Hablando de odio

César Hildebrandt

Dicen que el odio es tóxico.

Eso no es cierto.

El odio es muchas veces necesario.

No es que lo recibamos con alegría, que lo acojamos con placer, que lo sintamos con agradecimiento, no.

Pero odiar el crimen, por ejemplo, es imprescindible.

El odio nos distancia de la peste y gracias al odio bien mantenido conservamos muchas veces la integridad.

Odiar lo que representó Nicolás de Piérola, uno de los más grandes enemigos involuntarios del Perú, nos sitúa en la lucidez. Y, sin embargo, odiar al civilismo, contra el que se levantó Piérola, es también, por si­metría, un acto de justicia. Piérola deshizo el Perú. El civilismo no pudo hacer un país. Y el civilismo de hoy se retrata en la agenda hegemónica de la derecha.

¿Cómo no odiar lo que nos hicieron los ejércitos de la noche de Sendero Luminoso?

El odio es un antídoto que nos preserva de la locura.

La locura es aceptar que hubo peruanos que se unieron a los chilenos para derrotar a la confederación peruano-boliviana que instauró Santa Cruz en 1836. La locura es creer que el militarismo posindependencia, corrupto en esencia, fue inexorable. Si las masas hubiesen odiado la sumisión, todos aquellos que lucían entorchados no habrían podido saquear el erario nacional como lo hicieron. Locura es, contemporánea­mente, creer que “la república aristocrática” existió de verdad, que Leguía fue un gran presidente y que Alan García merece ser perdonado porque se disparó en la sien. La locura nos ronda y llama para sumergimos en esa confusión, en ese medio pelo que todo lo vuelve niebla, indefinición, cobardía intelectual, media voz, sonrisita limeña, andar de gallina clueca.

“Hay que comprender”, exigen los historiadores. Pues bien, porque comprendo es que odio gran parte de nuestra historia y pongo en mi infierno personal a quienes, creo, se lo merecen. ¿Hay que comprender a Mariano Ignacio Prado, el hombre que siendo presidente y comandante supremo de nuestros ejércitos huyó del país después de que Grau fuese muerto y el sur fuese invadido a partir de Pisagua? Comprendo su cobardía, comprendo sus intereses crematísticos, sus inversiones en Chile, su amistad con la élite de Santiago, pero eso no me produce empatía alguna. Odiar a ese Prado fun­dador es un mecanismo de defensa si uno quiere seguir siendo peruano. Porque si uno aceptara que Prado nos representa como nación, ¿por qué entonces admira­mos a la gente de coraje que en esa misma guerra nos demostró que la derrota sería pasajera?

Allisan de Chazet dice en un libro que cuando guillotinaron a Robespierre una señora, que había visto morir a dos de sus hijos durante el Terror, demandó, en el momento en que la cabeza rodaba al cesto, que lo hicieran otra vez. Ese es, se diría, un odio enfermizo y un peso en el alma, ¿pero quién se atrevería a juzgar con severidad tamaña hipérbole de pasión revanchista?

Odiar a Hitler no cuesta nada, pero odiar a quienes hoy lo admiran, eso sí que es un dilema. ¿Debemos odiar a alguien por sus ideas? ¿Dije ideas? ¿Qué ideas se aprecian en “Mi lucha”? Ninguna, excepto la de la “grandeza de Alemania”, el papel supuestamente nefasto de los judíos y la injusticia del Tratado de Versalles. Y ese puñado de hipos nacionalistas y estrabismo ario nos llevó a la segunda guerra mundial y a la muerte de sesenta millones de personas. Los neonazis actuales citan a Hitler para sentirse marciales y ocultar sus racismos surtidos y su primitivismo mental. ¿No es un deber odiarlos?

Odiar a Pol Pot, aunque esté mil veces muerto, nos dignifica. Y odiar a Stalin, que mató simbólicamente a Marx y su sueño altruista, es un deber cívico. Del mismo modo que odiar los abusos del capitalismo, la dictadura del dinero, la podredumbre de las corporaciones, preserva el lado más soleado de nuestra conciencia.

¿Debemos comprender a Trump? ¿Qué hay que comprender en un hombre que podría, si el regreso al pasado fuera posible, caminar en taparrabos, de cueva en cueva, robando mujeres y trozos de mamut, sin siquiera mirar los animales que algunos profetas del arte pintaban sobre la roca? No hay nada que comprender. Trump es lo que la codicia da a luz cuando es preñada por la deshonestidad. Es la brutalización de una política imperial que no admite la rivalidad ni re­conoce las señas de su decadencia. Le profeso un odio acrisolado y sin remordimiento.

Odiar la incultura no nos hace cultos ni exquisitos ni privilegiados, pero qué agradable y risueño resulta. Escuchar al locutor de radio que patina en la barbarie, ver a la periodista que en la tele terquea en su estupidez, leer la protoprosa de algunos columnistas del diarismo nacional, resulta siempre estimulante. Y uno termina odiando a quienes concibieron un sistema que le permitió a Telesup, por ejemplo, reinar como universidad lucrativa durante mucho tiempo.

No necesitamos ser güelfos o gibelinos para odiar al Congreso actual, pero algún instinto de justicia nos dice que el problema no es aquel recinto donde alguna vez estuvo gente de mucho valor. El problema es que quienes han capturado el Congreso son el fujimorismo y la agonía (nada unamuniana) del Apra.

¿Odiar al fujimorismo supone un riesgo psiquiátrico? Eso es lo que quieren decimos algunos interesados. ¿Cómo odiar a quienes son mayoría en la sede de las leyes? -preguntan. El fascismo de Mussolini también era mayoría, así como la partidocracia que representaba al militarismo agresor en el Japón que invadió Manchuria. El problema es que con menos del 30% de los votos populares el fujimorismo, gracias al deforme sistema electoral peruano, se hizo con más del 60% de los asientos congresales.

Y el problema mayor es que el fujimorismo sigue siendo la mafia que evisceró las instituciones del país corrompiéndolo todo. Nunca, en toda nuestra historia, la vocación por el delito conoció de una metástasis como la que concibió el fujimorismo. Los chicos y chicas del milenio tienen que saber que en el esplendor del fujimorismo el Perú carecía de un poder judicial independiente, de una fiscalía que persiguiera a los malos, de una Contraloría que denunciase lo que era digno de escándalo, de un sistema electoral neutral y limpio, de un Tribunal Constitucional garantista, de unas fuerzas armadas ajenas al latrocinio. Fujimori fue el resumen de nuestras taras más intensas, el intérprete de lo peor que tenemos dentro. Con Fujimori fuimos una peste en América Latina. Y la prensa que lo adulaba era la que él mandaba hacer en el SIN, o la que aceitaba por lo bajo, o la que intimidaba desde el Ministerio Público. Eso es lo que las Bartra y las Beteta, pasando por los Mamani y los Tubino, quisieran restaurar.

¿Cómo no odiar una perspectiva de esta ralea? ¿Qué debemos comprender de quienes se sienten herederos del delirio autocrático y delictivo del señor Fujimori? que quieren enlodarnos, que quieren someternos, que quieren hundirnos en la miseria moral. Odiar ese ofrecimiento inmundo es para mí una urgencia, una vacuna, un aprendizaje -estoy robándole un título a Hinostroza- de la limpieza.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 459, 13/09/2019

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