Perú: La revancha de los humillados

Juan Manuel Robles

«En el país hay posiciones autónomas a pesar del control absoluto de la televisión y la prensa hegemónica»

Lo que me gusta de la campaña de Juntos por el Perú es que no solo ha aterrado a la derecha limeña como lo hizo Castillo, sino que ha llenado el ambiente de fantasmas. Ha traído de vuelta a un montón de víctimas del pacto mafioso pero sobre todo de esa ciudadanía que apoyó a la coalición gobernante y arengó en favor de la represión y las redadas, o colaboró decisivamente con su silencio cómplice. El pase de Roberto Sánchez a segunda vuelta ha conseguido decirle al país que hay un asunto pendiente, que el gobierno que quedó tras Castillo trajo como consecuencia no solo el caos, sino también perseguidos políticos, encarcelados, humillados que tal vez no importan en la capital, pero sí están en el corazón de gran parte del Perú.

A mí me conmueve que ese pueblo haya sido transparente en darle impulso y una nueva vida —un nuevo comienzo— a esos políticos. Me recuerda que en el país hay posiciones autónomas a pesar del control absoluto de la televisión y la prensa hegemónica. Es una reivindicación sana que no estaba en la campaña anterior.

Yénifer Paredes, cuñada de Pedro Castillo pero criada como su hija, sufrió una campaña de demolición de la prensa. Su mayor error fue hablar de frente y sin agacharse ante la comisión del Congreso que la citó para interrogarla por presuntas irregularidades en contrataciones. La llamaron “respondona”. Terminó en prisión acusada de corrupción. La fiscalía no pudo encontrar una sola prueba de un delito cometido. De hecho, hace unos meses el principal implicado del caso quedó en libertad. El asunto siempre olió a persecución política, y peor, a una forma de golpear la moral de Pedro Castillo. ¿El resultado? Yénifer Paredes, ya en libertad, cosechó adhesiones de diversos sectores. La gente sintió que fue parte del entorno familiar que sufrió de una manera desmedida: gracias a ella sabemos de primera mano la historia de cómo encañonaron al presidente delante de sus hijos. Fue elegida como diputada y es ícono de la cruzada de Juntos por el Perú.

Íber Maraví, ministro de Trabajo de Castillo, fue una de las víctimas del terruqueo sistemático que asedió a ese gobierno desde el primer día. Maraví, quien nunca estuvo preso o enjuiciado por terrorismo, fue acusado con partes policiales obtenidos más de 40 años antes, y bajo tortura. Tuvo que salir por la puerta falsa. En la campaña, su figura creció y también una faceta desconocida: la de cantante y buen guitarrista. Su elección es una muestra de que hay un Perú creciente que no cree en montajes terruqueadores, o que es más maduro para el posconflicto que los jueces y congresistas que, interesadamente, declaran la muerte civil para cualquiera que haya firmado un planillón del Movadef pero permiten la carrera política de militares vinculados a masacres. O tal vez es que entienden lo obsoleto que es hablar de Sendero cuando hoy quienes asesinan al pueblo por razones políticas son otros.

A Alejandro Manay, dirigente sindical ayacuchano, lo detuvieron en Huamanga poco después de las masacres del gobierno de Boluarte. Fue una de esas acusaciones de “terrorismo” kafkianas que catalogan a cualquier organización popular del sur del Perú de “brazo” de Sendero. Manay, que justamente es miembro del Frente de Defensa del Pueblo de Ayacucho, fue detenido mientras cenaba. Pero no lo llevaron a la comisaría sino al Cuartel Los Cabitos, que justamente se habilitó en la era Boluarte para generar terror psicológico (pues es un lugar emblemático de desapariciones durante el conflicto armado). Luego subieron a Manay a una avioneta y lo llevaron a una celda. En el sustento de su acusación por terrorismo, la fiscalía mencionó como una de las “evidencias” que Manay promovía una “Asamblea Constituyente”. Su caso no prosperó, por supuesto, pero le quitó la libertad por casi un año. Ya libre, Manay postuló por Juntos por el Perú. Se convirtió en el diputado más votado de Ayacucho. Ahora tenemos, en el Congreso, un testimonio directo de la represión del Estado y su impunidad para hacer acusaciones de “terrorismo” que arruinan existencias.

Un caso similar es el de Brígida Curo, que estuvo en la mira policial por participar en las protestas tras las masacres de fines del 2022 y ahora tiene muchas posibilidades de ser la segunda vicepresidenta. Protestar contra el ascenso de Dina Boluarte provocó que le abrieran una investigación por disturbios, que fue convenientemente derivada a la Fiscalía contra el Terrorismo. Lejos de hundir a Sánchez por llevar en su plancha presidencial a una “terrorista”, Curo se ha vuelto un símbolo poderoso de lo vulnerable que es, en el interior del Perú, una mujer que alza la voz en las calles cuando lleva polleras.

Algo debe entender la Lima que sueña con que la democracia sea sinónimo de alternancia entre Keiko Fujimori y López Aliaga, y que en ese afán mira para el otro lado frente a persecuciones evidentes. Cada acción genera reacción. Cada enemigo político que es sacado del juego por ser una “amenaza” retorna con otros rostros y más fuerza. El sombrero que tomó Sánchez tiene poder porque el presidente Castillo fue boicoteado y hostigado desde antes de asumir su mandato (hasta un progresista de derecha como Jorge Nieto lo reconoce). Y probablemente Sánchez no hubiera aglutinado fuerzas si hubiera estado en la contienda también Guillermo Bermejo, que fue sentenciado por terrorismo sin ser terrorista —en un juicio claramente político, que se repitió dos veces solo para condenarlo— y tuvo que dejar de candidato a un Ronald Atencio bastante más débil.

Lo que debería enseñar todo esto es que hay una forma distinta de ver el país, de definir sus afinidades e “indefendibles”. Es el Perú que entiende —como yo mismo a estas alturas— que el intento del golpe de Estado de Castillo fue un acto absolutamente defensivo frente a un golpe de Estado real, vía vacancia, que estaba cocinándose en el Congreso. Y no voy a negar que algunas de las personas mencionadas son cuestionables, pero hay razones profundas por las cuales cosechan empatía y respeto. No es algo que se explique simplemente con el olvido, la irracionalidad o el revanchismo rabioso. A mí, de momento, su resurgir me parece más auténtico, más saludable y más lejos de la impunidad que la mafia en la otra orilla.

07-05-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 781 año 17, del 08/05/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*