No votaré por mi gato

Marco Avilés

El hombre es el único animal que acude a votar. Especies consideradas menores, como los gatos, no sienten impulsos democráticos, no forman partidos políticos, ni eligen alcaldes. Tampoco alientan las guerras, no hacen lobbies a cambio favores, ni se roban el dinero de la ciudad. Esta característica felina es importante. Los gatos tienen uñas largas pero solo las usan para malograr los sofás.

Ciertas personas, por el contrario, cuidan los sofás de la casa pero tienen debilidad por apropiarse de los bienes ajenos. Este rasgo es más constante en individuos que carecen de méritos dentro de su comunidad (carreras exitosas, logros profesionales, libros, premios) pero que, de repente, un día aparecen en los medios de comunicación ejerciendo de candidatos políticos y hablando con poses de mesías. Llegó la salvación. Volvieron las obras. Yosí, ellos no. Eso dicen. Las ciudades se vuelven mercados densos. La bulla huele mal.

Todo candidato es un profeta de sí mismo. Se atribuye milagros (yo hice) que nadie avala y profetiza un mañana (yo haré) que nadie puede asegurar. Los candidatos cantan. Bailan. Se gritan de vereda a vereda. No importa mucho lo que van diciendo por ahí. Lo que callan es más interesante. ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿A quién le han ganado? ¿Les gusta robar? ¿Cuánto? ¿Mucho? ¿Poquito? ¿Le robaban a mamá?

La democracia esconde un castigo que parece tramado por el dios de Caín. Cinco criminales pueden hacer campaña para ser alcaldes de la ciudad. Por norma, uno de ellos tendrá que gobernar.

En el mundo de los gatos no existen tales problemas. Los felinos domésticos viven una especie de posdemocracia donde la necesidad de ir a trabajar (o cazar, para hablar con propiedad) ha sido abolida por la gracia del hombre. Los gatos duermen, juegan y comen mientras el dueño de casa se rompe el lomo. El resto del tiempo, Michifuz practica su pasatiempo favorito: observar a los humanos.

Los gatos no son indiferentes a las personas, como arguyen los que no entienden a esa especie. Todo lo contrario. Nos observan todo el tiempo. Advierten la pena, la enfermedad, la alegría, la ira de la gente, y se comportan de acuerdo a sus propias conclusiones. Entonces te acompañan, te entretienen, te cuidan, te celan, te reclaman.

Por todas esas características (y debido a su entrañable don de gentes), llegué a la conclusión de que mi gato Qori es el candidato ideal para ocupar los puestos de poder más importantes en el país. Es honrado. Limpio. Y le cae bien a los niños. Tú también deberías votar por él.

Mi peculiar decisión fue consecuencia de un cuadro severo de intoxicación noticiosa. Asuntos amorosos y de trabajo me mantienen desde hace varias semanas alejado de mi ciudad. Quince días antes de las elecciones decidí reconectarme con la coyuntura local y empecé una dieta informativa vía internet, picoteando noticieros, diarios, redes sociales y, ay, lo que dicen los egregios columnistas y líderes de opinión de la escena local. El golpe fue brutal como un subidón de colesterol.

Un día estaba en el bosque de Maine, aislado del mundo y leyendo los lindos cuentos de horror de Stephen King. Al otro día, vía online, había caído de regreso a ese mercado medieval plagado de candidatos y analistas políticos. Me sorprendió el discurso de los principales líderes de opinión. Algunos son periodistas cuajados, dirigen medios, escriben columnas, salen en la tele; analizan, comentan, desmenuzan y –guarda ahí– anuncian el futuro inminente. El futuro es un refrito para estos predicadores, que repiten sin cesar que las elecciones las ganará un señor de uñas largas (y para pena mía, no es gato). Los líderes de opinión tienen un púlpito. Lo que dicen lo escuchan muchos. Agitan el viento. Añaden bulla.

Faltaban dos semanas para las elecciones y estos predicadores ya sabían lo que iba a ocurrir el primer domingo de octubre. El señor que roba ya ganó. La señora que no roba ya perdió. El electorado decidió. Es la falta de educación. Desgracia. Horror. Este país de incultos. No tenemos electorado sino electarado. Fuchi. Jajaja. Se los dije. Eso más o menos era lo que decían y, por supuesto, citaban su fuente. Las encuestas de opinión.

Los predicadores asumían el mensaje del oráculo de distintas maneras. Para algunos, era un anuncio que merecía fuegos artificiales. Para otros, parecía un aviso de sequía, una profecía triste. Otros exhibían un gozo oscuro. Es culpa del electarado. Entonces pensé en mi gato Qori, como hago siempre que me siento solo y confundido, y cuando necesito un punto de vista de fuera de este mundo. Si ya todo está consumado –me dije–, y los ladrones volverán al poder, entonces solo me queda votar por mi mascota. Diseñé una imagen mental. El día de las elecciones, recibiría la cédula, entraría a la cámara de sufragio y dibujaría en el documento el símbolo político de Qori. La panza. Marcaría sobre ella una X firme.

Pueden llamarle un voto viciado. Para mí (y para mi gato) es un voto a conciencia.

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Los días y el cambio de estación han traído cierta paz a mi corazón confundido. No hay nada mejor para formarse una opinión política que estar lejos de donde vives. No voy a votar por mi gato. (Perdóname, Qori). Voy a votar por quien, desde un inicio (antes de oír a los predicadores), iba a hacerlo. Las encuestas no son la realidad ni mucho menos una ventana de lo que ocurrirá. Son aproximaciones frágiles a un futuro vago e inestable que podría ser pero que aún no es. Y aún es la palabra clave.

Nadie puede predecir el porvenir. Y menos un predicador que recibe información de segunda mano. No puedes confiar en los oráculos a menos que vivas en The Matrix o que acompañes a casa a Ulises después de la guerra de Troya.

En el periodismo solo existe el periodismo: las historias que hacen los reporteros y las que dejan de lado; los reportajes que se publican o los que no publican; las investigaciones que se emprenden y las que no. Las encuestas no son un tipo ni un género del periodismo. En realidad, no son realidad ni material confiable. Son una muestra fast-food y empaquetada de lo que dicen que dicen que dicen que dicen en la calle. Dato lejano. Insumo de alto riesgo.

¿En qué momento comenzaron a llenar los espacios (las primeras planas, las columnas, los programas de televisión, los informes e incluso nuestras cabezas y, por supuesto, las de los predicadores) donde bajo toda lógica tendrían que estar las historias periodísticas?

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Querido predicador, no nos digas quién va a ganar. Ya sabremos los resultados cuando ocurran. Haz periodismo, si es que eres periodista. Dinos qué, cuánto, cómo, dónde y para quién roba el que roba. Qué tan cabeza hueca es el cabeza hueca. Qué tan ratón es el ratón. Qué tan aprista es el aprista. Qué tan ineficiente es el ineficiente. Dinos con quién habla el que no habla. A quién le debe. A quién le reza. Explícanos por qué votará así el que va a votar de esa manera. Pero no nos cites una vez más las encuestas. Sal de tu oficina. Ensúciate un poco los zapatos. Conversa con la gente. Cuéntanos la historia. Dinos lo que no sabemos. Asume un poco de riesgo. Atrévete a decirnos lo que ni tú mismo sabes en este momento.

Aún falta una semana.

http://www.larepublica.pe/columnistas/locura-cotidiana/no-votare-por-mi-gato-28-09-2014

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