Matar la verdad, además de palestinos

Isabella Arria

En la prensa escrita o digital, así como en las plataformas de redes sociales, la mayoría basadas en Estados Unidos o en sus aliados, se oculta que la situación actual en Medio Oriente es producto de la histórica violación por parte de Tel Aviv de todas las resoluciones de Naciones Unidas que lo conminan a permitir la existencia de los palestinos, de su política de exterminio y del cierre de cualquier salida negociada a los diferendos en torno a las tierras donde en 1948 se impuso el Estado de Israel.

“Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios. Ninguna tiene la honestidad de confesar: Yo mato para robar», señalaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

La Cumbre para la Paz celebrada el sábado último en Egipto -con la participación de 34 países y organismos internacionales- cerró sin una declaración final conjunta. Constató el respaldo a la solución de los dos Estados para el conflicto entre Israel y Hamás, y mostró las diferencias entre el mundo árabe y Occidente. No hubo declaración final pese a la sintonía en muchos temas, por el rechazo europeo a responsabilizar a Israel de la muerte de civiles y a exigir un alto el fuego.

Mientras los jefes de Estado y Gobierno no se ponían de acuerdo, Gaza recibía este sábado la primera y ansiada entrada de ayuda humanitaria desde la escalada del conflicto el pasado 7 de octubre. El paso de Rafah se abrió finalmente para la entrada de escasos 20 camiones de ayuda humanitaria -insuficiente para las necesidades de la población- con comida enlatada, medicamentos, agua, mantas, colchones y ataúdes.

La verdad, primera víctima

Por la Europa occidental dizque defensora de la democracia y las libertades avanza el fantasma de la censura. Los países supuestamente democráticos cercenan la difusión de opiniones disidentes: primero a través de ese invento llamado delitos de odio, convertido en auténtico caballo de Troya de la censura y últimamente bajo el ambiguo paraguas de la lucha contra la desinformación, señala Joaquín Urias.

En los momentos de crisis se acentúa. Medidas que hace unos años parecían imposibles, como la prohibición ideológica de medios de comunicación, de manifestaciones o hasta de novelas, son una realidad que los europeos han incorporado a su vida cotidiana, sobre todo tras la guerra de Ucrania.

El conflicto en Medio Oriente ha vuelto a desnudar la hipocresía de las grandes potencias occidentales, cuyos gobernantes y magnates se arrogan la facultad de dictar al resto del planeta cómo conducir sus asuntos internos, así como de extender o retirar certificaciones en materia de respeto a los derechos humanos, mientras asesinan a la libertad de expresión para proteger los intereses de sus cómplices.

Hoy en el llamado mundo occidental, cuando se habla del conflicto palestino-israelí, se requiere un enorme valor y un inquebrantable compromiso ético para decir la verdad. En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios internacionales de las altas finanzas, votados por nadie?, preguntaba Galeano.

Rafael Poch señala que la impunidad que los cómplices occidentales brindaron a Israel durante décadas convirtió a sus dirigentes en estúpidos además de criminales. Los tres principales países europeos, Reino Unido, Francia y Alemania se han declarado, junto a Estados Unidos e Italia, “unidos y coordinados para garantizar que Israel pueda defenderse”.

Esos tres países fueron primero responsables del colonialismo judío en Palestina. El Reino Unido por la declaración de Balfour de 1917 prometiendo un hogar al sionismo en tierras que había que quitar a otros. Alemania por el Holocausto, que, lógicamente, precipitó posteriormente el éxodo masivo hacia aquellas tierras. Francia, por su complicidad en la detención, deportación y eliminación de judíos mediante el colaboracionismo de su gobierno con Hitler.

Esos mismos países fueron a continuación responsables por pasividad del incumplimiento de un acuerdo de paz alcanzado en 1993 en Oslo por el que los palestinos renunciaron a la lucha armada –un recurso legítimo contra el ocupante–, a cambio de la formación, en el plazo de cinco años, de su Estado en Gaza y Cisjordania, según las resoluciones de la ONU.

A estas alturas las operaciones bélicas de Tel Aviv no tienen nada que ver con su derecho a la autodefensa ni con el combate a grupos extremistas, sino con una limpieza étnica y un genocidio contra el pueblo palestino, mientras gobiernos y corporaciones de Occidente censuran cualquier crítica a la política del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, así como todo llamado a la solidaridad con las víctimas.

La organización Save the Children denunció que cada 15 minutos un menor de edad muere en Gaza por culpa de los bombardeos indiscriminados que lleva a cabo Israel, por lo que los niños representan un tercio del total de muertes en el enclave palestino. Al mismo tiempo, el ejército israelí advierte públicamente que no tiene ninguna intención de respetar los hospitales y amenaza con destruir el de Al Quds, como ya hizo con el nosocomio cristiano de Al-Ahli, donde fueron masacradas más de 500 personas. Pese a esto y muchas otras.

Los grandes medios de comunicación occidentales reforzaron la narrativa que desvía cualquier culpa de Israel y hace pasar como verdugos a los millones de palestinos asesinados, o a los que subsisten apiñados en campos de refugiados o encerrados en la franja de Gaza, y que en Cisjordania cada día se encuentran sometidos a controles draconianos, además de sufrir el riesgo constante de ser expulsados de sus hogares por la construcción de nuevos asentamientos ilegales para israelíes ultranacionalistas.

En Europa, en las últimas dos semana, toda figura pública que expresara algún asomo de crítica hacia la matanza que tiene lugar en Gaza fue castigada con el rompimiento de vínculos laborales o contractuales por parte de empleadores, socios o patrocinadores; censura lisa y llana, como en los regímenes totalitarios.

La prensa europea denuncia, asimismo, que la asfixia económica y el ostracismo alcanzan a deportistas, miembros del mundo del espectáculo e incluso a la comunidad cultural, presunto baluarte de las libertades de las que presume Occidente. La Feria Internacional del Libro de Fráncfort suspendió la entrega del Premio LiBeraturpreis a la escritora palestina Adania Shibli en plena solidaridad con Israel, una atrocidad que fue criticada por 600 autores y editores.

Alemania, el Reino Unido y Francia prohibieron manifestaciones de apoyo a Palestina, mientras Estados Unidos ha detenido a centenares de personas por participar en protestas contra lo que algunos integrantes de la propia comunidad judeoestadounidense califican de genocidio.

Sin prohibiciones formales, los gobiernos europeos, supuestamente democráticos, están encontrando resquicios que -en la práctica- les permiten imponer tal uniformidad de pensamiento. La atención internacional se ha desplazado de la guerra de Ucrania al conflicto en Medio Oriente. Al mismo tiempo, el desgano se extiende entre los partidarios occidentales de Kiev. ¿Se está abandonando al país europeo?

Quieren apoyar a Ucrania «mientras sea necesario». Eso es lo que ha dicho el presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Eso es también lo que dice el comunicado final de la reciente cumbre de la OTAN. Y es también la promesa del canciller alemán Olaf Scholz.

Los vientos en EEUU respecto al apoyo a Ucrania ya habían cambiado antes de la reciente crisis. Hay «competencia por la atención y los recursos. No es que los actores importantes dejen ahora de apoyar a Ucrania, pero la prioridad cambiará. La solidaridad con Ucrania también se está desmoronando en Europa.

El Gobierno polaco amenazó temporalmente con recortar la ayuda armamentística debido al enfado por las importaciones baratas de grano ucraniano. En Eslovaquia, hasta ahora también un gran aliado de Ucrania, el ganador de las elecciones, Robert Fico, dijo durante la campaña electoral que bajo su liderazgo el país no suministraría «ni un tiro de munición». Hungría nunca ha participado en las sanciones contra Rusia.

Refugiados

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Medio Oriente (Unrwa) elevó a 1,4 millones la cantidad de personas desplazadas por los bombardeos contra la Franja de Gaza lanzados por Israel de un total de 2,3 millones de habitantes .

En la actualidad, 544.000 personas están refugiadas en las instalaciones de la agencia en el enclave que tiene en total unos 2,4 millones de habitantes, privados de agua, electricidad y combustible por el asedio israelí.

El filósofo Ariel Feldman señala que «El sionismo es una ideología política nacionalista con menos de 200 años de existencia, mientras el judaísmo es una religión, una cultura para algunos, una nación, una comunidad para otros, que data de varios siglos de existencia. (…) No justifico la aberración del atentado, sí explico el marco en esta especie de teoría de los dos demonios. Hamas es un producto del proceso de putrefacción del proceso colonial de Israel”.

Tras la Cumbre de la Paz en Egipto, Israel se sigue preparando para la ofensiva terrestre en Gaza, bajo la atenta mirada de Hizbulá, otros movimientos islámicos y varios países árabes de la zona, listos a intervenir si ésta se produce. Aprovechando la guerra en Gaza, se escenifica en la zona una guerra de baja intensidad de Turquía de la que nadie habla, con bombardeos masivos contra el Kurdistán sirio.

Isabella Arria. Periodista chilena residenciada en Europa, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

Foto: CLAE – Autor de la imagen: El Roto

Fuente: https://estrategia.la/2023/10/22/matar-la-verdad-ademas-de-palestinos/

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