Papel prensado

César Hildebrandt

La crisis de “El Comercio” alcanza las mismas cimas que el coronavirus.

No es la pandemia la que amenaza al decano. Es la vejez.

Y la vejez no es un asunto de años sino de estilo.

En un mundo que se cae a pedazos, los disfuerzos del periódico por parecer siempre suizo no sólo aburren sino que exasperan.

“El Comercio” es un caballero comedido que fuma su pipa mientras el incendio llega al salón principal del palacete. Hay un olor a naftalina, a humedad, a incienso inútil.

Los lectores no entienden esa mesura que a veces se parece al silencio, que a veces tiene la cara de la evasión, que muchísimas veces es sencillamente pusilanimidad.

El viejo diario cree que Piérola está entre nosotros y que es posible que una nueva alianza con el civilismo nos saque de la escombrera.

Y no, señor. Esta república no da para más. Y el mundo prepara el parto de un nuevo contrato social, así no le guste a la derecha trumpista.

Pero “El Comercio” no ve el elefante que colea a dos metros de su ensimismamiento. No lo quiere ver.

Porque “El Comercio” dejó de ser un diario desde que Luis Miró Quesada de la Guerra se murió en la gloria de dios.

Ese gigante intestado era un periodista. Y “El Comercio” era un periódico conservador que, sin embargo, se enfrentó a los gringos de la International Petroleum Company y les hizo la vida imposible.

Cuando Don Luis se fue a la tumba llegaron los cuervos. Eran el señor tanto por ciento, la señora cómo es, el señorito a sola firma, las marisienkas del encanto. Todo bonito. Todo dinero que amasa dinero, juramento ante la efigie de Adam Smith en el prestado palacio de la moneda. Todo interés a rebatir.

Así no se hace periodismo. Así se pierden lectores y cojones.

Así se encumbran las naderías y los fantasmas que las escriben y los falsos luises que creen que están en Versalles todavía. Así se muere.

Y se muere más cuando el periódico empieza a imitar a su página web, creada suicidamente para competir con el papel.

No hay periodismo cuando la CONFIEP siempre tiene la razón y cuando Roberto Abusada dictamina y todo lo que se sale del catecismo beltranista es apedreado.

No hay periodismo cuando se dice que el Estado no debe regular nada (excepto cuando se trata de salvar a bancos en quiebra o de prestarle a empresas en dificultades, como ahora)

El estalinismo inventó la propaganda como asfixia y el nazismo hizo de la mentira una doctrina. Lo que la derecha pretende ignorar es que la dictadura de sus bobadas con ínfulas de infalibilidad irritan tanto como las dictaduras rojas o hitlerianas.

“El Comercio” encontró una sola verdad, la de los conservadores, y creyó que eso era el fin de la historia. Pero en vez de Fukuyama vino Fujimori y el diario aceptó ese contrato social próximo a los barracones del puerto. Muy tarde, a fines de 1999 y a comienzos del 2000, “El Comercio” se permitió criticar al gobierno que la derecha peruana se inventó para seguir haciendo de las suyas.

Y ya ven lo que pasó. Tantos años de autocomplacencia y de cantada derrota de la pobreza terminaron con un virus que nos calateó. Resultó entonces que el pujante país que marchaba al primer mundo con el paso de ganso de los grandes desfiles era un remedo de hospital, un cuento de chinos tramposos, una repetida “prosperidad falaz”.

La crisis de “El Comercio” es la de la prensa mundial atada hoy a los grandes intereses y a la agenda monocorde y dictatorial de la derecha. La derecha no ama a la gente ni respeta al planeta ni valora la decencia. La derecha sólo ama el dinero. Y con dinero se puede comprar todo, excepto el respeto.

Los periodistas nacimos para molestar, para incordiar, para dudar, para decir la verdad por más incómoda que sea o parezca. Esa es la lección que la crisis de “El Comercio” nos deja. Con papel prensado por los grandes intereses no se hace periodismo. Se obtienen bostezos. Y se muere.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 493   12/06/2020 p31

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