¿Ojo por ojo y diente por diente o la otra mejilla?

Miguel Crispín Sotomayor

En la cultura machista de mi familia, y de muchas más, no se entendía que un varón llegara a la casa llorando porque otro niño de igual o mayor tamaño o edad le había quitado la merienda, roto la camisa o golpeado. La indicación inmediata era: regresa y fájate con él. No importaban los medios que emplearas ni los resultados, si vencías al contrario o eras vencido. Lo importante era que aprendieras a darte a respetar y que nadie se aprovechara de tu debilidad o ésta se convirtiera en hábito, que temblaras ante la presencia del agresor o te hiciera huir de él, es decir, te sometiera y humillara. En lenguaje callejero: no se podía ser pendejo.

Por supuesto que esa manera de educar a los menores ha sido rechazada por psicólogos y pedagogos con razones científicas y por otros que hemos progresado en esa materia.

Sin embargo algunas religiones no se han puesto de acuerdo al respecto y en la preparación de sus seguidores emplean dogmas entre sí contradictorios, como esos que indican que si te golpean en una mejilla pongas la otra y el de ojo por ojo y diente por diente, dogma éste en el que evidentemente habían sido educados mis mayores.

Por razones de crianza y posterior evolución ideológica mis conocimientos religiosos son escasos, pero no me impiden saber que esos dogmas son interpretados según la conveniencia de quienes ostentan el poder de decidir cuando acudir a uno u otro, y así ha sido desde el surgimiento de las clases sociales.

Lo de la mejilla se utilizó durante la conquista de América, los indígenas tenían que entregar su oro, plata, mujeres y trabajar sin chistar y si eran golpeados debían poner la otra mejilla; si no lo hacían y se rebelaban contra los conquistadores, entonces, éstos le aplicaban el ojo por ojo y el diente por diente, empleando lanzas, arcabuces y hasta caballos y perros, y no se les calificaba de terroristas porque ese término no se conocía todavía.

Posteriormente, durante la conquista del oeste norteamericano, recibieron igual “educación” las tribus que lo poblaban desde tiempos inmemoriales, y esa historia ha sido contada muchas veces, a conveniencia, en películas de “cowboy”. En esa época, como en la actualidad, había “salvajes” buenos y malos, según el dogma elegido. Y “héroes” como el general Custer y “terroristas” como “Toro sentado”, “Jerónimo” y sus “suicidas”.

Lo mismo ocurrió en otras partes, incluso en la hoy muy civilizada Europa, durante la esclavitud y el feudalismo. Solo recordaré a dos: Espartaco y William Wallace.

Luego se originó la Revolución Francesa y la Revolución Industrial en Inglaterra, para iniciar a la humanidad en el sistema capitalista y la posterior evolución de éste hasta la fase superior de Imperialismo, que hemos estado “disfrutando”´.

Es imposible mencionar en un corto espacio los hechos que ponen de manifiesto como han sido interpretados esos dogmas en este período histórico.

Muchas han sido las guerras y las agresiones de una nación a otra. Y cuando se habla de guerras se entiende, según la experiencia y el diccionario de la RAE (Real Academia Española): “1) Desavenencia y rompimiento de la paz entre dos o más potencias. 2) “Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación.”

Tampoco soy un experto en asuntos bélicos, pero ello me hace suponer, que es una guerra cuando todas las partes beligerantes deciden emplear unas contra otras los medios militares a su alcance, en cuyo caso el teatro de las operaciones es de hecho cualquiera de los territorios y objetivos de las naciones en conflicto. Por lo que al entrar en guerra hay que estar dispuesto a recibir en territorio propio la respuesta del enemigo y las bajas que éstas ocasionen. Es decir, tú me disparas y yo te disparo; me bombardeas y yo te bombardeo; destruyes mi infraestructura, mi cultura y yo destruyo la tuya. Lo que no puede ser entendido por asesinar civiles de uno u otro bando, eso en idioma español es genocidio, no sé si en inglés existe la palabra, parece que no.

También supongo que si las acciones militares la inicia uno o más y se desarrollan en una sola dirección y solo en el territorio de una de las partes, entonces no es una guerra: es una agresión. En cuyo caso, la parte agredida tiene derecho a responder con todas las fuerzas y medios que posea, e iniciar una guerra justa si no desea ser humillado y sometido.

Si nos acogemos a esta interpretación, en el Siglo XX y XXI solo han ocurrido dos guerras: la I y la II Guerra Mundial. El resto fueron y son agresiones.

Lo que ocurrió entre Vietnam y Estados Unidos no fue una guerra. Fue una agresión de Estados Unidos. Este último, arrojó muchas veces más bombas sobre Vietnam que las que se lanzaron en la II Guerra Mundial y Vietnam nunca bombardeó una de sus ciudades ni invadió el territorio norteamericano, aunque moralmente tuviera derecho a hacerlo. Tampoco Corea, en los años 50 del pasado siglo, ni Yugoslavia.

En los últimos años han sido agredidos Afganistán, Irak, Libia, Siria y Yemen. Cientos de miles de muertos, de ellos gran parte civiles, es decir, ancianos, mujeres y niños, les han destruido la economía y su cultura.

Pero no solo las agresiones se desarrollan con soldados, cañones, aviones y otros medios militares sino que pueden ocurrir mediante ataques a la economía, la salud y la cultura de un país con el propósito de dominar a su pueblo por el hambre y las enfermedades, derrocar gobiernos, apropiarse de su riqueza nacional y otros propósitos dañinos, en fin, cuando se emplean todos los medios de que dispone el atacante contra un enemigo menos poderoso como lo que ha estado haciendo Estados Unidos contra Cuba por casi 60 años y más recientemente contra la Revolución Bolivariana.

Evidentemente, en el transcurso de la humanidad, salvo pocas excepciones, han predominado las bofetadas de las clases y estados dominantes sobre el ojo por ojo y diente por diente de los oprimidos.

En este contexto los oprimidos no podemos tener dudas acerca del lado en que debemos estar ni el dogma que debemos escoger.

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