Perú: La tolerancia suicida

Juan Manuel Robles

«A veces el pasado vuelve con tal exactitud en el Perú que parece inútil escribir cualquier advertencia»

La nueva ley aprobada por el Congreso para dar más impunidad a policías y militares, al punto de que sus crímenes puedan ser investigados solo en su propio fuero, es un eco de los resultados electorales. Se ve en la forma, en el ímpetu (el apetito). Es una acción apresurada por Fuerza Popular y sus aliados sabiendo que se viene más poder que nunca, con sonrisita de Rospi y espaldarazo de la Policía (la misma policía que amenaza a Claudia Cisneros y a otros activistas por decir lo que piensan). Los “ganadores” —que no ganaron en el Perú y que en el extranjero tuvieron un conteo sospechoso— perdieron todo límite y pudor: hacen aprobar una ley trascendental como esa sin debate, como quien tramita algo, terminando de convertir al parlamento en la mesa de partes que era en los tiempos oscuros de Montesinos, esos tiempos que ya vuelven.

Y a mí no deja de sorprenderme que los votantes de Keiko sepan perfectamente que esto ocurre por la voluntad de la candidata que eligieron, que sean conscientes de que bajo el nuevo orden ocurrirán más legalicidios de ese calibre —calibre, ja—, y aún así defiendan su voto o se lo tomen a la ligera por eso del “miedo al comunista”. Gracias a esta norma —que no es una medida aislada sino que forma parte de un entramado planeadísimo— policías y militares podrán torturar, lesionar y asesinar sabiendo que todo se resolverá en las cuatro paredes de su institución. No es necesario hablar en abstracto: casos recientes nos hacen ver que estos abusos y agresiones violentas ocurren cotidianamente, y que hay más oscuridad que lucha contra el crimen.

Porque la lucha contra el crimen es solo una excusa. Ninguna ley de blindaje a policías y militares, ningún marco legal para darles más protección al usar las armas de ley —y han sido varios en los últimos años de control fujimorista—, ha disminuido un ápice el crimen y la inseguridad. Los delincuentes no se han visto más amenazados. Al contrario, lo que termina ocurriendo es que los policías se empoderan y las comisarías se vuelven búnkeres para la extorsión.

Sin embargo, veo votantes de Keiko —no hablo solo del núcleo duro sino de los que dicen tener cierta capacidad de análisis, los que declaran no ser “fujimoristas” pero afirman que votaron por ella porque “maduraron”— que solo atinan a alzar los hombros, con ese gesto que ya les conocemos, el ya-no-hablemos-de-política-cholito, ya terminaron las elecciones.

Entonces uno vuelve a pensar, maravillado, en esa creencia mágica que hace robustecer a las derechas de todos los tiempos, y específicamente a las derechas de estas épocas estridentes. El convencimiento de que esas amenazas no tienen que ver contigo y no te tocarán a ti. Que esas medidas no te afectarán porque eres un ciudadano de bien y no te metes con nadie. Que esos excesos en la legislación están hechos para delincuentes —tal vez extranjeros— que bien se lo merecen, o para revoltosos que detienen la economía, para terrucos y también, por qué no, para quienes no son terroristas pero podrían serlo.

Es el espíritu recargado de “los derechos humanos son una cojudez”, un lema que renace convertido en consigna nacional con resonancias bukelianas. A mí ya no me sorprende la falta de empatía pero sí la estupidez, la ceguera estadística y la nula visión histórica. Digo: me sorprende que no se den cuenta de que al quitarse derechos elementales estamos en peligro todos, también ellos. Que no sean capaces de ver que en todas las épocas de abusos alguien estuvo en su lugar, en su tonto papel, creyéndose protegido de injusticias que se cometen contra “otros”. No les voy a pedir que conozcan el poema de Niemöller (“Primero vinieron por los socialistas y guardé silencio…”) pero al menos podrían tener un poco de memoria e información.

El primer fujimorismo se hizo fuerte con un montón de leyes de excepción toleradas por quienes no sentían que aquel entramado les fuera a afectar nunca. La mayor parte de la sociedad civil bienintencionada toleró la interpretación auténtica de la constitución para permitir la segunda reelección, vio callada el hostigamiento a miembros del Tribunal Constitucional incómodos, algo que prefirieron asumir como simples movidas, parte del “juego político”. También observaron en silencio la existencia de un aparato paralelo de gobierno, un asesor con antecedentes criminales moviéndose en la sombra y una televisión de señal abierta que apoyaba unánimemente al régimen.

Años después, muchos de esos hombres y mujeres se dieron cuenta de que el país se había vuelto invivible, de que el gobierno se quería perpetuar en el poder y no había forma de impedírselo, pues ya todo estaba tomado y los mecanismos institucionales no servían. Allí es donde la gente que no solía verse afectada empezó a reaccionar. Hubo hasta grandes empresarios de medios de comunicación que se dieron cuenta de este plan y empezaron a hacerle frente, soportando el asedio de la Sunat y el despojo de sus propiedades.

Suele pasar que esos hombres que no le tomaban mucha importancia al quiebre institucional toman consciencia luego. Lo malo es que cuando lo hacen ya han transcurrido años en que la mafia consolida su poder y afecta el país. La historia es cíclica y parece que —de nuevo— se repite en el Perú. Una parte importante del país sueña con vivir en el piloto automático de Keiko; cuando se den cuenta de que la concentración del poder daña la vida cotidiana, cuando esos policías empoderados se metan con alguien que les importe, gritarán “dictadura” y uno no tendrá corazón para decirles “te lo dije, idiota”. A veces el pasado vuelve con tal exactitud en el Perú que parece inútil escribir cualquier advertencia. “¿Para qué?”, me pregunto. Pero luego pienso en los comunicadores a quienes leí, por esos años, y que me advirtieron de la barbarie desde tribunas tan pequeñas como esta. Y entiendo que la resistencia ha comenzado y toca alzar la voz, aunque al principio seamos pocos.

26-06-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 788 año 17, del 26/06/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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