Vulgaridad

César Hildebrandt

La señora Letona le dice a una colega que no la vio con Thorndike porque “estaba chupando”. Eso es la vulgaridad. Luz Salgado es vulgar hasta cuando dice sí, pero es más vulgar cuando dice no. Jamás la he oído diciendo quizás. Quizás en eso estriba todo.

El otro día un locutor nocturno de RPP dijo que en París había ocurrido un atentado en una “mézquita”. Y una joven periodista descerrajó hace poco este cañonazo contra la historia: “Bolognesi fue un héroe de la independencia”. Cómo no.

Cuando veo la TV local -las pocas veces que me entrego a afán tan castigador- tengo la impresión de que los imbéciles han dado un golpe de estado y han creado un reino fundamentalista. Del mismo modo que cuando veo a Trump me convenzo de que gran parte del mundo está en manos de gentuza.

¿Qué hemos hecho para merecer todo esto?

No nos hagamos los sorprendidos. Durante años hemos hecho todo lo posible para que la cultura sea una exquisitez de sonsitos y nos hemos esforzado en destruir la educación pública.

Antes, del Guadalupe salía un Bedoya Reyes. Ahora sale un fan reguetonero, un adulador de “Asu mare”, un votante de cualquier mequetrefe.

Llevamos años haciendo que nuestros niños coman basura cinematográfica, hediondez televisiva, placer por la sangre de terceros en los videojuegos. Esta es una era siniestra porque, entre otras muchas cosas, ha desterrado de su habla cotidiana la palabra espíritu. Es un arcaísmo, casi una mariconada.

Durante años hicimos todo lo posible para que los partidos políticos devinieran maquinarias electorales sin ninguna idea en la cabeza. Y les dimos estatuto de partidos a organizaciones mucho más vinculadas al crimen que al quehacer público. ¿Cuántas universidades inventadas por la zorrería emprendedora se crearon en las últimas tres décadas? ¿Qué ingenieros dudosos, qué médicos terroríficos, qué dentistas candidatos a la planilla de la Gestapo a salieron de esas camadas truchas? Miles, decenas de miles, cientos de miles. Son los que siguen diciendo “haiga” y “su profesor de ella” y un largo etcétera de mortificaciones al idioma.

La vulgaridad. ¿Han visto cómo es que los reporteros más socorridos de los noticieros de TV son las cámaras de vigilancia? ¿Han leído cómo llenan sus páginas virtuales algunos diarios? Yo a veces paso por 3 ellas y me convenzo: el retardo mental ha tomado el poder y lo está ejerciendo con energía. Es más: estoy convencido de que vamos hacia una dictadura del cretinismo.

Hay indicios de ello. ¿No ven cómo es que buena parte del feminismo se ha convertido en machismo inverso y androfobia? ¿No es notoria la derrota absoluta del buen gusto? Cuando “Somos” dedica una apología a la música de Chacalón, ¿no está demostrando acaso que el oportu­nismo populista se ha impuesto? ¿No hemos cedido en todo? ¿No llamamos escritores a grafómanos, críticos a empleados de editoriales, pintores a escenógrafos, poetas a gentita que se queja en morse?

Yo viví en un mundo donde el apetito por saber era timbre de orgullo. En ese mundo abolido no daba vergüenza leer ni aspirar a lo mejor ni burlarse de quienes se lo merecían. Ahora toda ironía se confunde con fobia, cualquier crítica puede ser discriminadora, el apego al idioma es tomado como un reto a la inclusividad.

¿Saben qué? Ya me harté. Estoy hasta la coronilla. Por lo tan­to, no me veo en la obligación, por ejemplo, de decir que la ministra Montenegro es una gran tipa. A mí me parece que es una huachafa con aires de fanática. Y me parece que los militares que se prestaron a la estereotípica payasada de los mandiles deberían irse al VRAEM. ¿Igualdad? Pues que peleen igual que los tres efectivos que acaban de morir en una emboscada de los narcoterroristas que han instalado allí una república separatista. Es­tas tres nuevas víctimas se cocinaban su comida, se lavaban su ropa y a veces, cuando se podía, hasta se la planchaban. Lo hacían porque en el Ejército cada uno depende de sí mismo. Como debe ser. Sin necesidad de escenas estúpidas.

¿No podemos derrotar a las sobras de Sendero desde hace 15 años y salen los altos mandos con mandilitos pink para complacer a la persuasiva Ministra de la Mujer y para que la “posmodemidad” en modo histérico festeje la ocurrencia? ¡Andá cántale a Gardel.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 451, 28/06/2019

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