Una revolución moral en ciernes

Jorge Rendón Vásquez

“La república de la corrupción podría estar engendrando una revolución”, es el título original de este artículo que analiza las perspectivas de la movilización ciudadana.

En el Perú hemos llegado al tope con el escándalo de la corrupción.

Hace tiempo los latrocinios de los caudales públicos abandonaron las sombras de la noche y los intersticios de la disimulación. Después, los corruptores y corruptos hallaron más cómodo echarle mano a esos recursos en plena luz del día, enarbolando la divisa “la plata llega sola”, cualesquiera que sean los procedimientos empleados: contratos de obras públicas, adquisiciones, ventas, resoluciones, sentencias, nombramientos, privilegios, indultos, financiamientos, etc, un repertorio tan nutrido como los cuerpos de una galaxia y siempre permeable a nuevas ideas.

Regla correlativa de este opus vetus es la proclamación de la inocencia de sus actores. Son las personas más impolutas del mundo, con certificados de buena conducta expedidos por sus colegas políticos, instruidos en el lema “otorongo no come otorongo”, y por ciertos fiscales y jueces cuyos nombramientos se anticipó con clarividencia, tras asegurarse de que la ética les era tan desconocida como el idioma de los esquimales en la prehistoria y de acordar en las células de sus partidos su acceso ya arreglado a esos cargos.

De ellos ha salido la frase: roba pero hace obra, popularizada desde la conquista hispánica cuando comenzó un teleculebrón de episodios de corrupción, o un corso de gobernantes aclamados en la cima de sus carros alegóricos por el aplauso emocionado de espectadores que los adoran, porque hacen y dicen lo que ellos también quisieran hacer y decir.

La historia de la corrupción en el Perú es, en suma, un largo poema épico de hazañas recogidas por la tradición y en expedientes de imposible trámite.

REVOLUCIÓN MORAL EN CIERNES

Una revolución sobreviene por la confluencia de tres factores: la indignación popular, una ideología de denuncia y propuesta y líderes que conduzcan a las multitudes indignadas.

En el Perú, la corrupción ha engendrado estos factores, aún en ciernes, pero ya identificables.

Cada día que pasa y se revelan nuevos casos de corrupción más gente se indigna y la repudia, sobre todo jóvenes, que irrumpen en las calles como un deber moral para que esta podredumbre desaparezca y sus autores sean conducidos adonde deben estar.

Hay una ideología de rechazo a la corrupción que descubre las causas, los procedimientos y los actores de esta, y comienza a delinear las maneras de erradicarla, cambiando las normas y expulsando a los funcionarios que la perpetran, activa y pasivamente.

Han surgido nuevos líderes sociales, no porque se propusieran serlo, como los políticos, ni porque hayan columbrado la oportunidad de aprovechar la situación.

De pronto, en el ejercicio de sus funciones, sincera y lealmente al servicio de la sociedad, se han encontrado a la vanguardia de la aspiración de las mayorías sociales de limpiar a fondo la ciénaga de aguas servidas con que la corrupción ha inundado a la República.

Son muy pocos por ahora: un periodista, dos fiscales y un juez, y sus equipos. Se diría cuatro mosqueteros, émulos del caballero de La Mancha, que personifican la conciencia moral de la sociedad peruana.

Es posible, por lo tanto, que una revolución moral esté comenzando en el Perú, una revolución popular protagonizada por grupos cada vez más numerosos de la pequeña burguesía estudiantil, intelectual, urbana, y auspiciada y aclamada por la mayor parte de la sociedad.

¿Estarán dispuestas a sumarse a este río humano las huestes que se proclaman de izquierda o, ignorando lo que sucede, se limitarán a observarlo desde las laderas de su cauce?

UNA MALIGNA MANIOBRA

Al presidente Martín Vizcarra le cayeron de maravilla los destapes de la corrupción y ha sabido utilizarlos para salir de su aislamiento y sobreponer la Presidencia de la República a los otros poderes del Estado. La consecuencia de esta movida ha sido la adhesión a sus planteamientos del 85% de la población electoral en el referéndum, con el efecto subsiguiente de poner en el suelo a las dos cabezas parlamentarias de la hidra de la corrupción trenzadas en una alianza, y subordinar a los otros grupos del Congreso de la República.

Pero Vizcarra no es una creación de este proceso. Es un representante de la burguesía provinciana con un pasado y creencias, que salta a la política nacional en la fórmula de Kuczynski con el apoyo y el dinero del poder empresarial, y luego llega a la Presidencia de la República, inopinadamente, cuando se revela que su jefe y mentor es otro pez gordo de la corrupción.

Por lo tanto, para el poder empresarial, Vizcarra nunca ha dejado de ser su hombre en el Poder Ejecutivo (como los presidentes anteriores), con la ventaja posterior de su popularidad ganada en el combate a la corrupción.

A los estrategas de este poder les ha sido del todo evidente el peligro de una incorporación masiva de los trabajadores y los habitantes de los barrios populares a la revolución moral contra la corrupción.

DERECHOS IRRENUNCIABLES

Para impedirlo su modus operandi ha sido el anuncio de que el Gobierno está dispuesto a reducir los derechos sociales con el pretexto de hacer más competitivas a las empresas; una maniobra con la cual esperarían lograr: por una parte, apartar a los trabajadores de la lucha contra la corrupción, creándoles otro frente, desprovisto del apoyo de los que ahora protestan; y, por otra, devolver a los empresarios la iniciativa para continuar eliminando esos derechos, esta vez encubriéndose tras la campaña mediática contra la corrupción.

La transacción del Gobierno con la alianza fujiaprista y otros grupos afines podría ser entonces la aprobación del proyecto de ley con ese contenido preparado por aquel.

Vizcarra y sus ministros no ignoran, por supuesto, que los derechos sociales son derechos patrimoniales adquiridos, indisponibles e irrenunciables por la Constitución Política, y que transferir su equivalente monetario a los empresarios sería un caso de corrupción descomunal.

Con esta propuesta, Vizcarra aparece jugando el rol combinado de un Quisling y un Kerensky.

Parece obvio que el lema de los trabajadores tenga que ser en este trance luchar contra la corrupción y, conjuntamente, por la defensa de los derechos sociales, suspendiendo sus discrepancias.

ALGO MÁS

En la historia del movimiento social y político de los trabajadores la lucha por sus reivindicaciones como clase nunca estuvo desvinculada de la lucha por la democracia y la moral.

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