Perú: Revivir criminales

Juan Manuel Robles

Y finalmente, Alberto Fujimori salió en libertad. Lo hizo saltándose —cómo no— el orden legal. Yo quiero que, en estos días, cada vez que vean a algún político, opinólogo, alcalde, cantante, periodista o estrella chismosa de la televisión basura celebrar la libertad del delincuente, a viva voz y hasta con retrato glorioso, piensen que hay peruanos que son detenidos y enmarrocados todos los días, porque se les ocurre hacer lo mismo (y eso que lo hacen con mucho menos descaro).

Sí, esos peruanos enmarrocados, procesados —y muchas veces presos—, han hecho algo similar. Similar en mal gusto, en lo ofensivo que resulta para las víctimas. Han realzado, en sus actividades de proselitismo político, comunicación o de adoctrinamiento, a líderes oscuros que en el pasado congregaron a seguidores, militantes y acólitos —porque tenían algún carisma—, pero resultaron asesinos que ordenaron matanzas y ejecuciones (y por eso fueron capturados y apresados). Lo hicieron sin firmar papel ni decir palabra, por supuesto: las estructuras criminales funcionan así, sin que el capo tenga que molestarse. Se llama autoría mediata.

Esos peruanos, que alaban a esos sujetos, son enmarrocados y enjuiciados porque en el Perú está prohibida por ley la apología al terrorismo. Es una ley discutible pero tiene lógica. Se basa en el principio de que realzar ciertos rostros, homenajear a ciertos personajes y banderas es abrir la puerta para que retornen ideas y métodos que provocaron un perjuicio incalculable al país. Es una ley que llama a no tropezar con la misma piedra, a actuar ante el primer amago para que la pradera no se nos incendie. Es también una forma de memoria coactiva: si ya se te olvidó lo que hizo el sujeto al que realzas en pancarta, un tombo te lo hace recordar tumbando la puerta de tu casa en plena noche.

A pesar de los posibles excesos —he hablado más de una vez aquí del caso de la obra teatral La Cautiva— en el Perú hay consenso sobre la idoneidad de la ley de apología. Yo mismo, un día sí y un día no, estoy se acuerdo, o solía estarlo. Digo: siempre es bueno cerrar puertas allí donde la pedagogía de la historia no llegó. Sociedades muy civilizadas practican la censura, que funciona muy bien contra los amnésicos y los imbéciles.

Pero luego de ver lo que ha ocurrido esta semana no sé qué pensar.

Porque toda esa gente que se llena la boca diciendo que no se debe dar un milímetro a los que reivindican los emblemas de la muerte y reviven en sus afiches a cabecillas presos, que incluso presionan para que los condenados por terrorismo que cumplen sus penas se queden más tiempo (de manera ilegal); todos esos que impiden que un condenado por subversión —aun por alguna complicidad menor— pueda trabajar y reinsertarse en la sociedad; todos los que nos venden la idea de que cualquier acto de compasión es una debilidad que conduce a la impunidad, todos ellos, digo, hoy no se oponen cuando sale Alberto Fujimori.

De hecho, no es solo que no condenen la decisión de liberar a Fujimori contraviniendo una orden de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Podrían dejar que la liberación ocurra y ya, guardando silencio, con la discreción del caso. Pero no.

Lo que hacen es celebrar, alegrarse públicamente, compartir su júbilo en las redes sociales incluyendo la foto del criminal. Revelan que el Chino estuvo en su corazón y que es hora de olvidar. Lo que hacen, en resumen, es apología.

Por supuesto, pueden hacerlo sin que vengan a enmarrocarlos —como hacen con tantos otros peruanos— porque no existe apología al terrorismo cuando se trata de terrorismo de Estado. Pero al margen de las leyes y el privilegio, asombra que gente que supuestamente defiende la legalidad y la vida —y se opone a las masacres que mataron a “hermanos peruanos”— no tenga ni siquiera el menor respeto por las víctimas de Fujimori en esta hora terrible. Están desatados y ebrios.

Qué lejos ha quedado ese tiempo en que la derecha parecía compartir el consenso político del rechazo al presidente que encabezó una mafia que se dedicó a robar y a asesinar; esos tiempos en que esos señores hablaban de defender el modelo económico pero condenando el pasado vergonzante que no debía retornar. Qué lejanas se ven esas palabras de condena (tal vez eran falsas).

Hoy la derecha vieja se junta con los jóvenes retoños y avanzan en una comparsa sin pudor. Lo hecho por Fujimori importa poco (detalles y cosas que, pues, ya fueron). Han decidido tomar la liberación como una victoria ideológica. A falta de líderes reales, a falta de “Mileis” peruanos, desde ahora usarán al sátrapa como ícono simbólico. Convertirán un indulto patético en la prueba de que Fujimori actuó bien. Será su emblema para resucitar propuestas de radicalización.

Por supuesto, esta utilización va a tono con el régimen actual. Fujimori libre sirve, ahora más que nunca, para infundir miedo. Es una provocación deliberada: nos dicen que avalan al delincuente indultado porque avalan sus métodos y porque podrían volver a utilizarlos.

Revivir criminales, volverlos a poner en la arena política para atemorizar a los enemigos, es una de las estrategias que tratan de evitar las leyes de apología. En el Perú, claramente, la ley que tenemos procuró ese objetivo con unas organizaciones criminales pero con otras no. Ni por asomo.

La próxima vez que vean que alguien pierde su trabajo por haber firmado un planillón de Movadef doce años atrás (o sea, por haber estado en favor de la amnistía de algunos criminales viejos), piensen en todos los que en estos días aplauden y festejan, con total tranquilidad, la impunidad consumada.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 665 año 14, del 08/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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