Perú: Periodistas vendidos

Juan Manuel Robles

Venderse les cambia la cara a los periodistas. No tengo pruebas pero tampoco dudas, lo he visto demasiadas veces en conocidos del medio (algunos, más que conocidos). Y no, no es solo el tránsito de la juventud a la madurez física (que por lo general coincide con el momento de la venta). Son ciertos músculos que se hacen más tensos (para la cara dura), la mirada que se torna esquiva, huidiza, el cuello rígido de tanto aprender a no mirar atrás, la bemba caída, sin fe. Es una transformación del cuerpo que, por supuesto, afecta mucho más a aquellos que tuvieron ideales, principios, independencia y talento.

Venderse convierte el talento, que prometió tanto, en una luz fea y oscilante.

Negocios son negocios, dicen sin hablar; y como no pueden decirlo en voz alta, algo se hincha por dentro, algo se pudre, algo se desordena en las facciones, como rostro en un grabado de Goya (cuando duerme la razón). La mirada a la defensiva: como si te dijeran “sé lo que estás pensando”. Ya perdieron el pudor pero saben que algunos —algunas— recordamos cómo eran antes, antes de pasarse al lado oscuro. Es un “sé lo que hiciste el verano pasado” pero al revés. La vergüenza absurda de encontrarte con alguien que puede dar fe de que fuiste, hace mucho tiempo, un periodista limpio.

Cuando te interesaba más la verdad que la plata.

Creo que la primera vez que vi esa metamorfosis fue cuando, muy joven, supe de Guillermo Thorndike. Yo lo había leído y me enamoré de su prosa, por supuesto. Me dije que quería escribir así, me convencí con sus textos de que los adjetivos no son un adorno impreciso y vago sino estacas de sentido. Pero todo eso era “antes”, me advertían, ya no es el mismo. Y un día, lo vi en una entrevista. Entonces observé por primera vez ese rostro. Acabado, acribillado, un despojo sin luz, sin alma. No, no era solo la vida y sus excesos. “Lo que pasa es que se volvió un mercenario”, me explicó un maestro de crónicas. De hecho, era peor. Thorndike había terminado trabajando para la maquinaria noticiosa de Vladimiro Montesinos: desinformación y propaganda de la peor calaña, noticias sesgadas y terruqueo contra la oposición a Fujimori. Todo había comenzado —supe— años antes, cuando el señor empezó a hacer libros según quien pagara más.

En esos años, me tocaría ver a varios otros periodistas vendidos al montesinismo. Qué espectáculo penoso, que terrible era, en algunos casos, saber que dilapidaron carreras brillantes de esa forma. Y recuerdo siempre esa transformación en sus rostros: el gesto cínico que perfeccionaba el arte de relativizar todo. Esa liviandad pretendida que los hacía más pesados, ese coolness falso que los volvía tan insoportables. No hay nada más terrible que un maestro que decidió tomar el plato de lentejas y pierde mágicamente toda estampa.

Quienes pusieron en evidencia a esos señores, a esos periodistas vendidos, fueron periodistas íntegros, jóvenes, que luchaban contra la mafia de Fujimori desde sus espacios (y posibilidades). Lo curioso y terrible es que algunos de esos hombres de prensa terminaron, veinte años después, sirviendo a los remanentes fujimoristas, defendiendo a la organización y normalizando su existencia en la política, todo por un poco de dinero.

Y una vez más, puedo ver esa metamorfosis horrorosa que no es por la vejez. El cacharro. Supongo que uno no puede volverse un terruquero y lavador de Keiko sin que la cara pague pato. Uno no puede transformarse en un mercenario que dice “caviar” como insulto (a gente que defiende exactamente lo que uno defendía años atrás) sin que se afecte la carita, de tan tiesa. Lo peor no es eso: lo peor es que cambiarían de causa si las circunstancias ($$) cambiaran.

Como en el viejo fujimorismo, a veces la justificación de la conducta de estos periodistas es simple: lo insoportable que resulta la pobreza, lo intolerable que es vivir con necesidades económicas que ya no estaban en el panorama. El aburguesamiento que crea dependencia, el barrio alcanzado del que por ningún motivo se puede pensar en abandonar. La familia que mantener. Los padres viejitos.

Yo antes creía en esas “razones”. Ahora no.

Ahora creo que, como en otros alquileres del cuerpo, tiene que haber un gusto. Una vocación escondida. Un don de ofrecerse.

—¿Sus servicios incluyen terruqueo a los enemigos?

—Por supuesto.

Una vez, uno de estos señores vendidos dijo que no hacía prensa escrita porque pagaban muy poco y para dedicarse a eso tendría que buscarse un trabajo extra de “docente universitario” para sobrevivir. Yo he sido docente. Para sobrevivir. Más que ofenderme, me dejó clara esa visión de la vida, ese adaptar los principios según conveniencia para que no te falte lo que crees que te corresponde. Para cojudos, los bomberos (y los periodistas íntegros).

Todo esto para decirles: ¿con qué cara se burlan de los periodistas decentes que piden, con total transparencia y dignidad, una contribución monetaria de su audiencia? ¿Qué les da risa? ¿Creen que algunos no ven como un acto deshonroso trabajar en un canal que difunde fake news? El mundo terrible en el que vivimos, se acabó la tensión editorial: los anunciantes dictan lo que dice el periodista y ya, no hay negociación.

Para los periodistas que se venden, es un simple tránsito, chamba es chamba y a reírnos de los enemigos del dueño, como sabemos hacerlo. Para los periodistas de verdad, esta situación es la soledad del artista ambulante, que hace lo que puede, lo mejor que puede, y luego pasa el sombrero. La calle está dura. Pero la cara no.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 662 año 14, del 17/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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