Perú: Ser congresista es lo máximo

Juan Manuel Robles

Se comenta mucho que las personas decentes —profesionales de bien— ya no tienen motivación para entrar en la política. Pues haríamos bien en encontrarles una, la que sea, porque los rufianes, en cambio, tienen todo el estímulo del mundo. Qué ganas le ponen. Se toman la meta tan en serio: tienen esmero, empuje, casi diríamos que los moviliza una retorcida forma de amor. Amor por su sueño. Ser político. Ser congresista. No es solo el salario, que ya de por sí es maravilloso, con bonos que cubren combustible y viajes y glotonerías. Ser congresista es también —sobre todo— un deporte divertido que te cambia la vida, un espaldarazo inmejorable para una existencia dedicada al emprendimiento, o a la evasión, o al crimen (o a una mezcla tornadiza de las tres cosas, que es lo normal cuando hablamos de muchos hombres de negocios en el Perú). Siempre ha existido el lobby: beneficiar intereses de un sector a cambio de una tajada. O legislar pensando en el futuro (la puerta giratoria). Pero ahora hemos dado un salto cualitativo (un salto descarado). El congresista vota por una ley que lo libra de un juicio… ¡en curso! Como un hechizo, como magia negra, sus acciones en la curul petrifican a los jueces que estaban por sentenciarlo.

Cómo no va a ser atractiva para tantos señores grises tal posibilidad de vida. Cómo no van a pensar, esos hombrecitos, que es algo anhelable ser hackers del sistema y alterar a discreción qué se puede y qué no, infiltrarse en el código de la Matrix y convertir un callejón sin salida en una autopista sin límite de velocidad. Cómo no desear reírte último —y mejor— de todos tus enemigos.

En mayo de este año, el congresista Alejandro Soto votó a favor de la ley 31751, que acorta el tiempo de prescripción de ciertos delitos (o más precisamente, limita los plazos de la suspensión de la prescripción). La ley lo beneficiaba directamente pues el hombre había sido denunciado por estafa y el proceso continuaba (el fiscal pedía ocho años de prisión para él). Así que, ni bien se promulgó, sus abogados se apuraron a pedirle al juez acogerse a la norma. La sala accedió y el congresista pudo zafarse del tema y dejar tirando cintura a sus denunciantes. Quien presentó el proyecto original fue Flavio Cruz, que, por supuesto, jura que no tiene nada que ver con Soto. “Yo solo pensaba en el ciudadano común”, ha dicho ante un Jaime Chincha tieso de tanta suspicacia.

Por desgracia, en el momento que se presentó la norma nadie detectó que un insospechado beneficiario estaba en el hemiciclo, apoyándola con su voto. Nadie dijo nada. No es culpa de la prensa independiente, que hace su trabajo y que constantemente nos advierte de conflictos de intereses y otras tropelías. Soto había pasado piola porque su turbiedad es la del congresista promedio (es materialmente imposible chequearlos a todos). Pero resulta que el mes pasado salió electo como nuevo presidente del Congreso, y los reflectores se pusieron sobre él.

El nuevo presidente del Parlamento tenía más de cincuenta carpetas fiscales de investigaciones abiertas. ¡Un procesado por estafa había llegado al alto cargo! ¿Sorpresa? Ninguna. Normal, nomás. Eso es a lo que nos ha acostumbrado este Congreso. Es parte de su poder abusivo, estar conformado por señores dudosos y que tengamos que aceptarlo.

Entonces uno se da cuenta de que esa es, pues, la motivación para llegar al parlamento. Que cuando estás allí, suceden cosas increíbles. Como un peón que llega a la última fila del tablero de ajedrez y se convierte en reina: ahora puede hacer leyes que lo salvan y lo vuelven poderoso. Pero no, en realidad es peor. Este es un ajedrez chicha puñalero. El peón llega a la meta y, con los aliados adecuados, cambia las reglas, agrega casillas al tablero, duplica las piezas, crea obstáculos antojadizos a sus adversarios.

El Congreso ha perdido todo decoro. Es el resultado, en parte, de la falta de escrúpulos mostrada por el fujimorismo perdedor, desde 2016. La degeneración de este poder del Estado es tal que reclamar un mínimo de decencia, o algo elemental como que un congresista no pueda promover una norma en beneficio propio, suena naif e irreal.

Hoy el Congreso es una institución donde todo puede pasar y todo puede cambiarse, y por eso estos hombres aman haber llegado allí y relatan el logro con cariño. Están motivados. Podrían perfectamente dar charlas de orientación vocacional en quinto de media. Exhibirían más brillo en los ojos que otros, de seguro. ¿Se imaginan? Un hombre cuenta que estaba casi en la ruina, lleno de juicios, y con un dinero guardado compró su candidatura en un partido, encontró un lema efectivo, aceitó a media docena de periodistas locales, inventó un jingle con ayuda de un primo, recorrió las villas miseria y así llegó a la curul donde hizo lo necesario para asegurar la felicidad y deshacerse de ciertos obstáculos. El relato termina en un desayuno caliente, en el momento divino en que llega “El Peruano” con olor a tinta y las esperadas palabras impresas: “LEY QUE MODIFICA EL CÓDIGO PENAL…”. Llámenlo orgullo, si quieren.

Y aunque parece que lo de Soto es ya mucho roche, y no podrá salirse con la suya —eso le pasa por no mantener el perfil bajo—, lo normal es prevalecer haciendo modificaciones siniestras, cambios constitucionales negociados, intervenciones en el futuro para asegurar los negocios. En verdad, ser congresista es lo máximo.

Me queda por preguntarme: ¿Con qué enfrentamos esa motivación que hace que esos señores mueran por entrar en política? ¿Es una guerra perdida? Me consta que hay congresistas a los que no les importa el dinero ni el poder ni el lobby. Pero ¿cómo hacemos para que ese entusiasmo se contagie? ¿O no es un entusiasmo real? ¿O hemos perdido la capacidad de sentir ambición por hacer las cosas bien, por el servicio público? Son preguntas abiertas y tal vez urgentes. Hoy los malos son los que saben mejor lo que quieren. Y vienen más (por más).

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 648 año 14, del 11/08/2023, p14

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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