Perú: Nostalgia de la servidumbre

César Hildebrandt

Un sector del fujimorismo, aliado con el Apra, pretende desconocer una sentencia del Tri­bunal Constitucional.

Quieren volver a los tiempos gloriosos en los que Torres y Torres Lara interpretaba auténtica­mente y la jauría congresal vitoreaba y los magistrados del TC insumisos se iban a sus casas y el socio de Monte­sinos tenía cancha libre para volver a postular. Oh, qué tiempos aquellos. Era el chavismo en versión perua­na, el vómito autoritario de todos los días. Claro que la derecha, por aquel entonces, no sólo no protestaba sino que hasta aplaudía, Cómo no: las cosas salían de lo mejor con un gobierno que había hecho lo debido y había secuestrado el país.

Ahora quieren volver a las anda­das. Los empuja Mauricio Mulder, que sería el perfecto primer ministro de Keiko Fujimori porque es el per­fecto guardaespaldas de Alan García.

-Que nadie se meta con el Con­greso -dice Mulder, que alguna vez escribió un libro contra “la dictadura” de Fujimori.

El asunto es que el Congreso quiere meterse con la Constitución y con quienes la defienden. Y todo para calmar el sueño de la emperatriz Keiko, cuyas peores pesadillas consisten en imaginar un mundo que no la obedezca. Madame Keiko creció viendo a su padre hacer lo que quería y está convencida de que el liderazgo consiste en aplastar a quien se atreva a alzarle una ceja.

El fujimorismo es puro folklore. El fujimorismo dura hasta hoy porque, en muchos sentidos, encarna la peor esencia de nuestra identidad. Y uno de esos rasgos definitorios es que en estas tierras la ley es una incomodidad. Y la madre de las leyes es la Constitución.

De modo que Mulder, interpretando el espíritu montuno de un buen sector del fujimorismo, está convencido de que puede ganar. Vamos a ver si lo logra.

El espectáculo que da el Perú es penoso. No nos podemos poner de acuerdo en casi nada. El Perú es una víspera de guerra civil, el vestíbulo de un dinamitazo, el prefacio de una tragedia, las primeras líneas de una novela violenta.

Y mientras tanto, la atenta prensa suspira con nostalgia: Veinte años sin Lady Di. Oh, qué tiempos aque­llos. Todo era mejor cuando entre los Windsor volaban bragas y se intercambiaban cuernos mientras que en el Perú mandaba un hombre sombrío y duro que nos pateaba el trasero como si del mismísimo Pa­tricio Lynch se tratara. La nostalgia de la servidumbre siempre está a tiro de piel.

Publicado en: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 362, 1/09/2017 p. 7

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