Perú: Nelson Manrique (1947-2026)

Ronald Gamarra

«No fue incondicional de ningún fanatismo»

En una imperdible entrevista con Paulo Drinot, en el 2023, Nelson Manrique cuenta su vida y obra. Así me enteré que procedía de una familia humilde, que fue el último de los once hijos de la familia formada por un huancavelicano de la provincia de Lircay y una ayacuchana de la provincia de Huanta, y que ambos hablaban quechua como idioma materno y castellano como segundo idioma. De sus once hijos, cinco murieron en la infancia, reflejo de la alta tasa de mortalidad infantil en las zonas rurales del Perú, que hasta hoy se mantiene. Su padre entró a trabajar para compañías mineras, lo cual mejoró la situación socioeconómica de la familia, pero no fue suficiente. Finalmente, la familia emigró de Lircay a Huancayo, ciudad que experimentaba un importante crecimiento como centro de comercio y producción, gracias al auge que aportó la llegada del ferrocarril central. Y en Huancayo nació Nelson el último día de 1947.

En Huancayo, los Manrique dejaron de hablar en quechua y prohibieron a sus hijos hablarlo. La razón principal, como en el caso de innumerables familias de lengua quechua hasta el día de hoy, era el deseo de los padres de preservar a sus hijos de lo que ellos habían sufrido como integrantes de una cultura subordinada. En ese propósito, compartían el prejuicio infundado, pero profundamente arraigado, de que el quechua era un lastre a eliminar. Nelson Manrique sintió la añoranza de este idioma perdido, aunque nunca adquirido, y de la cultura asociada a él. Pero no había vuelta atrás. El niño Nelson creció en Huancayo y más tarde vino a hacer la universidad en Lima y el doctorado en París.

Nelson recordaba que desde muy pequeño tuvo la pasión por la lectura y el estudio, y que en algún momento accedió a libros de Verne, Dumas y Salgari, de los que gozó mucho. Reconocía que en Huancayo, entre los años 50 y 60, tuvo acceso a una educación pública de calidad muy superior a la que nos agobia desde hace décadas por su descuido y decadencia. Rememoraba una infancia bastante solitaria en la medida en que, siendo el más joven de los hermanos, lo separaba una considerable brecha de la edad de sus hermanos mayores. Terminada la secundaria, fue a Lima e ingresó a estudiar agronomía en la Universidad Nacional Agraria de La Molina.

El joven Nelson Manrique tenía sus propias historias familiares para venerar. Se enorgullecía profundamente de don Amador, partícipe de la insurrección de 1934, en la cual el partido aprista tomó la ciudad de Huancavelica, y aquel el ferrocarril Huancayo-Huancavelica. El movimiento fracasó al no seguirse la consigna en el resto del país. Manrique padre purgó carcelería por su audacia, pero nunca dejó de ser aprista hasta el final de su vida, aprista de los de antes. Nelson también admiraba mucho a su hermano mayor Luis, militante de izquierda, del Partido Comunista, a pesar de la oposición paterna. Lucho era molinero, agrónomo y fue por respeto a él que eligió esa carrera y esa universidad.

En la Universidad Agraria la vida fue rica e intensa para Nelson, y fue allí donde decidió su destino como intelectual y ciudadano. En primer lugar, su militancia en la izquierda socialista. Tan importante como lo anterior, conocer maestros que nunca olvidará, de quienes bebe el ansia por conocer a fondo el Perú, maestros de la talla de José María Arguedas, Alfredo Torero, Francisco Carrillo, Javier Sologuren, Aníbal Quijano. Decide entonces dejar la agronomía después de tres años de estudios y pasar a la facultad de ciencias sociales, recién abierta en la Universidad Agraria, para estudiar sociología. Terminada la materia, lleva a cabo estudios de magister en la Pontificia Universidad Católica. De allí, pasará a hacer el doctorado en historia, en París, en la prestigiosa Écoles des Hautes Études en Sciences Sociales.

Llegó a París en el ambiente todavía conmocionado por la insurrección estudiantil de mayo de 1968, del mismo modo que había arribado a la Universidad Agraria, trece años antes, en vísperas de la insurrección del MIR en 1965. Nelson Manrique fue un joven socialista, hijo de su tiempo, sus esperanzas y utopías, a las cuales se mantuvo fiel durante toda su vida, sin dejar por ello de aprender y reflexionar de las cosas nuevas que imponían los grandes cambios vividos desde entonces. De retorno en el Perú, su vida se dedicará con ahínco ejemplar y profunda originalidad y lucidez al estudio de nuestra sociedad y su historia.

Comenzará con la investigación sobre la participación campesina en la guerra con Chile, reivindicando su rol protagónico en la defensa del país contra el invasor y en el nacimiento entonces de un sentimiento de nacionalidad. Luego investigará ampliamente sobre la economía rural y su evolución. La violencia política será otro de los asuntos que abordará a fondo, en caliente, mientras vivimos y padecemos los sucesos. Dedicará estudios muy documentados a la evolución del partido aprista y la de su líder, Haya de la Torre. Finalmente, llevará a cabo investigaciones pioneras sobre el desarrollo y el impacto de internet y las redes digitales en el paso de nuestro país al siglo XXI y las nuevas generaciones.

No rehuía el debate, pero tampoco era un buscapleitos. Debatía correctamente, con argumentos, sin ofender ni faltar el respeto. Lo hizo con Heraclio Bonilla sobre el nacionalismo y la participación indígena en la Guerra con Chile, con Tito Flores Galindo sobre las evidencias que sustentan la definición y los límites temporales y espaciales de la utopía andina, con Manuel Burga sobre el carácter marcadamente conflictivo o no de la transición desde la religiosidad prehispánica hasta el catolicismo andino actual, con Carlos Iván Degregori sobre el origen de Sendero Luminoso, con José Luis Rénique sobre la mirada a Haya de la Torre, con Sinesio López sobre la violencia política de los años ochenta, y con el propio Taita Arguedas sobre el mestizaje. Con todos ellos y muchos otros coincidió, discrepó y debatió sin perjuicio de la amistad y la unidad en la ciencia y el horizonte político. Un gran tipo.

Fue un gran degustador y cultor de la literatura. Conoció a fondo a Arguedas, no solo personalmente, cuando era estudiante, sino como lector atento y perspicaz. Gustavo Faverón, escritor cuya obra alcanza hoy una merecida atención internacional, ha escrito con admirable humildad: “Es una gran pérdida la muerte de Nelson Manrique, un intelectual de los que no sobran en el Perú, parte de una generación de socialistas de verdadera vocación reflexiva y magisterial. La única vez en que hablé con él en persona me dio una cátedra sobre Arguedas que he llevado conmigo siempre. Por desgracia me la dio en público, inmediatamente después de que yo dijera una burrada —creo—, pero en verdad eso lo hizo más memorable”.

Preocupación fundamental de toda su vida pública fue la defensa firme e indeclinable de los derechos humanos. Siempre estuvo dispuesto a apoyar todas las iniciativas de promoción y custodia de la dignidad humana en los años más difíciles y peligrosos de la violencia. Su apuesta por la democracia y los derechos humanos fue tan fuerte como su adhesión a un socialismo humano y creativo. Tuvo militancia política, pero no siempre, porque tenía el coraje de disentir y discrepar. No fue incondicional de ningún fanatismo. Fue, para la comunidad, un hombre de opinión clara y reflexiva, que pensaba lo que decía y era consecuente con ello. Y fue un docente universitario riguroso, cumplido y generoso, capaz de despertar y encaminar vocaciones. Nunca te olvidaremos, querido Nelson.

15-01-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 765 año 16, del 16/01/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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