¡Yo no fui!

Maritza Espinoza

Aunque uno juraría que a los peruanos, siempre tan sufriditos pa’l castigo, ya nada puede sorprendernos, el último miércoles fue un día que marcará un antes y un después del caso Odebrecht, el escándalo más grande de nuestra historia reciente -después, claro, de que nos enteráramos, el año dos mil, que don Alberto Fujimori y su siamés, Vladimiro Montesinos, se habían levantado el país en carretilla-, pues fue cuando Jorge Barata, el inefable segundón de Marcelo Odebrecht, puso a bailar samba a toda nuestra clase política y a gritar, todititos en coro, como remedos desesperados del travieso Bart Simpson: ¡Yo no fui!

Claro, ya el mismo Odebrecht, el Santa Claus del cash electoral, había comenzado con las revelaciones sobre quiénes habían acudido a su casita en el Polo Norte, perdón, a sus siempre generosas arcas de la nunca bien ponderada Caja 2 (sí, aquella conocida como División de operaciones estructuradas, de donde salían los dineros para aceitar a todo candidato que levantara cabeza en las elecciones del 2006 para adelante), pero lo de Barata era especialmente atrayente, porque, como operador del mandamás, sabía no solo a quién, sino cuándo, dónde, cómo y por qué.

Así, ese bendito miércoles nos enteramos cómo Barata (quién, en brillante chiste en redes sociales aparece como serio aspirante al Oscar a mejor actor de reparto) priorizaba o postergaba a los candidatos según sus posibilidades de triunfo, calculando al milímetro cuánto le tocaba a cada pedigüeño, más o menos como cuando Vladimiro Montesinos decidía darle diez millones a Ernesto Schutz por su canalazo y apenas 50 mil verdes a Julito Vera, por su canalito: cifras en mano.

Y como las cifras no mienten, Barata reveló que la más favorecida con la generosidad de sus patrones fue nada menos que Keiko Fujimori, quien el 2011 recibió, en total, un millón doscientos mil dólares (primero unos 700 mil y, luego, los quinientos restantes, lo que explica prístinamente aquello de “aumentar Keiko para 500 e eu fazer visita”), a través de don Jaime Yoshiyama, el hombre que le manejó esa campaña y que, en el 2016, fue desplazado por los joaquines y pepechlimpers que luego le jorobaron la candidatura con sus entuertos.

En orden de desembolso, le siguen a Keiko don Alejandro Toledo, que el 2011 recibió 700 mil dólares (fuera, por cierto, de las coimas que reclamó siendo presidente); el actual jefe de Estado (siempre al borde de la vacancia) Pedro Pablo Kuczynski, con 300 mil dólares, también el 2011; y, last but not least, don Alan García Pérez, quien recibió una modesta alita de 200 mil dólares el 2006, siendo el único candidato al que los de Odebretch apoyaron en esas elecciones.

Mención aparte merecen, por cierto, don Ollanta Humala y doña Susana Villarán, quienes recibieron (una para la revocatoria y el otro para la segunda vuelta del 2011, que ganó) nada menos que tres millones de dólares cada uno, una barbaridad comparada con las cifras de los otros candidatos. Sin embargo, cabe destacar que el dinero fue desembolsado a regañadientes por Barata, quien no tragaba ni a la tía ni al etnocacerista, solo por presión de Inácio Lula Da Silva -el presidente del gobernante Partido de los Trabajadores, que tenía su cajita chica en la ya famosa Caja 2-, quien quería dar muestras de su fina cortesía a sus camaradas ideológicos en este lado del subcontinente.

Hasta lo dicho por Barata, solo había indicios seguros de lo embolsicado por Toledo y Humala, quienes, como buenos nuevos ricos, casi se hicieron selfies con el dinero de las coimas. La novedad de las declaraciones del miércoles es que echan en cancha a Keiko, García y PPK (y a sus intermediarios Jaime Yoshiyama, Luis Alva Castro y Susy de la Puente), que ya juraban que estaban pasando piola.

¿Hay que creerle todo a Barata cuando los implicados juran por sus madrecitas que no lo conocen ni en pelea de perros? Obviamente… ¡sí! Barata, quien al menor desliz podría perder sus privilegios de delator premiado y dar con sus huesos en la cárcel más común, no tiene razón alguna para involucrar a políticos peruanos, declarando en su propio país y sin ninguna presión. Ellos, por su parte, mentirán, mentirán, mentirán, hasta que aparezcan las pruebas en contrario.

Es más, la contundencia de sus revelaciones es tal que, precavidito, un día después salió el mismísimo don Roque Benavides, el namberguán de los owners of Perú de los que hablaba Carlos Malpica en su legendario libro, el más más del Bilderberg cholo (también conocido como el Club Nacional), a contar que, por si acaso, Odebrecht también había participado con 200 mil luquitas en la chanchita que los empresarios peruanos hicieron para tirarse abajo la candidatura de Ollanta Humala el 2011, claro, antes de darse cuenta que, una vez en la presidencia, igual podían domesticarlo cual perrito faldero (cosa que hicieron sin demora ni tardanza).

En fin, el baile de los millones ha sido tan desvergonzado que los peruanos deberíamos darnos de cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpidos de votar por semejantes granujas. Pero, claro, no aprenderemos jamás. ¿Cuánto les apuesto que el 2016, en segunda vuelta, vamos a estar votando, como borregos, por más de uno de estos impresentables?

http://larepublica.pe/domingo/1206219-yo-no-fui

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