Perú: El idiota
Carlos León Moya
«No se dan abasto. Se les cuelan las cosas. No tienen gente ni para ministros»
La mañana de ayer, el presidente de la Comisión de Constitución del Senado, Carlos Mesía, cometió un error tan idiota como él mismo: mandó a votación una cuestión previa sin tener los votos suficientes para ganarla. No se había dado cuenta de que le faltaba Alejandro Aguinaga.
Era aritmética simple. Mesía debía mirar a su alrededor y contar: la oposición tiene 6 votos, los fujimoristas tenemos 5, ¿Aguinaga, dónde está?, me haré el muertito. Pero no.
Durante días, Mesía había dicho que el Senado podía hacer lo que quisiera con el acuerdo de la Cámara de Diputados sobre la delegación de facultades: respetarlo, ignorarlo, ampliarlo, cercenarlo, todo le estaba permitido. Apenas inició la sesión de la Comisión de Constitución, el Partido del Buen Gobierno pidió una cuestión previa para limitar de forma explícita el papel del Senado. Es decir, para evitar que se zurren en el acuerdo de Diputados. Mesía la aceptó, la puso a votación como si nada, y cuando leyó el resultado se dio cuenta –recién– de lo idiota que había sido. Por no saber contar hasta doce, se había regalado a la oposición.
En adelante, el intento del fujimorismo por desconocer ese resultado solo haría peor las cosas.
Este es uno más de los tantos errores idiotas del fujimorismo en menos de 90 días. También es una prueba de que sus ánimos mafiosines y delincuenciales siguen intactos (¿Cómo llamar si no a su intento de desconocer una votación?). Pero a la vez es algo que, quizá, hace unos meses no hubiese pasado. ¿Se imaginan en el Congreso pasado al fujimorismo perdiendo una votación por no contar los votos? Idiotas sí. Descuidados no.
El origen de este problema va más allá de las claras carencias de Carlos Mesía, quien realmente es un chancho en un árbol (nadie sabe cómo llegó tan alto). En realidad, se debe a lo que podríamos llamar “estirada de moco”. Hasta hace unos meses, el fujimorismo controlaba el Congreso unicameral con cierta destreza, con cierto éxito, y así lo hizo durante diez años. Luego ganó las elecciones, y el Congreso se volvió bicameral. De pronto, tenían muchas más cosas que manejar, pero solo contaban con la misma gente de siempre: Miki Torres, Galarreta, Rosángella Barbarán, Martha Chávez, Martha Moyano, Jacques Rodrich, Patricia Juárez, Diethell Columbus. Son como un cielo limeño en un día de otoño: todo es gris. Son como un cielo limeño en una noche cualquiera: no hay ninguna estrella.
Entonces, ¿Cómo haces para manejar el aparato del Estado, junto a las dos cámaras del Congreso, con los mismos pescados que has tenido siempre? Sencillo: no puedes. No se dan abasto. Se les cuelan las cosas. No tienen gente ni para ministros. Pueden hacer jugarretas para conseguir las facultades, pero se te va la delincuencia entre las piernas. Viajas a Piura para ver cómo se instalan las mallas, pero uno de tus senadores no sabe contar votos y el otro falta a la sesión. Quieres hacerte la mano dura con dos hombres armados hablando detrás de ti, pero solo puedes proponer el corte de pelo obligatorio a los escolares.
No pueden con todo. No tienen la gente. Tampoco la inventiva ni la capacidad ni la inteligencia. Solo tienen la intención, las mañas y el ánimo autoritario, pero eso no basta. Para instalar un autoritarismo no basta con la voluntad. Se necesita hasta carisma, y Keiko no lo tiene. Ella no puede ni con el fenómeno de El Niño.
¿Qué hace entonces? Estira el moco lo más que puede. Intenta manejar todo con lo poco que tiene. Y los mocos, como sabemos, no se estiran tanto. Se rompen rápido. Y su popularidad ya empezó a chorrearse. Pobre Keiko. Eso le pasa por rodearse de tanto zoquete.
16-10-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 802 año 17, del 16/10/2026
