Perú: El escaño será prontuario
Juan Manuel Robles
«No importa lo que prometan ahora. No importa que no tengan antecedentes delictivos»
Lo terrible de la actual crisis es la certeza de que el juego para la sucesión electoral —cuyas reglas han puesto los mismos monstruitos que hoy gobiernan— terminará en lo mismo, o en algo peor. Tenemos en el Perú una frase: tu envidia es mi progreso. Los congresistas creen que eso se aplica a ellos, pero no es verdad; no detestamos su prosperidad por envidia, sino porque esta coincide con nuestra ruina como país. Algo no cuadra. El país que nos duele, que se nos hace insoportable, que nos enferma y estresa, es, en cambio, un lugar lleno de oportunidades para ellos. La pasan bomba. Contestarían que el Perú es el país perfecto para ser feliz en las encuestas Best Place to Live. La tierra bendita en la que pueden ascender de un salto en la escala social, enriquecerse, pasar de empleados a terratenientes, cumplir sus sueños.
¿Cuándo se jodió el Perú? Nunca, responderán, el Perú es lo máximo.
Por eso el entusiasmo por el juego electoral es absurdo. Jugamos a que tenemos que juntar cierta cantidad de votos para cambiar las cosas, pero en realidad solo giramos el bolillero del bingo, afanosos, en la jarana que ellos controlan (la “fiesta de la democracia” a la que nos dejan entrar, después de catearnos, un domingo de abril cada cinco años).
He pensado en eso ahora que la campaña al Congreso empieza a tomar fuerza y aparecen un montón de caritas con su respectivo número. He pensado, como dicta el sentido común, que hay que evitar a los malos elementos y mirar a candidatos sin prontuario, escuchar qué dicen, qué proponen. Hay muchas caras nuevas a las que darles la oportunidad. Pero al hacer el ejercicio me ha asaltado una certeza fría: esto ya lo he vivido, ya lo he visto.
Como el personaje de la serie Dark que se sienta a contemplar lo inevitable, enloquecido y postrado de ver tantas veces cómo se repite la misma historia, y dice “va a suceder de nuevo” (peor, lo dice en alemán: “es wird wieder passieren”, para más drama y más locura). Así me siento, así nos sentimos. Ver un futuro terrible sin poder hacer nada para cambiarlo es una de las cosas más tristes que hay. Ser peruano consiste en adquirir esa indeseable habilidad.
Esta historia ya la vivimos. Cómo mirar a algún postulante empeñoso en el TikTok hablando de sus ideales y su vocación de cambio y no pensar en el joven candidato número 3 de Somos Perú que en 2021 dijo a la cámara: “postulo porque me cansé de ver un Congreso lleno de comepollos y robacables, porque me cansé de ver un Congreso que esté privilegiando intereses particulares sobre los intereses del país, porque quiero regenerar la política”. ¿Saben quién era? Adivinaron: José Jerí, presidente chifa, un gordito buena onda que aparecía con guantes de box golpeando un saco que llevaba escrita la palabra Corrupción. Su caso no es una excepción y nos avisa; las caretas de hoy, una vez más, esconden a los monstruos del mañana.
Cómo mirar a una candidata orgullosa del traje típico y la falda andina bien puesta, que defiende la justicia social y el cambio de raíz, y no pensar en la postulante del lápiz que dijo: “¡dame tu confianza, no te voy a defraudar!”, “lucharé por la Asamblea Constituyente” y hasta provocó histeria en las clases dominantes para luego traicionar al presidente al que juró lealtad, volviéndose la sirvienta de Keiko Fujimori y la responsable de más de 70 muertes. Cómo mirar a una candidata contestataria y evitar pensar que puede ser la próxima Dina. Parece increíble, pero esto ya lo vi: quien defiende los derechos humanos en un aviso de bajo presupuesto se puede volver la mayor violadora de derechos humanos del siglo (con presupuesto para Rolex).
Cómo ver a un candidato con su uniforme de obrero municipal, pura dignidad y símbolo de tesón, y no pensar que puede terminar como una Isabel Cortez cualquiera, que renuncia a todo eso y acepta las dádivas de la derecha y se deja condecorar, feliz, por Dina Boluarte. Cómo ver a un radical provocador sin poder sacarse de la cabeza que, tal vez, será un Guido Bellido mansito, que pacta por vocación y gusto, y se suma a la fila de los impresentables.
Cómo ver al profesional de renombre que triunfa en el extranjero y retorna para aportar sus conocimientos al Perú, “sin sesgos ideológicos”, y no pensar en el pobre diablo que decía: “en el mundo de la ciencia estamos acostumbrados a debatir, a encontrarnos desde polos opuestos y encontrar soluciones de consenso para los problemas”, para luego, como congresista, aliarse con la peor ultraderecha y dedicarse a la ciencia de la vacancia y el golpe blando, la conspiración sin evidencias. Cómo mirar a los que dicen ser “distintos”, de centro, técnicos, sin saber que en un parpadeo estarán en el extremo represor, ese que no se conmueve con los asesinados en protestas.
Cómo verlos a todos en sus videítos sin pensar —a la luz del pasado reciente— que se convertirán exactamente en aquello que juraron combatir, en pocos meses y sin ningún pudor.
Cuando alguien que conocemos empieza a formar parte de una organización turbia y semidelictiva, no pensamos: qué bueno, con él o ella esa organización se hará más limpia y honesta. Lo que pensamos es que ese elemento se corromperá y formará parte de la maquinaria. A menos que tenga convicciones y principios de acero, una razón para seguir, fuerza, esas cosas que no se ven en la hoja de vida, que solo se prueban en la cancha. Es lo que pasa y seguirá pasando en el Congreso, que ahora tendrá dos cámaras y 180 escaños codiciados.
El Congreso, poder del Estado y epicentro del pacto mafioso, es hoy un mastodonte voraz que tiene como fin supremo su propia expansión: el control total de todas las instituciones, para el bienestar de sus miembros. Varios de los individuos pintorescos que ven en estos días bailando en TikTok están a pocos meses de cambiar su vida y cumplir el sueño; pero al hacerlo, también serán soldados en la defensa de ese club exclusivo, que da privilegios demasiado grandes y jugosos (que pueden aumentar aprobando cosas en mancha, ajustando la Constitución, corrigiendo alguna ley orgánica). No importa lo que prometan ahora. No importa que no tengan antecedentes delictivos. El escaño será su prontuario.
Ay, cómo mirar esos rostros y evitar decir: va a suceder de nuevo. Cómo mirarlos y no pensar que alguno, tal vez, puede terminar con la banda presidencial puesta, desubicado y feliz.
22-01-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 766 año 16, del 23/01/2026
