Perú: Sin compasión
Juan Manuel Robles
«Es un momento que me deja alucinado: no se oye lo que dicen, pero no se necesita. Están viendo cómo solucionar el entuerto»
No deja de asombrarme que ahora haya tal cantidad de cámaras en Lima —en toda gran ciudad moderna, en realidad— que uno puede reconstruir cualquier hecho con detalle cinematográfico. Con cada toma se va armando una secuencia llena de acción, velocidad, planos y contraplanos. Así hemos podido ver mucho de lo que hizo Adrián Villar la noche que atropelló a Lizeth Marzano, la atleta que corría a un lado de la pista y a quien el joven conductor dejó abandonada agonizando, en vez de socorrerla.
Puestas en orden como un rompecabezas, las imágenes nos cuentan una historia fea. No solo se ve el atropello brutal, que ocurre luego de un giro hacia la víctima —algo que hasta ahora no empató con la versión de que se quedó dormido— y un golpe seco que termina tirando el cuerpo hacia delante (y acabó con la vida de la deportista). También se ve, luego de un lapso ciego —una elipsis—, la posterior fuga a toda velocidad, incluso pasándose la luz roja. A medida que pasaron los días, más fragmentos se han añadido a esta secuencia, y creo que nunca una tragedia ha tenido tal cantidad de evidencia audiovisual.
Hay en esta película corta mucha velocidad y un impacto violento, pero a mí lo que más me asombra son las imágenes de horas después (la siguiente escena de este corto), cuando los involucrados se reúnen en un parque. Allí vemos al perpetrador junto a sus allegados: el papá, la madrastra y periodista de televisión, la novia influencer y su padre con influencias, que conoce “peces gordos”. Es un momento que me deja alucinado: no se oye lo que dicen, pero no se necesita. Están viendo cómo solucionar el entuerto.
Porque eso es lo que es para todos ellos: un entuerto, un lío, un embrollo. No una persona por la que responder. A esas alturas ya se sabía que Lizeth había fallecido, pero no la cantidad de registro documental que iba a haber disponible sobre el suceso, así que aún parecía algo “controlable”. Pasma saber que, casi con seguridad, las acciones se planean midiendo qué tanto podía salir a la luz. Tantean, calculan, incluso el padre y la periodista van luego al lugar del atropello a ver cómo está todo (¿si hay policías?, ¿si hay prensa?). Por eso, tal vez, Marisel Linares lanza un comunicado diciendo que el carro está a su nombre pero que se lo ha traspasado a otra persona y ya no tiene nada que ver con el vehículo (omitiendo decir no solamente que sí conocía a quien lo hizo —el hijo de su pareja—, sino que estuvo al tanto del atropello el mismo día). Lo hace porque cree que todavía puede zafarse y que el tema quedará allí. Pero el tema, en pocas horas, será lo más hablado y comentado en el Perú.
Linares tendrá que cargar por muchos años con esa mentira por el cálculo erróneo (y frío). Se puede entender preocuparse primero por la persona cercana. Más difícil es comprender que una periodista no considere en la ecuación a la víctima de un atropello y a su familia devastada, a su derecho a saber (la profesión nos acerca a víctimas de negligencias de tránsito desde el primer día). Sus acciones parecen haber arruinado su carrera, pues no hay compatibilidad entre lo que hizo y la función de ser una policía de la moral pública, muy al estilo de las conductoras de televisión altisonantes, alguien que solía decir, muy altanera, que “caiga todo el peso de la ley”.
No me sorprende la hipocresía. Tampoco que una figura de la televisión termine involucrada en un problema que deja en evidencia su disposición a salvarse el pellejo aun encubriendo un homicidio. En el gremio siempre han abundado profesionales cínicos, incluso despiadados, sin ética ni ley. De hecho, algunas de las periodistas y los periodistas que informan del caso Linares son, ellos mismos, profesionales sin el menor escrúpulo (y hasta se han jactado de ello). Hasta hace veinte años, solía decirse que era una buena cualidad para un reportero que quisiera llegar alto, sobrevivir en esa jungla llamada televisión. Esos periodistas en algunas ocasiones, incluso, han tenido un episodio terrible —que se comenta en los pasillos de los canales—, del que se salvaron porque apareció, oportunamente, un pez gordo para que les arreglara el asunto.
Pero más que la actitud de la periodista, me sorprende que un chico de veintidós años parezca seguir tranquilo el libreto. ¿Será que oficialmente estamos en una tierra de hienas, en que es absurdo pensar que alguien bajaría a socorrer a su atropellado si es que tiene el camino libre para acelerar sin que lo vean? ¿Será que esa es nuestra normalidad, que es imposible concebir que alguien va a privilegiar la posibilidad de salir impune antes que la posibilidad de salvar una vida? Abandonar a la víctima sin hacerse cargo es bastante feo. Abandonarla sabiendo que la persona se muere, siendo un chico de veintidós y con todas las comodidades —protección, dinero, afecto—, es un síntoma de algo más.
Tal vez esos señores del parque sabían que había muchas posibilidades de que el tema se esfumara. Fue el hermano de Lizeth Marzano quien buscó, él solo, cámaras de seguridad de edificios cercanos, hasta dar con la placa del auto. Con la placa, todo lo demás se desencadenó sin retorno. Es terrible pensar que sin su esfuerzo solitario, dada la lentitud policial, posiblemente todos los fragmentos de esa película se hubieran perdido en el mar de terabytes que se botan diariamente para liberar los servidores de los videos de seguridad.
Como han dicho muchos, esto parece la confirmación del reino de la impunidad en que estamos inmersos. Pero con este caso uno piensa, además, en cuántos peruanos y peruanas habrán tenido una experiencia así, cuántos han cometido “errores” que en realidad son delitos, metidas de pata que acabaron con vidas ajenas (o las afectaron irreversiblemente), y nunca nos enteramos porque vieron resuelto el tema por la intervención de papá o el amigo de papá. Uno ve el caso de Villar, la conversación en el parque, y piensa que por ahí estamos en un país lleno de gente con cadáveres en el clóset, consciencias blindadas contra cualquier sensibilidad, personas que ni siquiera necesitan terapia, porque “superan” esas cosas, porque esas cosas pasan. Y ya.
05-03-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 772 año 16, del 06/03/2026
