Cumbres Borrascosas

César Hildebrandt

Se ha muerto Richard Hidalgo, un peruano que escalaba grandes cumbres. Ha muerto, al parecer, mientras dormía, en una escala de su ascenso al Makalu, la quinta montaña más alta del planeta, en la frontera entre China y Nepal. Tenía 52 años y retaba al oficio de montañista tratando de no usar el balón de oxígeno que lo acompañaba.

A los 52 años, su corazón ha dicho que ya estaba bien, que eso era todo. Ha muerto tratando de cumplir su cometido, que era trepar hasta la cima los catorce montes más altos del planeta. Era el homenaje que quería darle al Perú por el bicentenario del 2021. Este Sísifo de los Himalaya sabía de lo incierto de su oficio, de los peligros que corría, de las crueldades del hielo, de las guadañas del viento y de las caídas hondas de la nieve. Pero siguió haciéndolo. Como si el destino lo llamara a cumplir un mandato que a muchos parecía absurdo y hasta ingenuo. A Hidalgo le parecía importante lo que hacía y eso bastaba.

¿Qué aprobación necesita un héroe solitario? ¿De qué huía de modo tan grandioso este insensato? Quizás huía de lo que hemos hecho con nuestras ciudades, con el país, con el futuro.

Porque mientras él iba por la quinta cima, los congresistas iban por su sima enésima.

¡Qué espectáculo grotesco el de la Comisión de Defensa!

¡Qué papel el de quienes han ensuciado la política!

¡Qué agobio ver en qué hemos convertido la democracia mandada por delincuentes y bufones!

Hay quienes hablan de un imaginario Robespierre que con guillotina a la mano pretende instaurar el terror en la república templada que seríamos.

Con muy pocas excepciones, nuestros políticos no requieren muerte alguna. Están muertos de podredumbre. Perecieron de anacronismo. Se extinguieron en su obstinación por lo grotesco.

¿Quién quiere matar al fantasma de Humala, al espectro de Kuczynski, al manchón que queda de Susana Villarán ¿Quién querría demoler la Casa Matusita del Apra? ¿A quién se le ocurre que son decapitables madame Flores y mister Toledo? La señora Keiko, será nuestra María Antonieta?

No tenemos Revolución Francesa en el Perú de hoy. No la necesitamos. Hablamos de un largo cementerio donde Rosita Bartra ignora que sirve a una difunta y el fantasma de Edwin Donayre se pasea cerca del Pentagonito, que sigue echando humo.

Se creen vigentes, pero han caducado.

No escogieron cimas que vencer. Se quedaron en los sótanos de la pequeña conspiración vinculada a algún encubrimiento, a alguna pequeñez de prontuario. Son las sobras de una his­toria: la de nuestra república fallida.

Cuando, acorralado, Alan García decidió matarse quizá ignoraba que el verdadero García Pérez era un antiguo finadito. El real García Pérez de las grandes ambiciones y las metas sociales había sido enterrado a mediados del segundo lustro de la década de los 80 del siglo pasado. Desde ese momento un gemelo perverso adoptó esa identidad y reunió capitales. Quienes lo siguieron sabían que obedecían las leyes de ultratumba.

Pero no solo él. El nacionalismo de los Humala, el socialcristianismo del PPC, el rosadismo de la caviarada, el populismo autoritario de los Fujimori; todo tenía el mismo aire crepuscular.

Nadie mató a nadie en este escenario, tan poco shakesperiano. Los que parecen zombies, los que tienen esa palidez de escalofrío, es que decidieron morir, políticamente hablando, en la angostura de sus miras. Se olvidaron de las cumbres estos llaneros resignados.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 444 10/05/2019

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