Perú: Vida sencilla
César Hildebrandt
Me abruma mi ignorancia al respecto, pero insisto
Hay gente que cree que mis deberes son olímpicos y mis metas, fundamentales. Es gente que me sobreestima, que me tiene –ignoro por qué– algún aprecio.
Suponen esas buenas gentes que vivo obsesionado con el destino del país, la posibilidad de un nuclear fin del mundo, la insurgencia de una nueva barbarie.
No puedo negar, por supuesto, que me preocupa el pantano fujimorista en que podemos sumergirnos, que me duele que millones de pobres voten por quienes los usa y que me subleva que la derecha se incline tanto por el crimen. Tampoco puedo ocultar que el occidente que Trump dice representar, con las pezuñas puestas en el escritorio, me da vergüenza y miedo. Y no pretendo decir que no me concierne este regreso a prácticas salvajes, levemente homínidas, en el lenguaje, los valores y el ejercicio del poder.
El mundo de hoy es Israel matando como en los muy viejos tiempos y la Europa de mis amores juveniles mirando para otro lado. Es Rusia en la trampa de su propia guerra con Ucrania. Es los Estados Unidos queriendo hacer con América Latina en general lo que hizo con México, a partir de 1845, en particular: someter, anexar, devorar.
El mundo es esta niebla de guerras estalladas y guerras por estallar y crímenes de Estado que invocan la impunidad colosal de un dios matador que eligió a un solo pueblo. Y el Perú es este país enfermo experto en lodazales y que está dispuesto a premiar a quien reivindica a un señor que quiso ser senador japonés después de huir de Lima. Mi país, al que no renuncio, es el mismo que premió al traidor Mariano Ignacio Prado eligiendo dos veces como presidente a uno de sus hijos. Es el mismo de siempre.
Pero siendo esos asuntos guiones de mis pesadillas y partes de mi agenda, tengo que hacer una confesión que pugna por decirse desde hace tiempo: no son esos temas los más recurrentes de mis días.
Lo primero que hago después de hablar con Rebeca y sentir esa voz que me calma, luego de revisar con la cautela del caso la prensa local, es pensar qué leeré. Y una vez tomada la decisión, lo que hago es ponerme a leer en mi viejo y manchado sillón reclinable.
Leer sigue siendo para mí el neurótico sustituto de la vida. Hablo con tan poca gente porque prefiero oírla en los libros, imaginarla detrás de las palabras, quererla u odiarla dependiendo de la trama. Como se verá, lo que estoy diciendo es que mi prioridad son los relatos, las vicisitudes de las novelas, los personajes apretados de los cuentos. También leo otras cosas, por supuesto. Leo ensayos, biografías, investigaciones y trato de entender todo lo que pueda –y no puedo mucho– aquello de la física de las partículas y el mundo de la mecánica cuántica. Me abruma mi ignorancia al respecto, pero insisto.
Los libros han sido mi remedio casero para la depresión. Y lo más curioso es que deprimidos profesionales como Cioran han producido en mí un entusiasmo de lector agradecido. Es que el pesimismo bien dicho también es una obra de arte, del mismo modo que la prosa motivacional tiene comercio carnal con la huachafería.
Los libros, estar con los míos, recordar a mi gente, ver fútbol del bueno, pensar en el viaje que tendremos que hacer para seguir viviendo, asomarme al país y temer, advertir la extendida brutalidad del mundo y sentir asco: así pasan los días de mi sencilla vida de profano. Dejo para el final dos momentos claves: el almuerzo y la cena de Óscar. Cuando le doy de comer a Óscar, me conecto con la fe, me reencuentro con la tierra. Y cuando me mira con esos ojos de bien servido que no necesita dar las gracias, estoy dispuesto a repensar mi agnosticismo.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 783 año 17, del 22/05/2026
