Perú: Ni componendas ni pactos

César Hildebrandt

«Nos importa un rábano qué decidan los líderes dispuestos a la claudicación»

Los fujimoristas proclaman ahora que serán dialogantes y amplios. Hasta hablan de un gabinete plural y técnico.

Claro, la moderación es un lujo que pueden darse provisionalmente porque lo más arduo del trabajo sucio ya fue hecho por el Congreso que ellos presiden.

Cómo no van a tener maneras suaves si la Junta Nacional de Justicia es un basurero, el Tribunal Constitucional un mingitorio y la Defensoría del Pueblo una conserjería. Cómo no van a simular una voz convocadora cuando las leyes de la impunidad ya fueron dadas y cuando alias Fiscal de la Nación está a su servicio. Cómo no van a tener mirada de gentiles cuando un poder judicial atemorizado ve caer, uno tras otro, a quienes plantearon la resistencia como salida.

La maquinaria pesada del congreso del hampa demolió las casas que le eran ajenas. Ahora viene la arquitecta con cara sonriente a hablarnos del futuro común, la reconciliación y los nuevos tiempos.

Recuerdo 1990, cuando la izquierda de pacotilla que seguíamos teniendo creyó que el chinito era una opción y que había que apoyarlo. Recuerdo al ministro de agricultura y a la ministra de educación jurando como miembros del gabinete de Alberto Fujimori. ¡Cuánta ingenuidad! ¡Cuánta yuca!

Al poco tiempo, Fujimori se deshizo de todo lastre, empezando por la izquierda que había votado por él y siguiendo por el evangelismo que había hecho campaña en calles y plazas, y adoptó el programa del Fondo Monetario Internacional. El show se había convertido en shock. Después dio el golpe de Estado y le ofreció al Perú la deshonra. Las calles aplaudieron.

Ahora es lo mismo porque la heredera es, moralmente, calco y copia de su padre. Y ahora, otra vez, un ejército de tragaldabas, una legión de olfativos oportunistas, una masa de sanchos montados en asnos de todos los pelajes miran qué puerta se entreabre, qué puente colgante se vislumbra, qué sueldo público aparece en alguna partida de emergencia.

El drama del fujimorismo es que no puede conquistar adeptos porque carece de ideales, programa, metas. Lo que hace es reclutar beneficiarios expectaticios y con eso no se hace un partido sino una federación de apetitos. La gente que votó por Fujimori por miedo a la inseguridad ya fue retribuida en el mejor estilo de la mafia: la ley Rospigliosi sobre el fuero militar-policial garantiza que los uniformados que maten en el ejercicio de su labor serán juzgados por el colegaje. A eso le llaman el regreso del orden.

Ese es el fujimorismo en su esencia: militares con licencia para matar, civiles abocados a favorecer a la riquería donante, legisladores atentos a las demandas de los empresarios que enfrenten algún problema. Y mucha prensa adicta y mermelera que seguirá los pasos de la presidenta y hará de cada viaje a la pobreza (en helicóptero) una gesta digna del rey Midas.

La señora Fujimori tiene que entender que le ha ganado por un puñado de votos (44,000 cuando escribo estas líneas) al peor candidato del menú electoral. Le ha ganado míseramente a alguien que tenía el estigma del antaurismo en la frente y en la cabeza el sombrero de quien había querido ser el Fujimori de la izquierda rampante. Ha vencido con las justas a quien fue acribillado por una vasta campaña de la prensa escrita, la televisión telepronteada y la radio chueca.

La oposición no reside en el Congreso, donde ya se vislumbran canjes precoces, agendas escritas al alimón y táperes con carnecita. Nos importa un rábano qué decidan los líderes dispuestos a la claudicación y los parlamentarios que quieran repetir el papel de los Niños de Acción Popular. La oposición tiene más de nueve millones de domicilios, más de nueve millones de carnés de identidad, más de nueve millones de convicciones ciudadanas.

Y esos más de nueve millones de miradas atentas no quieren componendas ni pactos con quienes destruyeron las instituciones en los 90 y reivindican ahora al hombre que produjo tamaña devastación.

El Pacto de la Moncloa fue posible cuando Adolfo Suárez desmontó el edificio dictatorial de Francisco Franco, a quien había servido en distintos cargos. Si Suárez no hubiera renegado en los hechos de la dictadura en la que actuó, el parto de la reconciliación española habría sido imposible. La señora Fujimori –al lado de la senadora Martha Chávez y de otras sombras notorias– no se arrepiente de nada y proclama el buen gobierno de su padre. Es triste y vergonzoso. Es como si María del Carmen Franco Polo, la hija del caudillo, hubiese ganado estrechamente las elecciones en España. Es como si Inés Lucía Pinochet Hiriart estuviese a punto de entrar a La Moneda por mandato popular. Es como la serpiente que se muerde la cola, imagen que también representa al infinito.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 788 año 17, del 26/06/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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