Perú: Esperando el milagrito

Ronald Gamarra

«La situación límite en que vivimos exigía una alternativa amplia y generosa»

¿Podía un frente unido desafiar y vencer a los partidos del pacto mafioso? El triunfo reciente de la doctora Delia Espinoza en las elecciones para el decanato del Ilustre Colegio de Abogados de Lima sugiere claramente que sí. Ella obtuvo un triunfo claro tanto en la primera como en la segunda vuelta celebrada el 14 de marzo. Lo interesante es a quién venció. Nada menos que al conspicuo representante de los partidos del pacto mafioso ante los tribunales, en los cuales patrocina a muchos de los líderes de ese conglomerado que gobierna el país a su regalado gusto.

Fue un triunfo contundente en ambas vueltas. En la segunda, la doctora Espinoza duplicó el voto de su contendor, imponiéndose de manera abrumadora. El gremio de los abogados es un cuerpo particularmente bien informado. Allí todos sabían a quién representaba cada candidato. Todos conocen bien al abogado aprista Humberto Abanto y cuál es su clientela profesional. Y todos saben muy bien que la doctora Delia Espinoza ha sido víctima en los últimos meses de una operación ilegal triangulada entre el Congreso del pacto mafioso y su hechiza Junta Nacional de Justicia para despojarla ilegalmente del cargo de Fiscal de la Nación, objetivo que consiguieron.

La confrontación por el decanato del Colegio de Abogados de Lima tenía, pues, un cierto carácter plebiscitario a nivel del gremio. Lo quisieran o no los actores políticos de la contienda, se ponía en juego la opinión de los abogados sobre la conducta del Congreso en el caso de la doctora Delia Espinoza en particular y sobre su actuación política en general. En tal sentido, fue un grave error político de Abanto presentarse a estas elecciones gremiales sin suponer que, lo quisiera o no, iba a llevar sobre sus hombros la representación de la política del pacto mafioso que domina el poder legislativo.

Y el resultado no deja lugar a ninguna duda. Los abogados, como gremio y como individuos, rechazan claramente la política espuria de la mayoría congresal y por tanto votaron mayoritariamente en contra de quien representaba esa política en sus comicios internos. El triunfo de la doctora Espinoza, consagrado casi apenas la despojaron de su alto cargo y la inhabilitaron por diez años para la función pública, tiene todo el sabor de una voluntad de desagravio hacia ella por parte de sus colegas de profesión y de condena a la conducta de la costra congresal.

Entonces es forzoso replantear una vez más la pregunta. ¿Era inevitable ir a estas elecciones generales para elegir presidente, senadores y diputados de la manera en que el centro y la izquierda lo han hecho, divididos y hasta enfrentados, en capillas separadas que se desgastan compitiendo estérilmente por convocar el mismo electorado? ¿Era inexorable que, a estas alturas, a dos semanas de la celebración de las elecciones, no tengamos aún una alternativa consistente que levantar frente a la ultraderecha y el pacto mafioso? ¿Era admisible que los caudillos de los distintos sectores del centro y la izquierda hicieran a un lado todo asomo de plan estratégico para encomendarse a la repetición de un milagro electoral que los consagre como la opción que surge en la última semana?

No pocos han sostenido en los últimos años que la búsqueda de la unidad, sobre todo en la izquierda, es un esfuerzo inútil, por absurdo y voluntarista. Plantean de manera muy darwiniana que del conjunto de organizaciones alguna habrá de surgir y desarrollarse hasta imponerse como la alternativa política que el votante izquierdista o centrista respalde. Me temo que este tipo de razonamiento solo sirve para encubrir el propósito exclusivamente personal de los caudillos de alcanzar para sí la condición de líder indiscutido. Esta teoría solo ha servido para justificar la ausencia, la frustración, finalmente el sabotaje de todo esfuerzo serio y consecuente por alcanzar la unidad más amplia hasta donde esta sea posible.

Y es que nadie ha querido tomar en serio, en toda su extensión y gravedad, la situación política que padece nuestro país. Nos encontramos, literalmente, en el borde de un precipicio en el cual se juega, en primer lugar, la posibilidad de la democracia en nuestro país. Todos hablan de la “dictadura congresal”, pero no parecen calar todo el sentido de esta expresión y lo que conlleva en cuanto a limitación, restricción y conculcación de derechos de la ciudadanía y sobre todo de los sectores marginados. Todos hablan de corrupción en el Estado, pero no parecen tener conciencia plena de la dimensión de las raíces que las redes mafiosas han establecido, de manera que ya solo les falta llevarse el país en peso.

La situación límite en que vivimos exigía una alternativa amplia y generosa en su convocatoria, que atrajera a las más amplias mayorías para aislar a la ultraderecha y el pacto mafioso. Con un programa mínimo en el cual pudieran confluir el máximo de fuerzas para restablecer, cuando menos, la democracia y la decencia en el gobierno, la honradez en la administración de los fondos y recursos públicos, la eficiencia en el manejo económico y la vocación social para ganar la lucha contra la pobreza. Definitivamente no era este el momento de planteamientos utópicos ni maximalistas. Como en el Frente Popular español de 1936, se trataba simple y llanamente de defender la democracia y la república frente al embate del fascismo.

Me pregunto ahora, como miles de los lectores de este semanario: ¿por qué tengo que vivir la ansiedad de elegir entre López Chau, Nieto, Marisol, Mesías, Atencio, Lescano, Belaúnde y quién sabe qué otro? ¿No podían haber ido todos, o varios de ellos, en una misma lista? Pero ya el mal está hecho y solo queda votar por quien nos parezca que despunta en la última semana. Y esperar el milagrito.

26-03-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 775 año 16, del 27/03/2026

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