Perú: La izquierda irresponsable
César Hildebrandt
«Castillo salió de Palacio con una bolsa de urgencias en la mano después de anunciar que cerraba el Congreso que no se atrevió a enfrentar»
Una cierta izquierda peruana me produce un absoluto rechazo. Tanto como el que me suscita la derecha varicosa que reclama la inmovilidad como virtud.
Esa izquierda es la que sigue diciendo que Pedro Castillo fue un gran tipo al que cercaron el racismo y la conspiración.
Claro que hubo racismo y claro que el fujimorismo, el concolón del Apra facistoide y un sector del empresariado complotaron para traerse abajo el régimen, con la ayuda del Congreso mafioso y la Fiscal de la Nación de ese momento.
Pero Castillo no cayó por eso. Castillo fue derribado por su absoluta incompetencia, su propensión a rodearse de bolsiqueros, su nula capacidad de atisbar siquiera cuál era su misión después de ganar por 42,000 votos la segunda vuelta.
Esa misión era hacer grande a la izquierda otra vez. Era devolverla a la época de Alfonso Barrantes. Era crear una corriente popular y democrática que apoyara los cambios (incluidos los constitucionales), que se uniera al proyecto de reconstrucción de las instituciones, que respaldara con su gentío y su participación la meta de restablecer las prioridades sociales del presupuesto y el papel tuitivo del Estado. Era, en suma, voltear la página del neoliberalismo corrompido y pasar al episodio del gobierno popular. Era hacer una revolución en democracia que entusiasmara a casi todos los peruanos y que le hiciera entender a la clase empresarial que ese país fracturado que fingía buena salud iba a estallar si no se hacían algunas cosas. Era proponer grandes cambios sin convertir al Perú en Cuba, donde una familia fundó una dinastía, o en Venezuela, donde un cachaco expropiaba empresas por teléfono, o en Nicaragua, donde una pareja embrujada hace ahora lo que Somoza hacía tantos años atrás.
Lo que Castillo tuvo que hacer, rodeado de consejeros que le dieran panorama y contexto, era reandar el camino de Mariátegui y lograr que no extrañáramos a Javier Diez Canseco o a Manuel Dammert. Pero Castillo fue el monigote de quienes creyeron que el botín del Estado había cambiado de manos y que era hora de aprovechar esa gran oportunidad. Y la aprovecharon, con lo que le facilitaron enormemente el trabajo a la alianza reaccionaria que había decidido actuar con todas las armas a su alcance. Eso era esperable. El asunto era no ofrecer blancos y pelear luciendo la limpieza que el adversario no podía mostrar.
Castillo no terminó como Lumumba ni como Allende ni como Perón en 1955. Castillo salió de Palacio con una bolsa de urgencias en la mano después de anunciar que cerraba el Congreso que no se atrevió a enfrentar. Ni siquiera fue Billinghurst, que sí encaró al parlamento reaccionario y tuvo que ser depuesto por Benavides.
Su papelón a la hora del golpe fallido fue internacionalmente comentado, pero es un episodio menor frente a la frustración que para la izquierda significó su régimen de prebendas y rapiña.
Y ahora la izquierda irresponsable viene a decirnos que Castillo fue un ejemplo a seguir y que, entonces, quien dice ser su extensión ensombrerada debe vengarlo. No conciben la izquierda como la imaginó Mariátegui –un proyecto amplio y generoso de convencimiento por las buenas– sino como la diseñó el Ravines comunista de su primera hora: el racismo inverso, el resentimiento hecho doctrina, la convocatoria al lumpen y no al proletariado. Es como si el doctor Guzmán nos quisiera decir que los macheteados de Lucanamarca fueron un homenaje a la simetría después de tanta matanza militar.
Castillo no es un héroe. Es un mediocre profesor rural que se encontró con la presidencia y que no tuvo idea de lo que eso significaba. No debería ser juzgado por la justicia penal sino por el tribunal que la izquierda peruana debiera haber creado desde hace mucho tiempo. Un amplio sector de esa izquierda, sin embargo, cree que Castillo sigue siendo un buen capital para intentar otra aventura. No importa que no haya programa al que atenerse, que haya aliados que requieran ser escondidos, que no puedan ponerse de acuerdo ni siquiera sobre una hipotética política de alianzas. Nada importa sino seguir fundando mitos, inventando historias, recordando con entusiasmo cosas que jamás sucedieron.
La Unión Soviética se desintegró en 1991. No la rompió el capitalismo de la desigualdad y las guerras imperialistas. La disolvió la mentira, la fábula de que la felicidad consiste en festejar la grisura y aceptar la mirada de Beria. A la izquierda peruana la está terminando de destruir su vocación por la leyenda.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 781 año 17, del 08/05/2026
