Cerrar el Congreso sería un acto de higiene

César Hildebrandt

La asamblea forajida de Mamani y Bartra, de Becerril y Tamar Arimborgo, ha ampliado la inmunidad parlamentaria, la ha mantenido en los fueros del Congreso y pretende que la ciudada­nía confirme tal infamia en un referéndum.

Eso quiere decir que el Congreso se ha burlado de Martín Vizcarra, del primer ministro y de todos quienes en el gabinete le susurraban al oído al presidente que estos eran nuevos tiempos, que la borrasca había terminado y que esta vez sí que el fujimorismo conciliaba en bien del país.

Pues bien, el fujimorismo, como lo he­mos intentado decir mil veces en esta columna, posee el don de la inmutabilidad. Nació en la trampa, creció en el delito, se mantuvo en la impunidad. No es un partido sino una mafia alimentada electoralmente por la indignidad y sostenida financieramente por la cosecha de los 90 y los aportes de narcotraficantes y empresarios sin escrúpulos que se hicieron ricos cuando Fujimori remató empresas públicas a precio de ganga y dio leyes con nombre y apellido, ¿verdad, mister Chlimper?

La consejería babeante que le decía a Vizcarra que esta vez sí podía confiar en la buena fe del fujimorismo mentía deliberadamente o pecaba de una ingenuidad descalificadora. Si algo ha sostenido al partido de Alberto Fu­jimori, que hoy administra su hija también desde la cárcel, es su fe en la felonía.

Cuando la izquierda tarada votó por él creyendo que en su gobierno no habría programa de reajuste, Fujimori la hizo sushi traicionándola y decretando el programa económico que ni Vargas Llosa había prometido. Cuando Francisco Loayza supuso que iba a ser asesor principal de Palacio -lo había sido durante la campaña- se encontró con que Vladimiro Montesinos, a quien él había acudido para sacar a Fujimori de sus oscuridades tributarias, lo había reem­plazado. Cuando los evangélicos creyeron que tenían un vicepresidente de la república -el pobre Carlos García y García-, Fujimori ordenó a sus edecanes que no lo dejaran entrar ni por la puerta lateral, la que da a Desamparados. Cuando Susana Higuchi creyó que Alberto la iba a tratar como mujer del mikado se encontró un día con el desprecio. Fue entonces que decidió contarle a la prensa cómo era que las hermanas de Alberto se robaban las donaciones japonesas y cómo el propio Alberto, a través de una fundación ad hoc, se apropiaba del cash llegado de sus islas. Después de eso, Susana fue encerrada en Palacio gracias a una cerradura sopleteada. “Hasta que se calmara”, dijeron. Cuando Alan García estaba tranquilo después de haber “creado” a Fujimori, junto al gringo Thomdike y su “Pájina Libre”, y de haber­ lo asesorado para el debate con el escritor que había anunciado el apresamiento de los bribones del Apra, un día llegó un pelotón de asalto para atraparlo. García se escondió en un reservorio de agua y se asiló en la embajada de Colombia, que es lo único en que pudo imitar al honrado Haya de la Torre.

El fujimorismo es la extensión de la historia personal de Alberto Fujimori, el peruano que pudo candidatear a una senaduría japonesa porque también era súbdito del imperio.

No lo olvidemos: después de la derrota apretada ante Kuczynski, lo primero que hizo la heredera de la dinastía Fujimori fue anunciarle al país que ella cumpliría con su programa de gobierno desde el Congreso, ámbito que pudo controlar a pesar de haber tenido menos del 30% de los votos efectivos. Y eso es lo que ha venido haciendo. Y eso es lo que acaba de hacer con la interpretación auténtica que una de sus sirvientes, Rosita Bartra, ha hecho con la propuesta del Ejecutivo.

¿En qué consistía ese proyecto modificatorio de la Constitución? Era bien sencillo: después de las demostraciones de fraternidad delictiva encarnadas en los casos de Donayre y Mamani, el Ejecutivo planteaba que fuese la Corte Suprema la que decidiese qué inmunidad parlamentaria podía levantarse.

Bartra y su pandilla han decidido que siga siendo el Congreso el que “juzgue” qué otorongo merece ser entregado a la justicia. No sólo eso. Quieren convertir en norma aquello de que la sentencia en primera instancia es insuficiente para procesar a un congresista: piden ahora, formalmente, la “sentencia firme”. No sólo eso: aspiran a que las prerrogativas del blindaje se extiendan desde el mismo momento de la elección, lo que quiere decir que serán los delincuentes los primeros en inscribirse en las listas de aspirantes al Congreso, previo desembolso de dinero que, más tarde, los Figari volverán “cócteles”, “rifas” y “donaciones esforzadas de provincias”.  Fujimorismo puro. La banda del Choclito no lo habría hecho mejor. Tatán es moco de pavo. Aun en los casos de “delitos previos”, Bartra y los suyos invocan la “sentencia firme” como requisito para tomar una decisión.

Por eso decimos que el fujimorismo tiene una identidad irrenunciable. El crimen le sirve, la chaira lo hace salivar, la promesa rota le arranca gemidos de placer. El fujimorismo es pétreo, como le gustaba decir a Valle Riestra cuando hablaba de los principios del derecho. Pensar que el fujimorismo puede trastornar su ADN, borrar sus verrugas y adquirir cierta vocación republicana es pura estupidez. Es como si le pidiéramos a un treponema pallidum que deje de propagar la venérea peste que los españoles llamaron “mal francés”, los franceses “mal napolitano” y los holandeses “enfermedad española”. No es posible.

Frente a este grosero agravio, al presidente de la república le quedan dos opciones. O se traga el sapo y permite que el suma cero se haga crónico, o acepta el desafío, recuerda su disolvente promesa, esgrime el derecho constitucional y cierra el Congreso olvidándose de la sórdida alianza que el TC y el fujimorismo puedan urdir.

La primera opción será la que le aconsejen los que aman este empate estéril, este entendimiento con la mafia. El problema es que todo arreglo con el fujimorismo es precario y puede culminar en un ridículo espantoso. Además, después de tamaña victoria “principista”, ¿qué otras humillaciones preparará un fujimorismo recargado con su lideresa en libertad? Si Vizcarra quiere que su régimen termine escurriéndose por el lavabo, que tome esta opción. La CONFIEP se lo agradecerá. Las “fuerzas vivas”, como se decía en tiempos de Beltrán, lo llenarán de elogios.

La segunda opción puede significar un intento dramático de cambiar el rumbo del país en camino al bicentenario. ¿Es justo que cumplamos 200 años de república con este Congreso? ¿Es honorable que el Congreso del fujimorismo de siempre y el aprismo terminal sea el que reciba el segundo siglo de la independencia? Claro, para tomar este camino se necesita el coraje que Vizcarra administra con avaricia, convencido de que el Perú es el reino de las medianías, las soluciones grises, las preguntas que no se contestan y los temas que se dejan pendientes. Vizcarra cree algunas veces que el Perú es como su garúa: una hipócrita levedad. De él dependerá sumarse a esa humedad arrastrada que llama al moho o desatar una lluvia cívica que limpie lo más sucio que tenemos. Y lo más sucio que tenemos son esos parlamentarios que se han atrincherado en el mismo recinto donde alguna vez se sentaron Toribio Rodríguez de Mendoza y José Faustino Sánchez Carrión.

Cerrar el Congreso no sería un gesto político. Sería una urgencia de la higiene pública. Sería el primer paso de un largo camino cuyo objetivo no puede ser otro que refundar nuestras instituciones. Entre ellas, el Tribunal Constitucional, podrido de intereses subalternos.

Fuente: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 455, 26/07/2019 p10

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