Se habla español en la final
Juan Manuel Robles
«Solo ocurrió una vez hace 96 años»
El fútbol siempre gana. Siempre consigue engatusarnos, nos hace dribling y amague y nos quedamos ahí parados, tiesos, sin nada que hacer salvo contemplar su belleza. El fútbol vence a la razón y al escepticismo, desarma la coraza intelectual con la que de vez en cuando queremos emanciparnos de él, porque no es de adultos tanta emoción infantil con tanta turbiedad circulando, con tanto dinero corriendo, con tantas casas de apuestas, tanta farsa. ¿Por qué destinar tanta inocencia a un burdo negocio? Pero incluso cuando parece que el fútbol perdió su magia, cuando es claro que no es el de antes, cuando da la impresión de que quienes manejan la cosa tiran los vientos para un lado y favorecen a ciertas estrellas, cuando se han dado claras injusticias, de pronto pasa algo.
Entonces todo cambia. El balón con chip vuelve a su estado original de pelota de trapo. La supuesta exactitud tecnológica cede paso a la incertidumbre, y un uno a cero a los 40 del segundo tiempo en la semifinal se revierte en siete minutos por la genialidad de un hombre y el corazón de otros tantos. Durante el torneo no nos gustó Argentina, odiamos la sensación de que se benefició de errores y revisiones de VAR favorables, pero gritamos sus goles el miércoles en la semifinal contra Inglaterra porque su remontada épica compendia lo mejor de este deporte: pasión, valor, técnica, táctica, talento y la intervención de un prodigio.
Pero el fútbol también gana, a veces, porque es capaz de traer una alegoría nueva, un símbolo inesperado. Uno puede renegar de la literalidad chata de los nacionalismos, ese lugar común de las selecciones enemigas (“Las Malvinas son Argentinas”). Uno puede creer que está muy manida la figura de David contra Goliat, sobre todo cuando siempre son los gigantes los que prevalecen, mucho más en estos tiempos. Pero cuando menos lo esperamos, Argentina hace la hazaña y España desmantela a la Francia que todos creían invencible. Y llegan juntos a la final.
Allí está el detalle: los dos equipos en la final, Argentina y España, hablan español. Solo ocurrió una vez hace 96 años. Esta es la primera ocasión en la historia de los mundiales modernos.
Parece algo menor pero no lo es. La final del Mundial de Donald Trump será hablada en el idioma que él detesta y que invita públicamente a despreciar.
Desde que empezó su segundo mandato, Trump ha alentado un ambiente hostil contra el idioma español. Una de las primeras medidas de la nueva administración fue desactivar la versión en castellano de la web de la Casa Blanca, a lo que siguió el retiro de traductores e intérpretes de agencias federales, y de material informativo traducido. La idea ha sido promover el uso exclusivo del inglés, y borrar de toda consideración al segundo idioma más importante del país, con 45 millones de hablantes.
Si en el primer gobierno de Trump el ataque al español se manifestaba en partidarios suyos —grupos como English Only— pidiendo airadamente que hablara en inglés a todo aquel a quien veían hablando en castellano, en estos tiempos la cosa es más desagradable. Los temibles agentes del ICE (Servicio de Control de Migración) usan como criterio de detención que una persona “hable español”. No es un rumor o una percepción. Este factor de posible arresto existe; fue criticado y generó polémica, pero la Corte Suprema zanjó el asunto en 2025, dándole la razón al gobierno.
Es un rechazo que ni siquiera queda suspendido por la diplomacia. En una reciente reunión con los presidentes del Escudo de las Américas, ese club de mandatarios latinoamericanos de ultraderecha alineados con Washington (del que Keiko Fujimori ya anunció que el Perú formará parte), Donald Trump dijo: “No voy a aprender su maldito idioma”, a lo que siguió una carcajada bastante penosa.
Por eso cuando en la primera ronda del mundial se supo que no se permitía usar el español en las conferencias de prensa —a pesar de que jugadores y periodistas lo hablaban, pues el español es un idioma relevante en la élite del fútbol—, a muchos les pareció un eco de los tiempos actuales. El mundial de Trump odiaba el español, como no podía ser de otra manera.
Y ahora resulta que en la final los dos equipos hablarán ese idioma. Es, por decir lo menos, poético.
Por supuesto, no es el español de los que más sufren. De hecho, como bien señalan los aguafiestas en las redes, migrantes latinoamericanos han sido despreciados en ambos países (que vivieron tiempos privilegiados). Pero también es cierto que para los que promueven la tarea absurda de borrar nuestro idioma en la nación donde será la final, esa distinción no existe. Somos lo mismo. Por algo nos pusieron “hispanos”. Una sola mancha. Ese idioma que para algunos ensucia la América que quiere volver a ser “grande”, ese idioma perseguido, estará en el partido de cierre.
Hace solo dos semanas, Trump, el anfitrión de la copa, llamaba a Infantino, mandamás de la FIFA, para pedirle que retirara la suspensión por tarjeta roja que había recibido la estrella de la selección estadounidense, Folarin Balogun, y que le iba a hacer perderse el partido contra Bélgica en octavos de final. La FIFA accedió. Fue un hecho bochornoso que ensombreció el torneo. ¿Pensaba Trump que Estados Unidos tenía posibilidades de ir más allá? Bélgica, equipo pecho frío, jugó el partido con inusual ardor y metió cuatro goles, eliminando a los estadounidenses. Entonces no lo tuvimos claro, pero con esa goleada los belgas salvaron la copa: el fútbol volvió a tomar el control del torneo.
Argentina y España jugarán la final el domingo en el Metlife de Nueva Jersey, un estado donde la cuarta parte habla castellano. No habrá pancartas ni pronunciamientos. Pero el mensaje estará allí, poderoso, en medio de la fiesta. Aquí se habla español. Y se seguirá hablando.
16-07-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 791 año 17, del 17/07/2026
