha más bruta y achorada. La derecha del callejón de un solo canon, con almirantes de aguas servidas a la cabeza y el fujimorismo moviéndolo todo, ha desmantelado la reforma universitaria, corrompido el Tribunal Constitucional, tergiversado la Defensoría del Pueblo y arremetido contra la autonomía de los procuradores. Les falta arrasar con el sistema electoral, pero eso es algo en lo que están trabajando intensamente. La señora Boluarte es la madre de un monstruo: el parlamentarismo no constitucional, la unión de partidos como Podemos, Renovación Popular y Fuerza Popular para la construcción de un régimen asimétrico en el que el congreso dicta el rumbo de un gobierno cuya única meta es durar. La voluntad de Boluarte y los suyos es viral: un gobierno sin vida propia que es huésped de una célula infectada. Se trata de la política como una extensión de la enfermedad.

Es lo que nos ha tocado. Es, al fin y al cabo, lo que nos dejó la izquierda degenerada de Pedro Castillo y sus pájaros fruteros.

¡Qué izquierda infame hemos tenido! Cuando el estalinismo ya había matado lo suficiente como para merecer alguna reprobación moral, aquí la izquierda miraba hacia otro lado. Cuando Cuba fue devorada por el estilo estalinista, aquí la izquierda decía que Heberto Padilla había dicho la verdad en su obligada autoabominación.

Y entonces llegó Sendero y mandó parar. Fui testigo asombrado de cómo un sector considerable de la izquierda peruana se negó a condenar los métodos y fines del senderismo y los cachivaches doctrinarios de su líder Abimael Guzmán. El marxismo mutante de alias Presidente Gonzalo nos condujo, como por un tubo de Sedapal, al caudillo de la normalización a cualquier costo: Alberto Fujimori. De la barbarie de la izquierda vino el desquite de la derecha sin ley.

Muchos años después, luego de esa caperucita roja llamada Verónika y las aventuras de cubanófilos gobernadores regionales interesados en fondos públicos, llegó Pedro Castillo.

Era como si Paco Yunque hubiese regresado montado en un corcel de votos, como si Garabombo se hubiera hecho visible, como si Rosendo Maqui ganara el juicio eterno que siempre perdía. ¡Era una gran oportunidad!

Castillo, en el fondo cabal representación de una izquierda iletrada, sindicalera y pragmática, no vio ante sí la historia ni el compromiso. Lo que vio fueron fajos de billete, sarrateas y salatieles, gentuza que compraba “El Peruano” para ver nombramientos, venganzas de bolsillo.

Gracias a Castillo y a la izquierda cuatrera es que el gobierno de la triste y cándida Boluarte no es el peor de las últimas décadas. No olvidaremos eso.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 639 año 14, del 09/06/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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