Perú: Gracias, congresista

César Hildebrandt

El congresista Juan Carlos Lizarzaburu, miembro de esa organización llamada Fuerza Popular, habla de las tetas de una colega y no se da cuenta de que tiene el micro abierto. Dice que la colega (Patricia Juárez) se pone rellenos en el sostén, como otras, porque las tiene chiquitas y porque él ya la ha “mirado bien”.

Todos oyen el comentario idiota vertido literalmente en el seno de la subcomisión de acusaciones constitucionales, pero la sesión no se suspende. Y esto que la preside una mujer: Lady Camones. Ella está acostumbrada al machismo hirsuto de su patrón, César Acuña.

En el congreso de los delincuentes, Lizarzaburu nos ha hecho un favor: ha retratado en pocas palabras el antro donde medra, el basural donde babea, la filial de la covacha donde calcula el volumen de las mamas que luego ranquea. Nos hace recordar aquella escena de la película basada en el megaestafador Bernie Madoff: el empleado de más confianza del oscuro inversor compara las vaginas de las asistentes con marcas de automóviles y nombra desde la modesta chica Honda hasta la suntuosa señorita Mercedes. Todo un asco.

No le basta al congreso de los delincuentes darse gratificaciones de saqueo y provocar al país con leyes que alientan el crimen, destruyen las reformas sanadoras y pretenden el control absoluto del Estado. A eso deben sumar la procacidad.

No nos sorprendamos: quien milita en Fuerza Popular y finge que hace política cuando lo único que le interesa es exprimir el presupuesto, tiene que ser alguien capaz de adivinar la naturaleza del pezón que tiene al frente. Una cosa va con otra. No hay fineza posible en un cortesano de madame K. En el antiguo testamento, después del diluvio universal de neoliberalismo caído en modo estalactita, el patriarca Fujimori encerró a su esposa con una soldadura, la maltrató públicamente, le desconoció una deuda que había admitido por escrito y luego la reemplazó, como primera dama, con su hija. La señora Higuchi jamás se recuperó de ese episodio.

Le agradezco al señor Lizarzaburu el trabajo realizado y bendigo al micrófono abierto que nos permitió escucharlo. Si algo faltaba para completar el retrato de lo que es el congreso, eso era la observación del fujimorista Lizarzaburu sobre la sobria tetamenta de una compañera de bancada.

Si Lizarzaburu es lo que hemos oído, es lícito imaginar el nivel de quienes lo llevaron al asiento donde se desparrama. Pensemos en grande: si el congreso de delincuentes que tenemos está allí es porque millones de cómplices activos votaron por esos nombres, esas caras, esos prontuarios. ¿Muchos de esos votantes sabían quiénes eran sus elegidos? No tengo la menor duda. Es más: estoy seguro de que los auparon al congreso porque eran lo suficientemente sórdidos como para prestarse a favores, canjes, cabildeos con truco y recompensa. ¿Hubo ingenuos que creyeron en las listas de lavandería de los aspirantes a congresistas? Tampoco lo dudo. Pero entre tramposos que votaron por sus semejantes y cándidos que creyeron en truhanes, ¿qué queda de la mentada democracia? Nada. O muy poco.

La democracia es un sistema que imaginó a un pueblo informado votando por los mejores. La democracia es, en ese sentido, darwinismo puro, meritocracia de multitudes. Pero esa es la teoría, la narrativa heroica, el mito.

En el Perú la democracia está basada en el rugido y la creencia. Rugen los eslóganes, reverberan las voces viejas de las monsergas, y escuchan y creen los que se acostumbraron a la humillación.

“Miente, pero habla bonito”, dicen. “Roba, pero hace obra”, gimen. Venimos sucesivamente de una teocracia totalitaria, de un virreinato abusivo, de una república plagada de arbitrariedades y matanzas.

¿Cuándo aprendimos que la democracia es una construcción cultural y no una fecha de votación en el calendario? Nunca. ¿Aprenderemos alguna vez? No tengo la menor idea. El congreso es lo que hicimos en las urnas de votación. Es nuestro vómito.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 666 año 14, del 15/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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