Perú: Descaro

Juan Manuel Robles

Hay algo que ha conseguido este gobierno a un nivel que no se había dado desde Fujimori y Montesinos: el descaro absoluto, impuesto a la fuerza. Por veinte años, los presidentes han conocido límites para actuar en público. Toledo, García y Humala tuvieron que retroceder, corregir, recular frente a escándalos de corrupción y denuncias periodísticas. Aclarar cosas, decir verdades incómodas. Hicieron lo necesario para no quedar expuestos y, más importante, no ser responsables directos (por lo menos hasta el final de sus mandatos). PPK y los que siguieron la tuvieron aún más difícil: gobernaron muy maniatados por un congreso hostil, autoritario, que vio la vacancia como un arma posible. Así llegamos a Pedro Castillo, boicoteado desde el primer día, con infiltrados en la escolta presidencial, en TV Perú y en los altos mandos militares. Castillo, básicamente, no gobernó nunca, pues hasta colocar ministros y comprar carne para Palacio eran actos que provocaban el cargamontón de la prensa hegemónica.

De pronto, es Dina Boluarte, la sucesora constitucional del presidente electo, quien logra la magia de gobernar con un blindaje indestructible, nunca visto en este siglo, que incluye un descaro con ribetes montesinistas (recordemos las conferencias en que Fujimori y sus secuaces negaban la realidad, con algún montaje burdo que, caballero, teníamos que creernos). La mandataria nos saca la lengua a discreción, y eso quedó claro esta semana. Porque no se confundan. Lo de los Rolex (que algunos, equivocadamente, vimos como la simple posesión de bienes de lujo) era solo la punta del iceberg. El escándalo que protagoniza Dina Boluarte ha provocado una investigación por enriquecimiento ilícito, y es el más grande y grosero de un presidente en ejercicio desde Fujimori (quien, para los olvidadizos, fue el séptimo presidente más corrupto del planeta).

Y por supuesto, no es normal. No es normal que se encuentre la magnitud de ingresos que se le ha hallado a Boluarte y no pase nada. No es normal que no exista, en este momento, una discusión nacional sobre cómo vacar a la mandataria. Los medios hegemónicos, los congresistas y los gremios poderosos nos han demostrado, hace poquito nomás, lo que se puede hacer cuando se quiere que un presidente deje de serlo. Comunicados a página entera. Declaraciones. Tuits. Portadas, presión para la renuncia. Así lo hicieron con Castillo. Pero miren cómo son las cosas. El expresidente tenía acusaciones que en ningún caso lo involucraron directamente (algunas de ellas, bastante risibles). Que en este momento no exista una reacción similar no solo demuestra una tremenda hipocresía, sino también un plan desagradable.

Se trata de un pacto infame contra la voluntad de los peruanos, que en este momento no tienen ninguna razón para apoyar a una presidenta involucrada en hechos turbios, una mujer cuya desaprobación ya superaba el 90% antes del escándalo. Dina Boluarte se mantiene en ese puesto porque así lo quieren el congreso, los gremios empresariales y los militares. A ellos les ha dado la gana de que siga, han decidido que su continuidad es necesaria para la estabilidad del país.

No era la “moral” lo que les importaba, como nos decían cuando llamaban a sacar a Castillo. Se quitaron la careta, pero no les importa. El mismo grupo de gente que estaba dispuesta a crear el gran montaje del fraude para imponer a la candidata perdedora, hoy impone que Dina siga tranquila. Y ella, que ha demostrado que es capaz de pasar del pánico a la altanería en un parpadeo, sigue en lo suyo, campechana y desafiante. La única fuerza oponible que queda ahora es la Fiscalía. Pero quién sabe por cuanto tiempo.

Queda la pregunta: ¿Boluarte es sólida con este apoyo de congresistas, empresarios y militares? ¿Para seguir tranquila solo le hace falta aguantar dos años derramando cinismo, como bien sabe?

No lo sé. El Perú es un país golpeado, en medio de una crisis económica y de seguridad. Esta última se percibe como la que más crece, los ciudadanos se sienten impotentes e indefensos frente al crimen. En este contexto, la presidenta del Perú es una mujer con ingresos desproporcionados que configuran un probable enriquecimiento ilícito. Siempre he creído que es muy burdo pensar que el contraste entre los objetos de lujo de un mandatario y la pobreza del pueblo generan tensión o resquemor. En cambio, sí creo que hay algo muy potente en que, en un momento donde campean criminales y extorsionadores que arruinan la paz, tu presidenta sea alguien a quien le rompen la puerta de la casa para buscar evidencias de delitos. Sí: tenemos una presidenta buscada por la Policía. Y a diferencia de Castillo, aquí no hay nada que inventar o exagerar: las pruebas son físicas y son de dominio público.

Constituye una imagen poderosa, casi violenta: dinero subrepticio en transferencias bancarias que se revelan de pronto. Y repito: es una presidenta en ejercicio. ¿Realmente decían que la forma de hablar de Castillo era una vergüenza internacional? Déjenme reírme. Lo que está ocurriendo sí es un roche que nos coloca en el mapa. Ningún país se lo merece, y no lo queremos. Pero la presentación de militares en Palacio nos dice que debemos aceptar esta situación, porque si no ya sabemos lo que pueden hacer nuestros valientes soldados. Como Montesinos, es la violencia de un relato que se impone de arriba abajo: o te lo crees o te lo crees, pues nosotros seguiremos aquí. Pero cuidado. Ocurre también que un día el pueblo reacciona, y resulta que nunca les creyeron nada: solo estaban cargando energías.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 680 año 14, del 05/04/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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