El plagio

Gustavo Faverón

Consideren estos dos hechos. El primero es que tenemos un cardenal arzobispo de Lima y primado de la Iglesia Católica en el Perú que, según ha confirmado El Comercio, plagia textos escritos por los sumos pontífices de esa Iglesia. El segundo es que descubrir eso no ha desembocado en un escándalo mayúsculo.

Los plagios de Cipriani documentados hasta la fecha en portales online y redes sociales, se produjeron, dos de ellos, en artículos de El Comercio, y, el tercero, en el sermón del Te Deum del 2014, es decir, en una ceremonia religiosa en la Catedral de Lima que fue atendida por el presidente de la República, ministros y embajadores, y que se transmitió en vivo por radio y televisión a todo el país. Los plagiados han sido un papa muerto, Pablo VI, y un papa retirado, Benedicto XVI, quien, recluido en un monasterio del Vaticano, debe de haber leído, nunca sabremos si con desencanto o sin sorpresa, la historia de cómo lo ha plagiado uno de sus cardenales favoritos durante sus años en el papado.

En manos de un cuentista experto, esa historia resultaría una sátira mortífera sobre la decrepitud ética de las altas esferas de la Iglesia y la corrupción de las figuras de autoridad moral en nuestra sociedad. Fuera de la ficción, es exactamente lo mismo, solo que sin sátira de por medio: es una fotografía de nuestra lamentable realidad.

Sospecho que la falta de escándalo no tiene solo un motivo moral —en el Perú ya nada parece indignante— sino además un motivo, digamos, educativo: para la mayoría de los peruanos ha de ser irrelevante que alguien asuma como propio el trabajo intelectual de otro. Una especie de hurto inmaterial no suena real en un país donde políticos poderosos están acusados de crímenes más tangibles sin que eso melle su éxito. ¿Robar ideas, robar palabras? ¿Cuánto mal puede haber en eso? La respuesta es: mucho mal. Pensar que este cardenal es quien pretendía regir el destino de la Universidad Católica, donde se enseña a respetar el pensamiento como un bien sagrado.

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