Perú: El verdadero extremismo
Juan Manuel Robles
«¿Qué pasa en el Perú para que se admitan estos retrocesos con tanta facilidad?»
Habrá que darles un premio al cinismo —o un lapo en la cara— a todos esos analistas iluminados que interpretan el auge del ultraconservadurismo como una respuesta a los excesos progresistas. Estos señores entienden que a los liberales de avanzada se les pasó la mano, y que ese extremismo progre sostenido es el que ha generado rechazo y una reacción radicalizada. De alguna manera, ahora cosechan lo que sembraron, se les oye decir. Algunos, minimizando el asunto, hablan de una suerte de alternancia, la oscilación de un péndulo, que va y viene, rítmicamente, como el saludable corazón de las democracias.
Solo que ese razonamiento tiene truco. Los extremismos no son igualmente extremos, para nada. ¿Cuál es la medida supuestamente radical de los liberales, “wokes”, presuntos emisarios de la agenda 2030 en un país como el Perú? ¿Incorporar en la currícula perspectiva de género y educación sexual integral? ¿Promover la diversidad de orientación sexual, tolerar la indefinición y respetarla al punto de hacer que no se imponga un pronombre a quien no se siente listo o lista? ¿Normalizar que un niño de segundo grado pueda leer un libro titulado “Mis dos papás”?
Tal vez alguien se escandalice por todo aquello, pero son paranoias superficiales: ahí donde se ha aplicado, la perspectiva de género ha sido inclusiva unas veces, irrelevante otras, pero siempre inocua. Además, en países como el Perú lo que se ha podido implementar es muy poco.
El otro extremo, en cambio, sí existe y es un espanto, una auténtica película de terror a la que acabamos de echar un vistazo la semana pasada. Hablo de la imagen de treinta niñas, de entre diez y trece años, con sus bebés en brazos, todas vestidas igual, exhibidas para una presunta función musical pero con un trasfondo muy claro: esas niñas son emblema de la presunta misión de la hembra en el mundo no importa su edad —procrear— y un ejemplo de que la vida del no nacido siempre será lo más importante (más importante que ellas mismas). Las imágenes son durísimas: varias de las menores agachan la cabeza, como queriendo no ser vistas, como si alguien las estuviera enviando ahí sin mayor consulta, para su agenda ideológica.
El otro extremo existe y asusta porque es real, no solo escenográfico o de consignas. Esas imágenes pertenecen a un acto del albergue Casa del Padre, en Cieneguilla, un refugio fundado por la congresista Milagros Jáuregui destinado a promover que las niñas violadas continúen sus embarazos. Jáuregui es pastora evangélica y uno podría decir que lo que hace es esperable de alguien de su condición, de su probable fanatismo. Lo alucinante —el extremo que sí es real— es que Jáuregui, siendo congresista, ha tenido el poder de hacer que las creencias religiosas que guían ese innombrable albergue alteren políticas públicas.
La congresista logró el año pasado que se modificara la guía que regula el aborto terapéutico en el Perú (que es legal desde hace más de cien años). Promovió el retiro de dos causales clave: salud mental y abuso sexual en niñas. En su modificación, astutamente, se aclara que el daño a la madre gestante debe ser “grave y permanente”. ¿Qué mayor prueba de que no hay afectación a la salud que colocar a la vista a esas niñas, como en una escena del Cuento de la criada? Véalas usted mismo, están rebosantes de salud junto a sus bebés. ¿Daño permanente? Nada que ver. “Ninguna de las niñas que han dado a luz se arrepienten”, decía hasta hace poco Jáuregui, cuando le preguntaban por el aborto en menores.
Las imágenes, pues, no son las de una secta clandestina (aunque ya se descubrieron otras turbiedades). Son la puesta en práctica de algo que hoy, gracias al Congreso, puede pasar más veces (como si las casi mil adolescentes menores de catorce años obligadas a ser madres en 2025 fueran poco).
Ese extremo sí existe y da miedo. Porque queda claro que a los ultraconservadores les basta tener un poquito de poder —unos cuantos congresistas— para que empiecen a reinstaurar efectivamente políticas que parecen sacadas de un siglo atrás (incluyendo castigos a médicos que se salgan de la línea).
Tal parece que el Perú es un país particularmente vulnerable a esos impulsos. En el ámbito sudamericano, solo en el Perú basta la intervención de un par de fanáticos del Congreso para que se ponga en discusión los “límites” del aborto terapéutico. Por décadas, ese tipo de aborto se ha realizado usando el sentido común. Practicarle uno a una niña de once años es un deber, una actualización implícita del Juramento Hipocrático, un acto de humanidad que se resuelve a puerta cerrada, si es necesario, y que se hace con profundo cuidado —y amor— por la niña víctima, sintiendo, inevitablemente, asco por la humanidad.
¿Qué pasa en el Perú para que se admitan estos retrocesos con tanta facilidad? ¿Qué pasa para que una congresista pueda relamerse en la imagen de niñas violadas obligadas a dar a luz sabiendo que ni siquiera en los países vecinos eso sería admisible?
No sé las respuestas, pero me queda claro que el peligro es real. También me queda claro que no es un asunto menor, aislado, considerando que Jáuregui actuó con la complicidad de otros partidos (que la ayudaron en vez de detenerla). Ese extremo es el que sí existe y es una amenaza verdadera. Uno se eriza pensando que el líder de la agrupación política a la que pertenece Jáuregui, Rafael López Aliaga, está primero en las encuestas. Sí, el mismo señor que propuso llevar a las niñas violadas a un hotel cinco estrellas, por nueve meses, a ver si al cabo de ese tiempo siguen con ganas de deshacerse del niño.
12-02-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 769 año 16, del 13/02/2026
