Perú: Destino manifiesto

César Hildebrandt

Cuando el Perú vuelva a ser un país, la delincuente que ahora nos gobierna será juzgada y sentenciada. Pasará en prisión lo que una judicatura desinfectada decida. Y su lista de crímenes será enumerada prolijamente a la hora del fallo: responsabilidad crucial en el asesinato de 49 peruanos que se manifestaban en contra de su gobierno, enriquecimiento ilícito a costa del dinero público, cohecho, obstrucción de la justicia, falseamiento de declaraciones juradas, lavado de dinero, incremento del presupuesto del gobierno de Ayacucho como contraprestación a los sobornos recibidos. Si a eso añadimos la deshonra de la institución presidencial, la vergüenza que produce verla y escucharla, el espanto que suscita su miseria moral y su capacidad para mentir, tendremos el cuadro completo.

Cuando el Perú vuelva a ser un país, el Congreso del hampa tendrá que rendir cuentas. ¿Cuántos de sus forajidos y forajidas pasarán por el procesamiento penal por haber sido lobistas pagados del crimen en sus diversas modalidades? ¿Cuántos de sus mochasueldos, de los autores de leyes con nombre propio, de los financiados por la minería ilegal tendrán que sentarse en el banquillo? Ojalá que sean todos los que deban estar allí. Y ojalá que se les obligue a devolver lo que robaron.

Cuando el Perú deje de ser este país malparido que se resigna, las calles volverán a ser el plebiscito, la democracia andante, la libertad que se reclama (y recupera) a gritos.

Y tendremos que ganar. No hay opción. O es eso o aceptamos que somos menos que siervos de un gobierno dirigido por el lumpen.

Porque digámoslo de una vez: no es que este sea un régimen de izquierda o derecha, de tal o cual marca ideológica, de tal o cual tendencia. Este es un régimen-basura invicto de ideas, castrado de doctrina, vacío de toda esperanza.

Este no es un gobierno: es una banda a la deriva. De Fujimori podía decirse que era un ladrón y un asesino y, al mismo tiempo, que tenía un shogunato en la cabeza, un modelo autoritario y conservador que defender, una cierta política fiscal, un modo prebendario de entender la economía.

Alias presidenta de la república carece de todo propósito. Vive el día a día en la dulce neblina de su frivolidad y sabe que quienes la blindan son semejantes suyos: carne de presidio.

Cuando este sea un país adecentado, la derecha ladrona y balbuceante se asustará otra vez. Y la izquierda, borrada hoy del mapa, se aparecerá de nuevo con su cara de Adán cornudo. Si triunfa la gente, no habrá que agradecerles ni a la derecha ni a la izquierda. Le agradeceremos a nuestra capacidad de sentir asco, de levantarnos como en el himno que nos quitó un ladrón, de decirle no a la peste que nos persigue desde que fundamos la república.

El nuevo país que me imagino vendrá de la ira y tendrá que ser un ejercicio de la higiene. Vendrá de las provincias maltratadas por Lima y por sus gobernadores indignos. Vendrá de una fatiga de 200 años y de un fracaso igual de viejo. Tendrá que ser también una opción que huya de los radicalismos fáciles y reúna a la gente alrededor de una gran causa revolucionaria: la de la limpieza en la gestión pública. Necesitamos un Bolívar (me refiero al jabón), una cruzada nacional de pulcritud, un aguacero de lejía que caiga como maná del cielo. ¡Necesitamos dejar de oler a cagarruta!

Escucho a esta señora que finge gobernar y me digo: ¿qué fue lo que hicimos tan mal?

La respuesta es sencilla: muchas cosas. Entre ellas, está la principal: permitimos que la picaresca, que es una vocación nacional, lo impregnara todo.

El resultado es este país donde a la gente se la quiere obligar a acatar la inmundicia. Tenemos que salir al balcón y lanzar la nueva proclama de la independencia. Necesitamos un San Martín (me refiero al jabón).

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 681 año 14, del 12/04/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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