Perú: Dictaduras organizadoras

César Hildebrandt

“Maestros con ideologías violentistas serán cesados”, festeja una columnista en “El Comercio”.

Y en otras publicaciones y redes una turba de inquisidores aplaude la ley que el gobierno ha proferido y que permite el despido de quienes esparzan en las aulas “doctrinas que no respeten la Constitución”.

¿Qué diablos es respetar la Constitución?

Es suscribir a pie juntillas el catecismo neoliberal con el que la dictadura del hombre que quiso ser senador japonés nos metió en un calabozo. Y así estamos desde 1993: en el Estado del malestar. En el mundo donde Rutas de Lima puede decir, con todo derecho “constitucional”, que el poder judicial ha violado la ley al prohibir uno de sus peajes. Porque –Fujimori dixit– “los contratos son leyes”. En el mundo donde una pandemia como la del COVID nos agarra del pescuezo con menos de cien camas de cuidados intensivos. En el mundo donde los monopolios actúan alegremente y los oligopolios afilan sus dientes para ascender hasta tener el dominio completo del mercado. En el mundo en el que los sindicatos pertenecen al pasado y hemos hecho crecer cuatro veces el PBI pero seguimos teniendo 30% de pobreza y 75% de informalidad.

La Constitución surgida del golpe de estado de 1992 es, por esencia, irrespetable. Censurarla, zarandearla, exigir su cambio es demostrar estar vivo y seguir pensando. ¿Quieren Boluarte y Otárola que los maestros sean escuderos de una Constitución que creó este modelo económico profundamente estúpido?

Seguro. Ambos son súbditos de este sistema, escuderos episódicos de este proyecto que conduce al fracaso social y a la polarización política.

Al mismo tiempo, un congresista especialmente primario demanda la restitución de los jueces sin rostro. Es el modo criollo de ser bukelista, fan de ese presidente salvatrucho que ha impuesto “el orden” zurrándose en la ley y creando un poder absoluto que hubiera excitado a José Santos Chocano, el poeta peruano que amaba “las dictaduras organizadoras”.

¿Jueces sin rostro? ¡Cómo no! Los asustados de siempre los quieren de vuelta. Y al lado de ellos, testigos también encapuchados, nombrados por códigos y declarando ante fiscales igualmente anónimos. Al final, abogados que no pueden ejercer defensas, sentencias secretas, cárceles modelos. El sudaquismo en su esencia: el desespero por la inseguridad y el pensamiento mágico como alivio. La realidad, sin embargo, ha demostrado hasta la saciedad que los populismos autoritarios tienen vocación de quedarse: los remedios aspiran a ser tratamientos de por vida. La vanidad de los caudillos y los laboratorios farmacológicos actúan de la misma manera.

Este gobierno ha matado a 50 personas y no hay nadie en la cárcel por ese crimen. ¿Esa fue la cuota inicial del bukelismo que algunos desean para el Perú?

Los que sueñan con Bukele lo que quieren, desde un inconsciente descarado, es el retorno de Fujimori.

En 1990 un país en profunda crisis apeló a un hombre sin escrúpulos democráticos (y de ninguna otra índole) para reconstruirse. Ese país era el Perú. El hombre que fue capaz de sacarnos del abismo fue también capaz de sumergirnos en un abismo de purulencia que hasta ahora infecta nuestra sangre, nuestras instituciones, nuestra memoria.

¿Valió la pena el experimento? Por supuesto que no. El país que Fujimori hizo a su imagen y semejanza es el que no puede librarse de su legado, el de los presidentes sucesivos, el de los derrotados que no admiten su derrota, el del Congreso plagado de hampones, el de las instituciones en ruina. Fujimori no reconstruyó el país sino que lo armó con piezas de nuestro peor pasado. Fujimori fue como si metiéramos en una licuadora a Mariano Ignacio Prado y José Rufino Echenique e hiciéramos con ellos un zumo exquisito de deméritos. Tendríamos que añadirle, claro, una onza de sake y unas cáscaras del peor leguiismo.

La pesadilla de la inseguridad ciudadana puede llevarnos a soñar con el atajo de un monarca absoluto. Y hay gente, en efecto, que está dispuesta a renunciar a las libertades esenciales con tal de vivir en paz. Pero eso también pensaban, en 1948, los checoslovacos que no dijeron mucho cuando el Partido Comunista dio un golpe de estado e implantó la unánime serenidad que amaba tanto Stalin.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 672 año 14, del 09/02/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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