Perú: “A mí no me han robado”

Patricia Andrade Pacora  –  Las Tejedoras

Por primera vez en mucho tiempo, el país tuvo una oferta electoral decente, capaz de hacer frente al pacto mafioso: candidaturas democráticas, equipos con trayectoria y experiencia en gestión pública. Pero parte importante de la ciudadanía optó por quienes, desde un Congreso rechazado, aprobaron leyes a medida, normas funcionales al crimen, medidas demagógicas en educación y recortes al enfoque de género y a la educación sexual integral en nombre de convicciones religiosas.

Esto se explica en parte por la dispersión del voto, alimentada por reglas creadas con ese propósito; y por la incapacidad de las candidaturas democráticas para unirse. Pero hay algo más. Pienso en frases como: Más vale ladrón conocido que ladrón por conocer y A mí no me han robado, pronunciadas por dos ciudadanos al explicar sus votos. Frases que revelan mucho más que una preferencia electoral: resignación, escepticismo, renuncia.

Cuando para gran parte de la población, en su día a día no encuentran que sus derechos son atendidos, las urgencias y frustraciones cotidianas se distancian de la necesidad imperiosa que muchos sentimos de defender la democracia y la institucionalidad. Cuando esos valores se perciben lejanos, e incluso ajenos, el voto deja de ser una decisión sobre el país que queremos y se vuelve hartazgo y desilusión.

Pero sí nos han robado. Nos roban cuando se degradan las reglas para favorecer intereses particulares, cuando se debilita la educación pública, cuando se sabotean políticas que protegen a niñas, niños y adolescentes, cuando se normaliza que el Estado sea botín y no garantía de derechos. Y claro que todo ello impacta en el día a día, aunque no se viva así.

Toca entonces leer los resultados electorales desde lo que la educación no ha logrado: conectar las decisiones políticas con la vida cotidiana; construir sentido de bien común; formar para construir consensos. Y ese es el desafío del país: una educación que ayude a conectar la vida cotidiana con el valor de la democracia, los derechos y la institucionalidad; y a comprender que no son palabras ajenas, sino condiciones para vivir con dignidad, protección y futuro. Una educación que forje ciudadanía y nos permita recuperar la esperanza.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2026/04/16/a-mi-no-me-han-robado-por-las-tejedoras-hnews-1339696

Perú: Fraude no, desastre sí

Patricia del Río

No hay base para anular las elecciones, pero sí para la desconfianza

No hay fraude en las elecciones peruanas. Empecemos por ahí. No hay evidencia de una manipulación sistemática de resultados, ni una operación organizada para torcer la voluntad popular. Sin embargo, que no haya fraude no significa que no tengamos un enorme problema entre manos y que podamos transitar hacia la segunda vuelta sin tropiezos.

El caos en la organización del proceso electoral fue evidente y afectó directamente su desarrollo. La ONPE, y específicamente su jefe, Piero Corvetto, organizaron el peor proceso electoral del que tengamos memoria con fallas en el reparto del material, mesas que se abrieron al día siguiente, computadoras que no funcionaban, impresoras sin tinta y un caos que dejó a los electores frustrados y más desconfiados que nunca. Y no solo me refiero a los seguidores de López Aliaga, pues los votantes de Roberto Sánchez también han inundado las redes sociales quejándose de la organización, temerosos de que se alteren los resultados. Las narrativas van más o menos así: Escenario 1) Corvetto se coludió con la izquierda para quitarle votos a López Aliaga generando caos, cansando a los votantes, impidiendo que se abrieran mesas. El famoso plan Morrocoy, que le llaman. Escenario 2) Corvetto se coludió con López Aliaga para generar caos en Lima y pedir la nulidad de las elecciones, porque ya sabían que Roberto Sánchez pasaba a segunda vuelta.

Esta percepción tan dicotómica como excluyente, en un contexto en el que el pase a segunda vuelta se juega voto a voto, es nefasta no solo para la continuidad del proceso electoral, sino para nuestra subsistencia como país, porque no hay salida pacífica, no hay una solución que calme las aguas. Si Roberto Sánchez no pasa a segunda vuelta, buena parte del país sentirá que, nuevamente, le arrebataron a su candidato y saldrá a pro testar bajo el peligro de ser reprimida violentamente. Si Rafael López Aliaga se queda fuera, millones de votantes en Lima, saldrán a las calles liderados por un personaje violentista y prepotente, que ya lanzó amenazas inaceptables a las autoridades electorales.

Hay quienes dicen que estamos nuevamente en un escenario como el del 2021 y, la verdad, no, estamos en uno mucho peor: en las elecciones pasadas, Keiko Fujimori se sacó un fraude de la manga para el que no pudo presentar una sola prueba. Hoy estamos ante hechos que los ciudadanos vivieron en carne propia. Nadie se los contó, padecieron un mal manejo logístico y ahora no hay forma de quitarles de la cabeza que todo se hizo específicamente para perjudicar a su candidato.

No hubo fraude, me ratifico en mi afirmación inicial, pero hubo tal desmadre que el daño a la credibilidad de este proceso ya está hecho. Lo único que queda es esperar los resultados oficiales y respetarlos. Y, cualquiera sea el ganador, tratar de comprender la frustración ajena, en lugar de insultarnos, agredirnos y denigrarnos, porque eso no hará más que empeorar las cosas.

Fuente: https://jugo.pe/crisis-electoral-peru-2026/

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