El euro, ¿ésa es la cuestión?


Enric Llopis

El próximo 25 de mayo se celebrarán las elecciones europeas. Pero hace tiempo que en el campo de la izquierda se viene polemizando sobre la conveniencia o no de romper con la moneda única. En ambos bandos se esgrimen argumentos de estrategia y táctica política, pero también de análisis puramente económico. Proponer el abandono del euro, ¿permitiría acumular fuerza política y evitaría, además, que la extrema derecha se apropiara de un discurso movilizador? ¿O asustaría a la población por los efectos dañinos y el empobrecimiento que generaría? Muchas de las ideas (favorables y contrarias) las han expuestos los economistas Alberto Montero y Amat Sánchez, en un debate organizado por el Seminario Crítico de Ciencias Sociales de la Universitat de València.

En España el debate en torno al euro ha trascendido poco, pero en países como Francia e Italia se ha planteado con más vigor. Organizaciones como Plan B (escisión de Syriza) o el Partido Comunista de Portugal han propuesto para sus países la salida de la moneda única. Oponerse al euro no implica dejar de considerase “europeísta”. Ocurre sin embargo, en esta Europa del euro, que se han disuelto, minado, socavado, los valores que legitimaron la construcción de la UE. Esto es lo fundamental y lo que justifica la ruptura del marco actualmente establecido, sostiene el profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga y vicepresidente del Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), Alberto Montero.

¿Qué elementos legitimaron en un principio la construcción europea? En primer lugar, frenar las pulsiones imperialistas de Alemania que concluyeron en dos guerras mundiales; además, construir modelos de “bienestar” que tuvieran a los estados-nacionales como punto de partida; por último, en un mundo crecientemente globalizado y en el que los agentes supranacionales “parecen” (sería éste un vasto debate) superiores a los estados-nacionales, instituir un bloque económico y político (la Unión Europea) que permitiera negociar y contrapesar a los actores transnacionales. Hoy, según Alberto Montero, “los factores de legitimidad se están viniendo abajo”. Pero hay un factor añadido y esencial: “la ausencia de un demos europeo”, remata el economista.

De hecho, Europa se configura cada vez más como un espacio para la rentabilización acumulada de capitales, en la que la idea de la “Europa de los ciudadanos” parece definitivamente postergada. Y estas dos ideas resultan muy difíciles de conciliar. Por un lado, la “Europa del capital”, en la que se profundiza día a día. La componen los agentes transnacionales europeos y la oligarquía financiera e industrial, “pero no únicamente la alemana”, matiza Montero. En el lado más débil, hundida por la crisis y el descomunal déficit democrático, la aspiración a la soberanía de los pueblos.

Concluye Alberto Montero que el papel del euro es “esencial” en el panorama descrito. A veces se afirma que muchos de estos problemas estarían asimismo presentes sin la moneda única. Pero estas afirmaciones obvian que el euro es muchas cosas al mismo tiempo. De entrada, la expresión última de un proyecto en el que se ha ido cooptando al poder político para convertirlo en un agente más de las elites industriales y financieras. En otras palabras, el euro es un elemento absolutamente funcional a la Europa del capital, que ha configurado un amplio espacio de rentabilización en el que los gobiernos cuentan con muy escaso margen de maniobra. Los estados han perdido, además, la soberanía monetaria. Impera el mercado, sin contrapoderes, actuando como mecanismo amplificador de las desigualdades entre el centro y la periferia de Europa.

Asimismo, en la Europa del euro, sostiene Montero, el principal elemento para ganar en competitividad es empeorar las condiciones laborales y sociales, ya que no son posibles las devaluaciones monetarias. En el ámbito de la política, cada vez se dan menos elementos democráticos en la toma de decisiones, ya que éstas se adoptan cada vez más mediante acuerdos intergubernamentales o iniciativas tecnocráticas. Conclusión: el bienestar de las poblaciones cada vez tiene menos fuerza como principio de legitimación en la UE. Por lo demás, la capacidad de negociación entre poderes económicos transnacionales y poder político (nacional o supranacional) tampoco existe, ya que estos han sido cooptados.

En esta coyuntura, los partidos de extrema derecha y los grupos nacionalistas pueden convertirse en la tercera fuerza política tras las próximas elecciones europeas. ¿Qué hace, mientras, la izquierda? “No ha sabido entender la naturaleza de la crisis económica y la funcionalidad del euro a la misma”, opina el profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga. Y añade que, a su juicio, hay que salirse el euro (junto a otras medidas, como quitas de la deuda o un proceso constituyente). Porque, si se habla del estado español, no existe -en el vigente estado de cosas- la posibilidad de un proceso de transformación social ni de recuperación de la economía productiva. “Se nos condena a la dependencia y a convertirnos eternamente en el Mezzogiorno europeo”.

Un dato para el análisis: la tasa de paro en España era del 7% en el momento de mayor auge de la “burbuja” inmobiliaria. Una tasa muy elevada, incluso, para el contexto europeo. Informes de la OCDE y otros organismos internacionales apuntan para los países del Sur (España o Grecia) tasas de desempleo a largo plazo superiores al 20%. Ahora bien, todo esto no significa que abandonar la moneda única no tenga costes, subraya Alberto Montero. “Lo que ocurre es que mantenerse en el euro los tiene, sin que sepamos si van a terminar ni cómo”.

El profesor de Economía Aplicada en la Universitat de València, Amat Sánchez, matiza la anterior intervención y sostiene una posición antagónica, porque ya de entrada afirma que el euro (salirse o no del patrón monetario) “no me quita el sueño”. “No es el problema más importante”, agrega. Los problemas fundamentales son otros, y no están causados fundamentalmente por la moneda común. ¿Cuál es, en definitiva, la esencia del debate? “Si cuestionamos las actuales políticas neoliberales, basadas en los recortes y en la austeridad”, responde el economista. “¿Esto lo vamos a conseguir fuera del euro?”, se pregunta. En ocasiones, cuando se dice que los males económicos proceden del euro, se idealiza el “mundo de la peseta” y la situación anterior a 1986 (año de integración de España en la Comunidad Europea.

Porque la responsabilidad de las deficiencias en el modelo productivo, las desigualdades socioeconómicas y la precariedad en el mercado de trabajo constituyen lacras de la economía española ya en la década de los 80, e incluso antes, pero en todo caso son anteriores al ingreso en la moneda común (año 1999). Es más, la posición periférica del estado español en el espacio económico europeo y mundial también es anterior al euro. Si se echa un vistazo al sistema político, afirma Amat Sánchez, sucede lo mismo: la escasa participación ciudadana y la gestión tecnocrática de lo público son claramente anteriores. Por último, la contraposición de intereses entre la Europa del capital y la Europa social y de los ciudadanos es previa al proceso de unificación monetaria. Otro de los problemas, a juicio del economista, reside en la asignación de responsabilidades. “Me preocupa que se le achaque exclusivamente al proceso de construcción europea y al euro por una razón: ¿Dónde queda entonces la responsabilidad de las elites políticas y financieras españolas? ¿Qué ocurre, por ejemplo, con las bolsas de fraude fiscal internas?”.

Otro asunto es la recuperación de la soberanía nacional. Afirma Amat Sánchez, trazando un paralelismo con lo que ocurre en los municipios, que en ocasiones se defienden los pequeños ayuntamientos y los poderes locales, cuando realmente tienen en la práctica muy poco poder frente a los promotores inmobiliarios o las iniciativas de “fracking”. Volviendo a lo macro, al marco europeo, “pensar que el estado español va a disponer de un margen amplio de soberanía real fuera del euro, me parece una idealización”. ¿Implicará ello una moneda fuerte? ¿Una balanza de pagos superavitaria? ¿La reducción de la deuda? ¿Mayor poder y capacidad de influencia geopolítica? Pero no sólo eso. Se pondría en manos de los que han generado la crisis la capacidad de efectuar devaluaciones monetarias.

Estas devaluaciones, además, podrían tener costes muy importantes y no garantizan en absoluto que no se continúe con la reducción de costes laborales (la otra vía de “devaluación competitiva”, junto a la monetaria). Por último, los costes, innegables y tangibles, que implicaría romper con la moneda común no sólo serían muy importantes, sino que tampoco se distribuirían de modo equitativo. De hecho, las importaciones más caras y la consiguiente inflación afectarían sobre todo a las clases populares. La clave, así pues, para Amat Sánchez es la siguiente: ¿Cómo revertir, a escala europea y estatal la orientación de las políticas neoliberales, privatizadoras y de ajuste? El gran resto consiste en cuestionarse estas políticas, “que tienen una larga tradición en este país”. “Otra cuestión es que por el cuestionamiento de estas políticas nos echen del euro”, agrega el docente.

Alberto Montero Soler detalla las condiciones en que, a su juicio, tendría que plantearse la salida del euro, esto es, si hubiera una correlación de fuerzas suficiente para impulsar una “gran coalición” que apostara por un proceso constituyente, entre otras iniciativas de ruptura. De ese modo podría plantearse un cambio en la “tendencia histórica” de este país y -en consecuencia- pugnar por una recuperación de la soberanía económica. “Si el euro estuviera al servicio de otro proyecto, yo no lo discutiría, pero el problema es los intereses a los que sirve”. La polémica no debe plantearse en abstracto: “Hablamos en una coyuntura histórica concreta y con unas políticas -vinculadas al euro- muy determinadas, con una Europa dividida entre los intereses del centro y la periferia”. “El análisis realizado por Anguita hace dos décadas es el punto al que hemos llegado”.

El vicepresidente del CEPS pide dejar de lado el “pensamiento amable”, analizar “escenarios reales” y, sobre todo, contar con alternativas concretas preparadas para el momento en el que pueda producirse la ruptura. Circulan propuestas como las de una “moneda paralela”. Un estudio del Banco Central de Finlandia (país que forma parte del Centro y teóricamente beneficiario por la división Norte-Sur en la UE) ha previsto la posibilidad de una salida del euro y, como elemento de transición ante ese escenario, la implantación de una “moneda paralela”. En definitiva, “vivimos una situación catastrófica desde el punto de vista democrático” y, en ese contexto, plantear la ruptura con la moneda común “amplía el horizonte de lo políticamente posible”. Ésta es precisamente una de las grandes claves.

Además, el escenario de ruptura (aunque se oculte) ya está presente en la Unión Europea. Aunque el problema es que la están imponiendo las elites políticas y económicas, no las clases populares. Por la fragmentación de la clase trabajadora, los fenómenos de aislamiento e individualismo y otros factores, tampoco se avista un sujeto definido con el que afrontar los procesos de cambio. Así, ante la ruptura unilateral planteada por las clases dominantes, el objetivo es romper con el actual estado de cosas por el lado de la gente común. “La solución es claramente política”, concluye Alberto Montero.

¿Qué podría ocurrir fuera de la moneda única? De entrada, las políticas de austeridad son las únicas funcionales a la dinámica de acumulación de capital que impone el euro. Asimismo, Alemania se niega, en el marco actual, a que se introduzcan cambios y transformaciones (modificar el rol del BCE, eurobonos, etcétera). Es cierto que, frente a ello, fuera del euro, las posibles devaluaciones de moneda tampoco constituyan ninguna panacea, pero al menos, según Montero, la recuperación de la soberanía monetaria dotaría de margen de maniobra a los estados. Es cierto también que las importaciones resultarían más caras, pero también lo es que, con una moneda menos competitiva, muchos productos podrían volver a fabricarse en el estado español. Y lo que no es asunto menor, habría un mayor margen para economías autosostenidas, autocentradas y de proximidad, que enlazarían con la idea de que “otra economía es posible” que “hemos defendido siempre desde la izquierda”, remata Montero.

Cuestión polémica, sin embargo, es que exista una estrecha vinculación entre el sistema euro y la austeridad. Según Amat Sánchez, es cierto que las políticas de austeridad se han reforzado con la crisis, pero no son algo reciente. Por ejemplo, en el caso del estado español, los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977) ya ponen en el centro las “políticas de estabilización” económica. En todo ello, sin embargo, hay muchos mitos que las elites políticas y económicas propalan interesadamente. Como la necesidad de combinar “austeridad” y “reactivación”, lo que a juicio de Amat Sánchez, es como insuflar aire a la rueda de una bicicleta al tiempo que ésta se deshincha. Un imposible.

Es cierto que las políticas de austeridad llevan a la destrucción de empleo, pero también al recorte de prestaciones, en la sanidad y educación pública, dependencia, pensiones o servicios sociales. Pero también a recortes en los salarios (que no han dejado de perder participación en la renta nacional a favor de las rentas del capital). Más aún, “se está aprovechando la crisis para cambiar el modelo”, asegura el profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València. En la transición española se hicieron concesiones con el “sobreentendido” (que luego ha resultado un error) de que determinadas conquistas no se “tocarían”. Pero actualmente, con la coartada de la crisis, se está cambiando el modelo de sanidad, educación o pensiones, áreas que además están sirviendo como vías de acumulación de capital. El objetivo final es que el sistema financiero y la iniciativa privada se queden con el sistema de servicios públicos. Todo ello con propaganda y muchos tópicos, porque, se pregunta Amat Sánchez, ¿Por qué las pensiones públicas están en riesgo y no podrán pagarse pero las privadas sí?

Repiten los portavoces oficiales que el problema reside en la deuda pública, que se ha disparado con la crisis. Como alternativa, según Amat Sánchez, a veces se dice sin más que una parte de la deuda no ha de pagarse. Pero habría que pormenorizar más. Primero, se ha de delimitar qué parte de la deuda es “ilegítima” (por ejemplo, pueden considerarse las ayudas públicas a la banca, pero en otros casos no está tan claro; cuando se determinan como “ilegítimas” las obras “faraónicas”, hay que tener presente que en muchas ocasiones la gente las pedía).

Por último, las devaluaciones monetarias (después de abandonar el euro) que, según Amat Sánchez, tendrían implicaciones muy serias en el modelo productivo español. Además, la devaluación es una de las demandas tradicionales del sector industrial español más retardatario. Si se repasan los textos de los primeros 80 y el periodo 2008-2014 puede comprobarse que son idénticos. Esto significa que se ha avanzado muy poco y se ha hecho efectivo el adagio de que “la mejor política industrial es la que no existe”. En definitiva, según Amat Sánchez, es cierto que la salida hay que buscarla en otro modelo de sociedad y de consumo, pero también habría que ver en qué medida la gente lo va a compartir y va a sumarse a este proyecto.

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