Perú: El legado

César Hildebrandt

Alberto Fujimori quiere su pensión.

Como el hampa nos gobierna, la podría tener.

No importan sus crímenes, sus raterías, sus meadas sobre las instituciones, sus destrozos en la arquitectura de la separación de poderes: lo que importa es que el ladrón y asesino que hundió al Perú en la podredumbre le está pidiendo una pensión al Congreso que controla su hija y heredera.

Ese es el Perú que quiere entrar a la OCDE: un país enfermo donde no hay Estado ni orden ni justicia.

A Fujimori le dieron el indulto porque decía que se moría, ay, que se moría.

Ahora quiere chofer, secretaria y pensión jubilatoria.

No se la pide al Japón, el país de su corazón, sino al Perú, la pampa bonita de su experimento social. Se la pide al Perú, el país que despreció y del que se vengó convirtiéndolo en el campamento que es hoy.

Al solicitar ese privilegio, Fujimori intenta, otra vez, humillar al país que maltrató a los japoneses y a los descendientes de japoneses entre 1940 y el final de la segunda guerra mundial.

Alguna vez, en Tokio, hace mucho tiempo, un grupo de japoneses que habían vivido en Perú en esos años y que decidieron no regresar tras su deportación a los Estados Unidos me hablaron, con ojos furiosos, de aquellos vejámenes.

-Nunca nos pidieron disculpas –dijo el más airado. Yo no supe qué responder. Ni tenía por qué hacerlo.

Manuel Prado, en efecto, se portó muy mal con los japoneses y niseis que vivían en el Perú. Entre ellos estaba el padre de Fujimori, a quien le quitaron su taller de reparación de llantas y tuvo que buscárselas vendiendo flores y criando gallinas.

Fujimori convirtió esa memoria familiar en fuego lento. Ya llegaría la hora de la revancha.

Y llegó. El proyecto de Fujimori fue crear un populismo autoritario que vaciase el contenido republicano de nuestras instituciones. Aun si Sendero no hubiese existido, Fujimori habría encontrado la justificación para dar un golpe de Estado. Aun si la crisis dejada por García no hubiese tenido la característica terminal que tuvo, Fujimori habría encontrado la fórmula para someter a la población a un ajuste brutal que la pusiera al borde de la indigencia.

De lo que se trataba era de extender un miedo paralizante que demandara soluciones drásticas y convirtiese al presidente en todopoderoso, padre fundador, salvador de la patria. Fujimori fue el abuelo de Bukele.

Derrotar a Sendero y matar la hiperinflación fue la batalla táctica que Fujimori libró con gran éxito. No era algo tan difícil: Sendero había perdido la guerra en el campo, gracias a las fuerzas armadas y a la autodefensa rural, y tomaba decisiones cada vez más dementes en la capital, mientras que después de una inflación que tuvo picos de siete mil por ciento anuales la gente estaba dispuesta a cualquier sacrificio.

Esa fue la batalla táctica. La batalla estratégica de Fujimori venía del rencor y se la dictaba el inconsciente. Se trataba de vengarse del país que había convertido en florista forzada a su madre y en vendedor de huevos a su padre, el país que, antes, había traído japoneses como cortadores de cañas enganchados en contratos de semiesclavitud, el país que había quemado bodegas y peluquerías de japoneses que tiempo después aparecieron en campos de concentración de San Francisco, California.

Fue una revancha minuciosa, metódica. Fue la obra de un ingeniero calculista, de un buen profesor de matemáticas. Fue el desquite glacial de un hombre que no había olvidado y que encarnaba la amargura de todo un pueblo.

Consistió en lograr que el Perú desatase sus fuerzas más oscuras, sus potencialidades más siniestras, sus talentos menos estimables.

Al final de esa obra maestra del odio, quedaría un país sin partidos políticos, sin Estado, sin contrapesos democráticos, sin poder judicial neutral, sin prensa libre, sin Congreso opositor, sin Tribunal Constitucional, sin Contraloría, sin Fiscalía autónoma, sin organismos electorales confiables. Al final quedaría lo que hemos venido siendo, lo que somos: un país enmierdado donde pueden gobernar los que perdieron y en el que la derecha que sirvió al dictador pretende imponernos su narrativa y encadenarnos a sus fobias mafiosas.

¿Los peruanos podían ser taimados, oportunistas, ventajeros y pícaros? Pues Fujimori alentó esas taras y decretó que eran virtudes. ¿Los congresistas podían venderse? Pues Fujimori los compró. ¿Los medios electrónicos podían negociar su línea editorial? Pues Fujimori adquirió la mayor cantidad de bustos parlantes de nuestra historia. Y así, hasta la náusea. El Perú se vendió al martillo y las conciencias se compraron al susto.

Fujimori deshizo la república, produjo chusmas donde hubo ciudadanos, obligó a anuencias miserables a los jefes militares que Montesinos corrompía para luego poder chantajear. Estableció un país de voracidades en conflicto y creó el escenario perfecto de la desigualdad vitalicia y la concentración de la riqueza. Destruidas sus instituciones democráticas, el Perú adoptó el abismo de la arbitrariedad y la corrupción. El legado del fujimorismo es lo que estamos viviendo: presidencias sucesivas, cárceles a la espera, matanzas de vez en cuando, gentuza en el Congreso, leyes con nombre propio. Ni la Constitución de 1993 les merece respeto a los delincuentes que han dado un golpe de Estado y se sirven de Boluarte como fachada.

La venganza ha sido grande, colosal. El fujimorismo es el Godzilla serial que nos sigue asolando, que degradó las universidades, que maldijo la cultura, que adoró la ignorancia e imaginó para el Perú una dinastía tan interminable como degenerada. Hay peruanos que piensan que esto es lo que quizá nos merecemos. No estoy de acuerdo. Conservo un atisbo de esperanza.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 685 año 14, del 10/05/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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