Perú: La debilidad

César Hildebrandt

Juan Reynoso no es un entrenador de fútbol sino, más bien, un intérprete del criollismo.

Obtuvo el cargo por el favor compinchero de alguien parecido a él, no sabe lo que hace y encima lo hace mal, gana una millonada que jamás mereció y ahora negocia una salida ventajosa que le asegure el futuro: un criollo perfecto, un peruanazo.

Pero Reynoso no es el problema. El grande y crónico asunto es que tras Reynoso se esconde parte de nuestra identidad de ventajistas al acecho.

Un país que se pregunta en qué momento se jodió y no se pone de acuerdo en qué respuesta dar, está aquejado de un mal difícil de describir.

Los peruanos nacimos de un malentendido: no queríamos liberarnos de España y San Martín nos entendió a la perfección. Fuimos remolones en sumarnos al ideal de la independencia y más tarde idealizamos el imperio de los incas quizás porque también se trataba de una realeza gobernando en pleno absolutismo.

Una debilidad servil nos ha llevado a tolerar lo que otras sociedades habrían rechazado de plano. Llamamos Protector a San Martín, Dictador omnímodo a Bolívar y luego asistimos al carrusel de milicos que creyeron, con razón, que en el país sin clases dominantes constructoras lo que prevalecería serían las armas humeantes y los propósitos aviesos. Un miserable como Agustín Gamarra fue uno de nuestros héroes de tercera.

La debilidad: el ADN de una melancolía que trabó nuestra historia, que nos distinguió tempranamente para mal, que nos preparó para la humillación. Lord Cochrane olió esa debilidad desde la proa de sus raterías.

El siglo XIX peruano fue la acumulación sedimentaria de miserias humanas, pillerías y fracasos. ¿Por qué no tuvimos un Portales? Porque el carácter no nos alcanzó para eso. Tuvimos, en cambio, varios Echeniques y millones de pesos salidos de una fuente decidora de fortunas: mierda de aves.

Después vino don Jorge Basadre y sentenció: no seamos tan radicales, no todo fue tan malo. Pero todo había sido horrible –con excepción de Grau, Bolognesi y Cáceres– y el Perú mutilado y saqueado era una prueba de ello.

Al civilismo, que era la derecha más ilustrada aunque inútil, se le opuso Piérola, que era el fiasco y la deshonestidad en persona. Y cuando Cáceres llegó al poder olvidó a la cholería y se portó como cualquier hacendado de su natal Ayacucho.

La debilidad nos marca. Soportamos estoicos a Leguía, que era un matón con ínfulas de vendedor de seguros, hasta que volvimos a acudir, en mancha, a un cachaco bravucón fuete en mano. Después de eso, asistimos complacidos al veto que las fuerzas armadas ejercieron sobre el Apra, que habría tomado la Bastilla y quizá hubiese dado el salto que necesitábamos.

Pero no. La derecha, las fuerzas del orden, el ejército del inmovilismo nos dieron a Benavides, a Prado, a Odría. El líder de las clases medias de los años 50 fue Belaunde Terry, que inventó lo del Perú como doctrina y demostró en el gobierno (dos veces) que sólo había una cosa más amada que su propia figura: la capacidad de dudar.

La debilidad ha sido nuestro confort, nuestra trémula certeza. Permitimos, entre otras cosas, que un ciudadano japonés indigno nos empujara a puntapiés y corrupción al neoliberalismo más primitivo y no fuimos capaces de echarlo ni siquiera cuando vimos a su secuaz sobornar a un congresista de la hechiza oposición. El sujeto renunció por fax y lo hizo desde el Japón, su país de origen.

Aplaudimos, años atrás, la involución restauradora de Morales Bermúdez y nos complacimos, desde la cobardía del anonimato, cuando alguien dinamitó la tumba de Velasco Alvarado. La derecha nos había conquistado.

Y ha sido la derecha la que nos niebla el ánimo desde sus televisiones y pergaminos: Friedman no se discute, carajo, la Constitución del golpismo reaccionario no se toca, carajo, el Mercado se escribe con mayúsculas.

La debilidad explica que toleremos al gobierno del hampa que tenemos y que las calles estén vacías cuando este régimen ilegítimo nos devuelve a los años 90 de la náusea, arrasa con las pocas reformas logradas en los últimos años, ensucia la Fiscalía, hace de vientre sobre el Tribunal Constitucional, emascula a la Defensoría del Pueblo, organiza como camorra al Congreso y permite que una delincuente como Keiko Fujimori tome la última palabra en las votaciones parlamentarias.

Ya no les basta a los granujas que gobiernan permitir que el fujimorismo perdedor asuma de facto un poder ilegal que debería llamar a la insurrección. Ahora aspiran al caos. No se entiende de otro modo el decreto que acaban de dar devolviendo a las calles a miles de delincuentes e impidiendo que la cárcel sea efectiva para otros miles de condenados. Dicen que hacen esto para deshacinar las cárceles.

En vez de construir los presidios que un país plagado de violencia delictiva necesita, el gobierno del detritus político decide que hay que liberar a presos condenados y dejar de sentenciar con prisión efectiva a quienes merezcan penas de hasta diez años. La escoria social está de plácemes. Por fin llegó al gobierno. La bazofia criminal que llegó de Venezuela también celebra. La debilidad del Perú tiene una nueva imagen: la de Carita en Palacio, Tirifilo en el Congreso, Tatán en la Fiscalía y el Tren de Aragua en todas partes. Quizás, por fin, hayamos tocado fondo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 663 año 14, del 24/11/2023  p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*