Perú: Tristezas de un palabreador
César Hildebrandt
«Cuando escucho a César Acuña, escucho el idioma que los neandertales nos habrían impuesto de haber llegado primeros a la evolución»
Vivir en las palabras tiene el costo de la locura porque el día menos pensado te ves lejos, ajeno a las cosas, forastero de los días. Yo hace tiempo que me siento un perfecto loco. No quiero decir que sepa emplear las palabras, que sea un especialista en reunirlas, que escriba más o menos bien. No, ni mucho menos. Quiero decir que las palabras son la banda sonora de mi vida. Por eso leo: porque en los libros que cambiaron mi vida están las palabras que me ayudaron a intuir que había cosas más allá de la cotidianidad, la sal y la garúa. Porque, en el fondo, la arremetida de la ordinariez me convirtió en escapista. Me refugié en las palabras para no morir de multitud. Me excarcelé saltando por un muro.
Y ahora vivo en un país en el que la palabra cada día vale menos, salta de charco en charco, de político en político, de locutor en locutor. Y vivo en un mundo de ralea igual en el que la palabra paz significa guerra, la palabra derecho quiere decir bomba, la palabra respeto quiere decir crimen. Es el mundo de Orwell y un cerdo está al mando, pero no hay rebelión. Las palabras, vaciadas, se desploman sobre sí mismas y son el ruido de la locura, el borborigmo de la mala leche.
Crecí en una casa donde mi madre ejercía el comisariato del lenguaje y esa fue la razón por la que me gustaba, a escondidas, leer libros prohibidos y leer, paladeándolas, palabras que los niños no debían decir. Pero gracias a ese clima familiar, las palabras me envolvieron y de ellas aprendí que contenían el mundo y que, puestas en el lugar que les correspondía, eran un mundo mejorado y sometido a las sugerencias de la belleza. Cuando la señora Bovary agoniza, azulada, no es la envenenada grotesca que saldrá en un tabloide: es la fatalidad la que se impone, son los sueños banales los que se desvanecen, es la pequeña burguesía francesa del siglo XIX la que babea malamente. Todo eso sale de las palabras que Flaubert escogió con la exactitud de un relojero.
Vivo en un país que me cuesta reconocer. Cuando escucho a César Acuña, escucho el idioma que los neandertales nos habrían impuesto de haber llegado primeros a la evolución. Cuando escucho a algún fujimorista, me remito a los antónimos implícitos en el mensaje: si dicen justicia están diciendo impunidad, si dicen pueblo están diciendo banqueros, si dicen orden están diciendo sordidez. Y cuando veo, de rebote, algo de tele noticiosa sé que también debo escuchar al revés: donde dicen revelación quisieron decir calumnia, cuando dicen libertad debieron decir servidumbre a los amos, cuando izan la palabra democracia quieren decir lo que venga.
Los libros me raptaron, con las palabras volé hasta donde quise y gracias a ellas, a pesar del efecto aéreo que tenían, aprendí lo que era la precisión. Mejor dicho, creí aprender hasta que un día leí a Azorín y descubrí cuán borroso era el concepto que yo tenía de precisión. Azorín, que nunca estuvo de moda por filofranquista y aburrido, tenía un astrolabio en la cabeza. Pero si cito a Azorín, tengo que decir que a mí la oralidad también me fascina. Por eso fui compa del Jaguar, amante fallido de la Maga, vigilante techero de Remedios la Bella. Por eso recogí basura al lado de Maruja y estuve a punto de darle municiones al Nictálope.
Es un martirio para alguien que ama las palabras vivir en un país y un mundo donde, como dicen los narradores de la tele, hablan las imágenes. Saltan los mensajes envasados en cápsulas –la legaña mundial de las redes– y entonces resulta que Trump es un estadista y que Milei es un ser humano ejemplar y que los palestinos deben morir en mancha para que Gaza sea Saint Tropez.
Cuando veo eso, entonces me atrinchero, pongo doble llave en mi covacha y leo a Borges: *Para siempre hay una puerta que has cerrado y un espejo que te espera en vano.* Toda la vida, toda la sabiduría, todas las explicaciones en unas cuantas palabras. Sí, palabras, esas que se están muriendo.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 772 año 16, del 06/03/2026
