Delirio ayahuasquero: El amazónico De Soto

Patricia Wiesse

Volvemos a ocuparnos de Hernando de Soto y sus delirios amazónicos, ahora que es el asesor de Keiko Fujimori en temas de pobreza y que amenaza con arreglar el problema de la titulación en la Amazonía con su equipo de “especialistas”, cuyo profundo conocimiento ha sido adquirido en ocho meses, a diferencia del de los antropólogos a los que llama “la izquierda intelectual amazónica”, que se demoraron cuarenta años en entender la cosmovisión y la organización indígenas.

Tratamos en vano de conseguir una entrevista con los especialistas del Instituto Libertad y Democracia (ILD) para que nos expongan su concepción de desarrollo para la Amazonía y los descubrimientos que habían realizado. Seguimos esperando. Por eso hemos recurrido a los dos productos mediáticos producidos por Hernando de Soto y su equipo luego de los sucesos de Bagua, cuando parece que el economista descubrió la existencia de los awajún y los otros sesenta pueblos indígenas en un territorio que abarca casi 783 mil kilómetros cuadrados.

El primer producto es el video El misterio del capital de los indígenas amazónicos, al que se le puede hacer polvo desde varios ángulos: por su pobreza estética visual y por ser un producto denso y convencional que se convierte por momentos en una conferencia con power point, destinada a que el ego más grande del Perú desborde el encuadre durante veinte minutos. De Soto es reportero, experto, productor que coordina los viajes con sus invitados en inglés (“Hi, Julie, I’m Hernando”), la estrella que baja del avión robando cámara en todo momento. El clímax de la historia llega cuando, muy histriónico, exclama con voz engolada: “Dios está en los detalles, y en los títulos también” (sic).

Sobre la propuesta que propagandiza, está llena de trampas, como lo ha señalado ya el antropólogo Alberto Chirif: “Ha montado un espectáculo, con Bobby y otros indígenas traídos del Norte, con la intención de demostrar que la propiedad colectiva no es verdadera propiedad y que constituye un freno para el progreso y la superación de la pobreza”.

De Soto no ha descubierto nada

Y desde hace meses amenaza con sacar un segundo producto mediático. Esta vez se trata de un libro en el que va a hacer lo que mejor sabe: marquetearse. Ya desde el título —La Amazonía no es Avatar— promete sorprendernos con efectos especiales, 3D y fuegos artificiales para al final decir, con otras palabras, lo que cualquier primerizo en selva sospecha. Hace afirmaciones obvias como que más del 80% de la población amazónica ya ha optado por algún tipo de articulación con el mercado; que ellos desean acceder a los beneficios de salud, educación y tecnología; que los comuneros prefieren controlar su destino antes que alienarse, aunque les cueste ingresos. Da explicaciones pretenciosas mencionando la Segunda Ley de la Termodinámica y el concepto de entropía para llegar a la conclusión de que todo se degrada y desordena. Cita, rimbombante, a Darwin y Aristóteles, y adecúa sus teorías a las suyas, a las de siempre, que se resumen en unas cuantas ideas-fuerza (su abc): a) la Amazonía debe incorporar la visión empresarial capitalista; b) el derecho de propiedad y el derecho empresarial son la protección que requieren para enfrentarse a la globalización y crear riqueza; c) los actuales títulos de propiedad no son confiables para el mercado porque tienen una serie de errores. Y la conclusión final: la prosperidad a la que aspiran los indígenas peruanos —que les permitirá salir de la pobreza, tener acceso a los servicios, etcétera, etcétera, etcétera— solo llegará con los instrumentos modernos de la economía de mercado.

Consultamos a un verdadero experto en Amazonía, Carlos Soria, quien sostiene que el Instituto del Bien Común tiene desde hace muchos años un sistema de información de comunidades nativas, que ahora es parte de la base de datos del Ministerio del Ambiente. Se sabe todo lo que está titulado, hay una lista aproximada de lo que falta y de los polígonos que tienen problemas de superposición. Es cierto que los indígenas muchas veces no tienen copia de sus planos. “Varios de los problemas que De Soto señala existen, pero la solución pasa por que el Estado garantice la propiedad comunal”, añade Soria.

El otro sendero amazónico

De Soto trata de transplantar una realidad urbana a otra diametralmente diferente en la que el valor del territorio no pasa por que esté titulado. Recomendar a los indígenas que parcelen sus tierras para obtener títulos individuales es zurrarse en su cosmovisión. No se puede palanquear una realidad para que encaje con la economía de mercado.

“El mercado se consolida donde hay ejes de desarrollo como los puertos y carreteras. Allí están los aserraderos, los centros de acopio. Pero la realidad de la Amazonía Baja es la de una economía de subsistencia. También hay comunidades nativas vinculadas al comercio. Hace treinta años que existen empresas comunales en el río Tambopata, asociadas exitosamente con empresas de turismo, y sus títulos de propiedad no han sido impedimento para nada”, sostiene Carlos Soria, quien conoce una serie de experiencias buenas y malas. “En la FECONAYA se inscribieron como empresa y a los tres años llegó la SUNAT a cobrarles. ‘¿Impuestos de qué —dijeron— si no hemos hecho ninguna operación?’ Les habían puesto una multa por estar inscritos y no haber declarado”, refiere.

El gurú advenedizo, como el propio economista se ha definido, sostiene que la madera sube de valor desde que sale del monte hasta que llega al puerto del Callao, y que los indígenas, si forman sus empresas, podrían aprovechar eso. Soria sostiene que no es tan fácil: “En los años 80, los yanesha formaron su cooperativa forestal, y USAID los apoyó con varios millones de dólares. Pero la economía de la madera está dominada por 35 empresas que mueven alrededor de 200 millones de dólares, que les compran la madera a los indígenas y que no van a dejar sus espacios porque a De Soto se le ocurre”.

Delirante

Últimamente De Soto parece estar siempre al borde del delirio, como cuando declaró que la captura de Bin Laden se debió a que se había escondido en una casa titulada; o como cuando dice que “Dios está en los títulos”; o como cuando cree que puede solucionar los problemas ancestrales de las comunidades nativas con su fórmula título de propiedad = desarrollo. El diagnóstico de una realidad tan compleja no puede hacerse desde un lodge amazónico.

Una entrevista a Frederica Barclay

—¿Qué opinas del texto de Hernando de Soto “ La Amazonía no es Avatar”, que se anuncia como libro?

—Me parece que el texto publicado como suplemento —de muy mal gusto al cumplirse un año de los enfrentamientos de Bagua— no resiste un análisis de rigor. Es sustancialmente una pieza de publicidad a la manera como exponían sus teorías los llamados publicistas del siglo XIX, solo que con nuevos recursos mediáticos, aunque dice que es una propuesta para entrar al siglo XXI.

—Una entrada que no les ha significado a los pueblos indígenas mejores condiciones.

—Al contrario, han entrado al siglo en medio de la mayor lotería de concesiones petroleras, a la que se han sumado las componendas para entregar territorios indígenas y áreas protegidas a las empresas mineras, como en la Cordillera del Cóndor.

—¿Será porque no resiste un análisis de rigor que Editorial Norma todavía no se anima a publicar el libro?

—No sé, pero en su página web lo anunciaban para septiembre del año pasado. No hay señales de que esté por aparecer o de si se han dado a corregir las mil y un inexactitudes que ya otros han señalado.

—Hay que tener un ego muy grande para creerse experto en ocho meses, ¿no? Porque dicen que eso ha durado su estudio de campo.

—Como señala Javier Iguiñiz con referencia al video, el trabajo destaca por su “opacidad metodológica”, pero esto no es casual. En realidad la mezcolanza de conceptos, categorías y los datos mal consignados sirven al propósito publicitario de su propuesta. Hace como si quisiera convertir en activos los territorios indígenas, pero su motivación es precisamente cómo convertir sus tierras y recursos en activos para que puedan ser digeridos directamente por el mercado de capitales. Y eso no es nuevo: los indígenas, como personas, ya fueron esa cuasi propiedad perfecta con los mecanismos del mercado que ofrece ahora para sus tierras. Hubo un tiempo en que ellos —o sus deudas de consumo contraídas de manera forzosa— fueron transferibles, convertidos en capital, en garantía. Lo único que no había era responsabilidad limitada, y por eso las obligaciones se transferían a los hijos.

—¿Y eso ocurrió hasta cuándo?

—Hasta hace poco, hasta la década de 1980, cuando las denuncias de AIDESEP y la OIT fueron escuchadas y esas comunidades vieron por fin garantizada la propiedad de sus tierras, lo que los liberó del control de sus patrones. Mira, puede ser que De Soto y su equipo hayan trabajado ocho meses en el campo, pero si acaso querían entender los riesgos y oportunidades de los pueblos indígenas, se les chispoteó. Yo creo que en este caso Hernando de Soto actúa como un vendedor de sebo de culebra en terno.

—¿Ni siquiera le concedes que su análisis de la realidad de los títulos comunales concuerda en varios puntos con lo que los especialistas saben hace mucho?

—Para comenzar, De Soto y sus colaboradores no han entendido que la propiedad de los territorios indígenas no la otorga el Estado: es un derecho anterior a nuestra constitución como república, que simplemente reconoce porque está obligado por la Constitución y por la legislación internacional. En lo que sí tiene razón es en que obtener ese reconocimiento legal toma una inmensidad de tiempo, y cuesta. ¡Y cómo cuesta! Las tarifas del PETT y de Cofopri para titular comunidades deberían ser materia de una investigación por parte de la Defensoría del Pueblo. De Soto sostiene que los títulos no tienen valor, pero lo que está devaluándose aceleradamente en el país es el contexto institucional y político que brinda las garantías al título y sobre todo a los derechos. Cada quincena o cada mes vemos un intento por parte de este Gobierno de debilitar el peso legal de los títulos, perforándolos por todos lados para permitir concesiones, obras de infraestructura que obliguen al desplazamiento de las personas, etcétera… La propuesta de De Soto es en ese sentido más radical. A qué andarse con negociaciones uno por uno; peor aun, teniendo que reconocer su autonomía (reclama que “tienen derecho a sus propias reglas”): dejemos que la mano invisible del mercado haga su trabajo sin ensuciar las de los gobiernos y complicar la gobernabilidad. Está cantado que, si gana la señora Fujimori, ésa será la ruta que ensayará.

—De Soto habla de los seis mitos de Avatar que han sido creados por los expertos; uno de éstos eres tú.

—Te confieso que me aburrí pronto en esa sección del suplemento. ¡Quién le habrá dicho que creemos que la Amazonía es un paraíso comunista donde no existen los derechos privados, si en los pueblos amazónicos hasta el conocimiento puede tener dueño! ¿Dónde habrá oído que alguien sostenga que no quieren hacer negocios? Mitos son lo que él sostiene: que si los árboles de las comunidades indígenas se registraran como propiedad privada, un palo de caoba sería pagado a 12 mil dólares, menos el flete puesto en el Callao. ¡Ése sí es un verdadero cuento chino!

http://www.revistaideele.com/node/1000

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